CABALLITO DE TOTORA – PATRIMONIO DE
LA NACIÓN.
El caballito de totora es una
herramienta importante en la pesca artesanal- cuyo uso se remonta a la época de
la cultura moche (800 D.C).
Esta actividad (Pesca artesanal en
Caballito de Totora) como expresión cultural forma parte del Patrimonio
Histórico del País y ha continuado hasta nuestros días con esta función, pero
ha adicionado a su uso práctico de la pesca el ingrediente de atractivo
turístico. Los jóvenes en nuestros días, lo usan para pescar y también para
hacer regatas y algunas veces competencias en los días de las fiestas.
Como reliquia utilitaria, los
"caballitos de totora" aún siguen galopando. Esas balsas -cuyo uso
era ya muy difundido en la cultura moche de acuerdo a numerosas
representaciones artísticas de este pueblo y a las famosas travesías del
navegante noruego Thor Heyerdahl y a otras grandes expediciones europeas- han
logrado sobrevivir y adaptarse al paso del tiempo a pesar de estar fabricadas
con un elemento natural de muy bajo costo: la totora (Typha sp.). Esta planta
acuática es empleada por los pescadores del norte de Perú para confeccionar sus
embarcaciones, denominadas "caballitos de totora" por la peculiar forma
en que las personas se montan en ellas, semejante a la de un jinete, para
efectuar sus maniobras al pescar.
Entretejidas con leyendas y
tradiciones ancestrales, las balsas representan un excelente medio para
fomentar la economía de los pescadores -quienes hace algunos años habían
sucumbido ante un trabajo mejor remunerado como estibadores de azúcar en el
muelle de Pimentel, Lambayeque, ya que por su gran maniobrabilidad, su
capacidad de carga, su resistencia, su peso liviano, su costo de operación nulo
y su muy bajo costo les permiten ser propietarios independientes de ellas y de
su captura. Sin embargo, además de poder recibir impulso como un atractivo
turístico de la región, este tipo de pesca artesanal también podría ser apoyado
como fuente de trabajo constante.
La relación con el mar del antiguo
poblador peruano se remonta a tiempos ancestrales hasta épocas en las que los
cazadores recolectores que ocuparon los Andes descendieron hacia la costa para
explotar los ricos recursos marinos que la Corriente Peruana facilita.
En un primer momento, la explotación
de recursos se limitaba a la recolección de mariscos en determinadas épocas del
año- de allí los restos de grandes conchales que hoy testimonian su actividad
en algunos puntos de la costa. Luego, la abundancia de especies marinas
llevaría hacia el desarrollo de la pesca, con anzuelos y redes inicialmente
desde la orilla, tal como lo testimonian las halladas en Paracas (8.830 AC),
para luego adentrarse al mar, habiendo tenido que ingeniar la elaboración de
artificios flotadores y posteriormente embarcaciones propiamente dichas.
La aparición de embarcaciones en la
actual costa peruana obedeció a necesidades específicas que cada pueblo o
cultura fue encontrando. No es posible, con la evidencia disponible, señalar
una fecha en que este proceso se inició, pero ciertamente hace ya unos 4.500
años la dieta del hombre costeño había comenzado a incluir peces más grandes,
que vivían alejados de la orilla.
Las embarcaciones del mundo andino
tuvieron su propio proceso evolutivo. Al parecer, las más tempranas fueron de
totora y de palo, que fueron utilizadas en la pesca hasta convertirse en los
actuales caballitos de totora y balsillas del litoral Norte.
Aparentemente, debido a las
necesidades estatales moche, la balsa de totora creció y alcanzó dimensiones
importantes, siendo utilizada para el intercambio y eventualmente para la
guerra, como lo evidencia su rica iconografía. El caballito de totora, testigo
y prueba de esta antigüedad nos reafirma su presencia en el innumerable número
de piezas arqueológicas tanto Moche como posteriormente Chimú, que reflejaban
en sus ceramios los distintos procesos de la pesca. Muchos de estos
"huacos" nos expresan leyendas y tradiciones que se montaban
alrededor de esta embarcación.
