sábado, 24 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA"

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA".

En las profundidades de la Amazonía peruana habita el Ayaymama, un ave nocturna cuyo plumaje se mimetiza con la corteza seca de los árboles. Su canto, un lamento desgarrador que quiebra el silencio de la noche, evoca el llanto de un hijo desamparado llamando a su madre: “Ay, ay, mama...”

Detrás de este gemido boscoso se esconde una de las historias más conmovedoras del folclore amazónico.

Hubo un tiempo en que la muerte no caminaba a pasos lentos, sino como una ráfaga invisible sobre la Amazonía. Una plaga voraz descendió sobre una antigua comunidad nativa, marchitando las gargantas y apagando los fuegos de las malocas.

Entre los enfermos estaba una madre de mirada dulce, cuyos labios comenzaron a teñirse con el pálido tinte de la sentencia. Al contemplar a sus dos pequeños hijos —libres aún de la peste— comprendió que su último acto de amor no sería estrecharlos entre sus brazos, sino apartarlos de su aliento infecto. En medio del colapso, con las fuerzas que le restaban y tomados de la mano se adentró en la espesura del monte con sus dos pequeños hijos, dispuesta a ganar una batalla contra el destino.

Tras horas de marcha donde el río se angosta entre la hojarasca húmeda, hallaron un rincón prodigioso: una quebrada de aguas cristalinas, donde los peces destellaban como monedas sumergidas y los árboles doblaban sus ramas bajo el peso de frutos maduros.

Aquel lugar era a la vez un paraíso y un altar de sacrificio. La madre abrazó a sus hijos por última vez, impregnándose del olor de sus cabellos, sabiendo con dolorosa certeza que no habría retorno. Sin miradas atrás, para no desmoronar su propia fuerza, regresó a morir entre los suyos, dejándolos al amparo del bosque.

Durante el día, los niños jugaron en la orilla, saborearon la dulzura de las frutas y se refrescaron en la corriente. Pero cuando el sol se hundió tras el dosel vegetal, el bosque verde se tornó un monstruo de sombras y murmullos.

El frío y la ausencia materna rasgaron el coraje de los pequeños. Echaron a andar con los pies descalzos, buscando las pisadas de su madre en la penumbra. Caminaron durante horas, pero la selva, compasiva y cruel a la vez, los hizo dar vueltas en un círculo infinito.

Estaban atrapados en el corazón del monte…

Agotados y tiritando de miedo bajo la corteza de un árbol majestuoso, los hermanos miraron al cielo.

—¿Por qué no seremos aves para volar hasta donde está mamá? —suspiró el más pequeño, uniendo sus manos con desesperación.

El lamento no fue arrastrado por el viento; llegó directo a las alturas. La Luna, reina plateada de las noches amazónicas, contempló la inocencia de las criaturas y, movida por una inmensa compasión, descendió entre destellos hasta posarse sobre la copa de los árboles.

—Ustedes me han llamado con el corazón —murmuró la Luna con una voz de seda y plata—. ¿Cómo puedo aliviar su pena?

—Llévanos con nuestra mamita —suplicó el menor—. Sabemos que ella te ha enviado por nosotros le dijo con inocencia.

La Luna inclinó su rostro y derramó dos lágrimas puras. Al tocar la piel de los niños, sus cuerpos se volvieron livianos, las extremidades se cubrieron de plumas pardas y grises —idénticas a la madera seca— y sus brazos se desplegaron en hermosas alas nocturnas. Convertidos en dos aves mágicas AYAYMAMA, capaces de mimetizarse con el árbol que los cobijó, emprendieron el vuelo sobre el mar de hojas.

Volaron raudos hacia su aldea, guiados por el recuerdo de la leña encendida. Sin embargo, al descender sobre las chozas, solo hallaron un silencio sepulcral. La epidemia no había dejado un solo aliento de vida. La peste se lo había llevado a todos y habían partido al reino de los ancestros.

Desde aquella noche remota, llegó por primera vez el doliente alarido del Ayaymama que no ha dejado de surcar en los cielos de la Amazonía...

Cuando el cansancio vence sus alas, se posa en lo más alto de los troncos secos y eleva al firmamento un canto lastimero, un lamento humano que estremece la selva:

¡Ayaymama... Ayaymama!

(«¡Madre, madre, ¿por qué nos has abandonado?»)

«Ay, ay, mama».

"LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO".


LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO. 

 La isla San Lorenzo funcionó como uno de los cementerios más grandes de la costa limeña para culturas como Lima, Ichma e Inca. Era considerado un lugar sagrado por el antiguo peruano porque la consideraban una huaca que servía para la entrada al inframundo, por lo que enterraban allí a sus élites.

Años más tarde, corsarios y piratas célebres como el inglés Francis Drake, quien fue el primer pirata en llegar a la isla en el año de 1579, lo tomó como base para atacar y saquear varios barcos españoles, sembrando el pánico en el virreinato.

Otro pirata inglés, Thomas Cavendish en el año de 1587 también usó como puente la isla de San Lorenzo para saquear y operar por las costas del Callao.

Luego, le sucedió el corsario o pirata holandés Joris van Spilbergen, en el año de 1615, quien usa como base la isla para realizar ataques al Callao.