Según estudios de la Doctora María
Rostworoski el caballito de totora tuvo una presencia importante en el periodo
pre-cerámico, abarcando su uso a una amplia extensión de la costa peruana. El
origen del Caballito de Totora se remonta a miles de años, así lo expresan los
Mochicas tal como aparecen en sus huacos milenarios. Esta embarcación de 3 a 4
metros de largo y como su nombre lo dice está confeccionada de
"Totora", planta acuática que crece en los estanques.
Para poder guiar esta frágil
embarcación pre-inca hay que hacerlo montado o arrodillado; al cruzar las olas
da ligeros saltos, similar al salto de los potros.

Desde tiempos inmemoriables sus
habitantes son buenos pescadores; aquí el tiempo ha conservado uno de los
mayores tesoros de una raza fuerte que habitó estas costas y que aún sigue
utilizando una nave frágil pero segura, el legendario "Caballito de
Totora", aún pervive en Huanchaco, Santa Rosa y Pimentel.
El pasar de los años y conforme a la
necesidad del pescador de poder realizar su pesca de una manera independiente,
transportar su navío al mar y volver a regresarlo a la arena, sin necesidad de
ninguna ayuda adicional, es decir, poder realizar esta labor completamente
solo; desencadenó una serie de cambios y adaptaciones en lo que es el "Patacho",
embarcación utilizada no solo con fines de pesca, si no también, como un
importante medio de transporte. El Caballito de Totora de Huanchaco, Pimentel y
Santa Rosa mide actualmente de tres a cuatro metros de largo, cuyo cuerpo está
formado por la atadura de los juncos de totora fuertemente prensada y como una
característica peculiar de estas zonas, este presenta una proa levantada y una
popa recortada, en cuyo interior se encuentra calado un espacio donde el
pescador ha de colocar sus redes.
A diferencia de otras embarcaciones
de su género el pescador no va a horcajadas sobre él, ni tampoco en la
concavidad, más bien este va de rodillas, por delante de la concavidad,
impulsándose solo con un remo de caña de Guayaquil de 2.50mts de largo.
El pescador de Caballito de Totora se
convierte asimismo, en el héroe de todos los habitantes y visitantes de estas
caletas. Es sin duda, el ejemplo de héroe de ese mito ancestral de encuentro
del hombre con la tierra y el mar. Este hombre sin nombre, resulta ser el guía
silencioso de todas las necesidades y expresiones psíquicas de los visitantes
de estos muelles, nos hace sentir parte integrante de este nuevo orden
ecológico. Él representa el esfuerzo, la acción y la lucha para lograr todo
ello, y eso es expresado en el rito de emulación que los visitantes realizan en
dichos lugares. No es sólo por diversión, existe un trasfondo muy fuerte de
compenetración e identificación con esa tierra y ese mar, siendo el símbolo de
todo ello el pescador artesanal sobre su caballito de totora.
La forma de estas pequeñas
embarcaciones no es casual, así como el hecho de que aluda a una forma natural
(el caballo como medio de transporte). Los antiguos pobladores de esta zona,
crearon simbólicamente un medio "natural" para explorar otro medio.
Asimismo, el haber sido diseñada esta embarcación para una sola persona denota
un individualismo también simbólico, que expresa el papel del hombre como
conquistador de nuevos horizontes, hay aquí un evidente antropocentrismo. El
pescador en caballito de totora intenta con esta aventura, proponer un orden
regular en su cosmovisión, como él es el centro de la naturaleza y para él ella
esta creada, así pues, sólo él puede buscar la articulación de los elementos
que la conforman.
En las caletas donde aún se aprecian
pescadores que se adentran al mar en su tradicional embarcación de totora, no
sólo se realiza una conexión física entre la tierra y el mar, sino que además
dicha vinculación es visual, y en esa visualidad se potencia la energía
espiritual que denotan dichos lugares. En la expectación dada dentro de tales
paisajes se estimula la imaginación del hombre en diversas grados y modos,
generándose viajes imaginarios, buscando abarcar y abrazar más ampliamente lo
que le rodea.
En una cultura tan profunda y vigente
como la peruana, las expresiones vivas de herencia cultural forman parte de la
riqueza y variedad que ostenta, también define y manifiesta la identidad de
nuestro pueblo, revelando su personalidad, intereses y valores.
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EL CONDOR DE LOS ANDES.
Amo y señor de los cielos andinos, el
cóndor maravilla a todo aquel que tenga el privilegio de observar su majestuoso
vuelo. Sus predominantes alas que extendidas alcanzan los tres metros de
longitud y un plumaje teñido de negro que contrasta en armonía con el blanco de
su collar, producen un espectáculo fascinante y una sensación de absoluta
libertad en las alturas.
Actualmente es posible presenciar al
cóndor en todo su esplendor en regiones montañosas del Perú como el valle del
Colca en Arequipa, el cañón de Moyobamba en Ayacucho o en la comunidad cusqueña
de Chonta, cuyo santuario de los cóndores es muy visitado; aunque también es
común apreciarlo en zonas de la costa donde aprovecha las fuertes corrientes de
los vientos marinos.
UNA DEIDAD PARA LA CULTURA INCA
Considerado históricamente como un
ave sagrada en el Perú, el cóndor andino ha sido testigo del origen y esplendor
de diversas culturas y civilizaciones al adquirir un rol simbólico en muchas de
ellas, incluso ha sido representado en cerámicas, pinturas y telares. Los Incas
fueron de sus más grandes admiradores: estos lo llegaron a considerar una
divinidad encargada de unir el cielo y la tierra.
Esta mística relación se demuestra en
uno de los principales templos del santuario de Machu Picchu donde la figura
del cóndor yace detalladamente grabada en una piedra de gran tamaño.
Historiadores aseguran que es posible que esta efigie haya sido utilizada como
altar de sacrificios, pues existe la creencia de que los cóndores eran capaces
de elevar el espíritu de los muertos hasta el cielo.
Según la cosmovisión andina, esta
milenaria especie pertenece a una sagrada trinidad junto con el puma y la
serpiente, los cuales representaban el cielo, la tierra y el mundo de los
muertos, respectivamente. Actualmente, muchos pueblos del Perú celebran
tradicionales rituales conocidos como el Yawar Fiesta o fiesta de la sangre,
donde el cóndor actúa como protagonista principal.

UN AVE LLENA DE ENCANTOS Y
CURIOSIDADES
Entre las cualidades más interesantes
que tienen los cóndores está el hecho de ser una de las especies más fieles de
la naturaleza. Esto se debe a que una vez que eligen a una pareja son capaces
de mantenerse con ella por el resto de su vida. Otro aspecto importante es que
cumplen una valiosa función ecológica. Y es que, al ser un ave carroñera, el
cóndor acelera el proceso de descomposición de las especies sin vida y evita
así la proliferación de microbios causantes de enfermedades.
Al poseer un alargado y puntiagudo
pico, el cóndor puede desgarrar alimentos con facilidad, mientras que sus ojos
ubicados a ambos extremos de su cabeza le dan un amplio campo visual que le
permite identificar animales muertos a gran distancia.
Esta ave, además, es una de las
especies más longevas del mundo, pues es capaz de vivir hasta los 80 años. Su
ciclo reproductivo llega a la madurez sexual a los ocho años y pone huevos cada
dos, lo que la convierte en un animal en peligro de extinción por su bajo
índice de descendencia. Por ello, sus cuidados y estado de conservación son
prioridad no solo en el Perú, sino en todos los países de la región, donde se
viene tomando medidas importantes con el fin de asegurar la protección y
calidad de vida de esta ave majestuosa.
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CULTURA INCA - FIESTAS Y TRADICIONES
Como muchas de las culturas del mundo
antiguo, los incas celebraron diversas festividades. Algunas servían para
comenzar el calendario de labores agrícolas. Otras, para rendir culto a los
principales dioses incas. Éstas se realizaban en diversas fechas del año
incaico.
Las principales festividades fueron el
Cápac Raymi (fiesta del solsticio de verano que indicaba el comienzo de las
labores agrícolas) y el Inti Raymi (fiesta de culto al sol en la que
participaba el inca y miles de personas en la ciudad del Cusco).
Dentro de las festividades se
manifestaban diversas tradiciones incas como: las celebraciones de ‘pagos a la
tierra’. Incluso la festividad del Inti Raymi se continúa celebrando en Cusco
con representaciones artísticas de los antiguos incas.
La organización de los trabajos se
hacía en semanas de nueve días, lo que permitía dividirlas en períodos de tres.
La agricultura era la principal
actividad del Tahuantinsuyu, el cultivo de la tierra exigía que las técnicas
básicas de la siembra, el riego y la cosecha se realicen de acuerdo a un
cronograma anual o calendario agrícola que fue elaborado a través de la experiencia
que durante miles de años realizaron los pre-incas e incas.
El Calendario Inca estaba relacionado
con los ciclos del Sol y de la Luna hasta es de suponer que además tuviera en
cuenta el movimiento de otros astros (la estrella Sirio). Había un Calendario
Imperial, pero al mismo tiempo existían Calendarios Regionales ajustados a las
necesidades agrícolas de cada zona (ubicación de tierras, climas, etc.). El
calendario Inca era al mismo tiempo un calendario agrícola y religioso, la
mitad del año era el semestre del Inca y el Sol, el semestre masculino. La otra
mitad era el semestre femenino de la Luna y la Coya.
En diciembre, con la Fiesta del Cápac
Inti Raymi, comenzaba la fiesta del Huarachico en la cual eran iniciados como
varones los jóvenes de la nobleza Inca. El ritual era muy complicado e incluía
ayunos, esfuerzos y combates simbólicos. Los jóvenes se identificaban con los
animales representativos del valor: El guamán (Halcón) y el puma. Toda la
festividad duraba tres semanas. Al final de las cuales eran declarados Guamanes
del Imperio.
Las fiestas más importantes eran
celebradas en los meses de diciembre, junio y setiembre. Correspondía,
respectivamente, a la Fiesta de Huarachico (Diciembre), a la fiesta del Inca y
el Sol: junio (Inti Raymi) y a la fiesta de la Coya y La Luna (setiembre). El
Inti Raymi o Fiesta del Sol, celebrada en Junio, permitía al Inca desempeñar
sus funciones religiosas de intermediario entre la tierra y los poderes
celestes. Se hacían numerosos sacrificios.
En la fiesta Coya Raymi eran
expulsados del Cuzco todos aquellos que no fuesen Incas, debían salir también
los enfermos, el Cuzco debía ser joven y limpio, en medio de ceremonias eran
expulsados los males y las desdichas.

Según las crónicas de los
conquistadores españoles, en Cuzco, la capital del imperio Inca, existía un
imponente calendario solar de carácter público, el cual estaba constituido de
pilares de 5 metros de altura, cada uno. Los pobladores podían establecer la
fecha, por la extrapolación visual de los pilares hacia el horizonte.
La cultura Inca deriva de un
calendario lunar, en principio, a uno solar. Como deidad preponderante en la
cosmología inca, el Sol era el centro de toda su atención. Para su observación
se destinó plataformas de piedra (Ushnus) situados en lugares apartados.
Investigadores han propuesto un
tercer calendario, el sideral-lunar. Este calendario centra su base en el
período que demora la Luna en ocupar la misma posición relativa entre las
estrellas. Este ciclo es de 27,33 días. Doce meses de 27,33 días arrojan un
total de 327,96 días (328 días). Este número coincide con el total de Huacas
(sitios ceremoniales sagrados) que los Incas colocaron en los alrededores de
Cuzco.
Si este calendario sideral-lunar es
cierto, los ciclos de tiempo inca también estaban determinados por la
visibilidad del conglomerado de estrella "Las Pléyades", ya que la
resta entre el año solar y el año sideral-lunar (365-328) arroja el valor de 37
días, exactamente los días en que este cúmulo estelar abierto no es observable
desde Cuzco.
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DIOS JAGUAR – CULTURA CHAVIN.
El dios antropomorfo felino o jaguar
es para Julio C. Tello la divinidad suprema en el panteón de Chavín de Huantar.
Los atributos del felino aparecen como un motivo recurrente en todas las
representaciones de Chavín. Ahí se gestó el primer gran centro de alta cultura
y de propagación religiosa. Por ello el culto al dios antropomorfo felino será
propagado en las demás culturas hasta la llegada de los españoles.
La divinidad felínica es considerada
como la fuerza que unifica todas las culturas andinas en el curso de su
desarrollo histórico.
Se sabe que el felino fue un animal
totémico, divinizado tal vez por su poder y su astucia. Sin embargo, no lo
encontramos representado de manera realista en la iconografía prehispánica. Ya
sea en piedra, cerámica, textil o metal, casi nunca aparece completo. Más bien
se le evoca por aquellos elementos aislados que lo simbolizan: sus colmillos,
sus garras, su cola y sus ojos. Todos estos elementos expresan fuerza, fiereza,
poder y peligro.

El temor cósmico
El dios felino con su fuerza y
fiereza parece predicar un culto ordenador basado en el temor a las fuerzas
sobrenaturales.
Duccio Bonavia dice que el arte
terrífico de Chavín:
Representa un mundo de mitos y
creencias totalmente alejado de nuestra mentalidad en que seguramente está
latente el terror cósmico que debió afligir al hombre de entonces, enfrentado
continuamente con una naturaleza hostil de dimensiones impresionantes.
Según Bonavia la impotencia del
hombre ante las fuerzas de la naturaleza lo llevó a buscar refugio en la
religión, porque es ella la que le abre el diálogo con los seres superiores que
aparentemente manejan este mundo.
Sin embargo, a pesar de que podemos
acercamos al lenguaje visual que utilizó esta religión, su verdadero contenido
aún nos es desconocido.
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EL PERRO VIRINGO EN LAS CULTURAS
PERUANAS.
El perro sin pelo fue alguna vez
parte esencial de la cultura de Perú que se remonta a miles de años atrás, a la
época precolombina.
El llamado Viringo Peruano aparecía
con frecuencia en las pinturas, la cerámica y la iconografía de las culturas
inca, moche, wari y chimú, siempre retratado como compañero y tan calvo como un
águila.
Los criadores los llaman "perros
primitivos" porque se encuentran entre un pequeño conjunto de razas cuyas
características genéticas no han cambiado durante miles de años de existencia.
Tanto es así que, incluso, se ha
llegado a decir que son "tan importantes como Machu Picchu" para la
cultura peruana.

Cuando los conquistadores españoles
llegaron a las costas de Perú en 1532, estos perros eran muy comunes.
Con sus dientes y lenguas
sobresalientes, y su piel negra y manchada, cuando los españoles vieron a estos
animales sin pelaje creyeron que eran muy feos, y decidieron que eran malignos
y que debían eliminarse.
"Ellos (los españoles) pensaban
que eran satánicos, así los llamaban los católicos", dice Mirella Ganoza.
"Creían que estos perros tenían algo siniestro dentro de ellos porque eran
muy extraños".
A lo largo de los siglos, los perros
murieron lentamente y desaparecieron de la conciencia pública.
Ya no eran queridas mascotas
peruanas, sino perros callejeros calvos ignorados y desvinculados de la
cultura. La arqueóloga recuerda que cuando era niña le dijeron que eran
"perros chinos" traídos por una ola de inmigrantes en los siglos XIX
y XX.