Años más tarde, destaca la llegada de piratas y corsarios al mando del holandés Jacques Clerk L'Hermite en el año de 1624. La isla San Lorenzo le serviría como campamento y apostadero estratégico para atacar y cercar la bahía del Callao y de la Lima Virreynal. Desde allí se dedicaría a saquear e incendiar barcos españoles y tratar de tomar el puerto del Callao hasta que murió en la isla. Tras fallar en sus intentos de desembarco en el Callao y sufrir escasez de agua, la tripulación fue azotada por el escorbuto y la disentería. Jacques l'Hermite, fallecería en la isla el 2 de junio de 1624 y fue enterrado allí.

Tomó el mando, Hugo Schapenham secundado por otros capitanes como Ghen Huigen, quienes finalmente abandonaron el lugar tras dejar un pequeño cementerio con decenas de piratas sepultados en el lado norte de la isla San Lorenzo, consolidando su fama mitológica e histórica como un cementerio de corsarios y piratas europeos que operaban en el Pacífico Sur colonial.

Desde entonces, se dice que la isla San Lorenzo muy cerca al Callao (Lima), no es tierra para los vivos, porque guarda muchas historias trágicas como: “LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO”….

Un día aciago, el Comandante o Capitán de Fragata de la Base Naval de la Marina de Guerra del Perú en la isla, cometió el error de llevar de paseo a su familia para que conozcan los confines de su mando y dominio militar. Entre ellos destacaba su hija: una joven de cabellera rubia y belleza deslumbrante que proyectaba una luz insólita sobre la desolación del litoral.

Con la inocencia de quien desconoce los abismos del alma humana, la muchacha pidió permiso para alejarse a caminar por los confines de la isla de mil seiscientos cuarenta y ocho hectáreas, casi desierta en su totalidad. El padre, confiado en la quietud del enclave, la investidura de su autoridad y la disciplina de su jurisdicción, le permitió internarse sola por los senderos desiertos de la isla.

Ese permiso sellaría su destino.

La inocente muchacha, echó a andar entre las lomas secas y no la volvieron a ver jamás.

Cuando el sol comenzó a caer tras el horizonte marino y al no verla regresar, el silencio de la isla se transformó en pesadilla.

El Comandante, su esposa y sus hijos peinaron los acantilados y las quebradas en una búsqueda infructuosa que destrozó la cordura de la familia.

 Pensaron lo peor.

Lo que siguió fueron dos semanas de angustia ciega, que pronto contagió a la tropa. Peinaron los acantilados, las caletas y las cuevas batidas por el oleaje en una búsqueda infructuosa que destrozó la cordura de la familia. No encontraron nada.

Al término de la segunda semana, en las profundidades del chutero —aquel abismo vertical al fondo de la isla, donde la brisa acumula los desperdicios de la tropa—, el rastreo llegó a su fin. Allí, entre los desperdicios, la búsqueda terminó de la peor manera: solo hallaron una pierna, un brazo y parte del abdomen de la muchacha.

La sospecha cayó de inmediato sobre la marea humana de reclutas que por entonces cumplía el servicio militar. En un peñón habitado únicamente por hombres, la irrupción de una mujer tan bella resultaba una provocación trágica. Se murmuró que marineros de guardia la interceptaron en la soledad de la isla quienes, tras ultimar el ultraje, optaron por el asesinato para acallar el delito.

Sin embargo, en el Callao las historias nunca tienen una sola cara: los viejos pescadores recordaron que San Lorenzo albergó en tiempos preincas santuarios de sangre y fuego, y que la isla, como tantos oráculos ancestrales del Perú, reclama periódicamente vidas en sacrificios oscuros e inexplicables para que haya buena pesca, aplaque el oleaje o aplacar los fenómenos climáticos

La justicia militar fue expedita y brutal. La investigación señaló a dos conscriptos, muchachos llegados de lejanas provincias andinas. Sin abogados que alzaran la voz ni familiares que reclamaran por ellos desde sus pueblos, fueron juzgados a la prisa, fusilados en la misma tierra áspera de la isla y enterrados allí mismo, bajo el suelo que patrullaban.

 Para muchos, el expediente se cerró con el estruendo de los fusiles; para la memoria popular, la condena fue una farsa para aplacar la furia del Capitán, ejecutando a dos inocentes sin nombre.

Desde entonces, la geografía de la noche en San Lorenzo cambió para siempre. Los guardias nocturnos comenzaron a relatar el paso silencioso de una figura femenina etérea, ataviada con un vestido blanco y de espléndida cabellera rubia, desglosándose por las penumbras de las garitas. Otros no corrieron con la suerte de solo verla pasar.

Fueron hallados al amanecer convulsionando y echando espuma por la boca. Quienes lograban recobrar el sentido juraban haber sido atraídos por la estampa distante de "La Gringa", una mujer deslumbrante de lejos que, al aproximarse en la penumbra, revelaba la ausencia atroz de su cabeza.

Hasta hoy, entre las paredes de la Estación de la Base Naval, la historia se transmite en voz baja. Hay quienes afirman, con el rigor del testigo, que la aparición es tan real como los piratas y corsarios enterrados allí; otros sostienen que no es más que un mito fraguado por el mando para tiranizar la imaginación de los reclutas y evitar que abandonen sus cuadras bajo el dominio de la noche.


sábado, 17 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DEL PÁUCAR"


EL PÁUCAR.

(LEYENDAS Y TRADICIONES AMAZÓNICAS)

En la selva amazónica de Loreto, cerca de Iquitos, se cuenta una historia muy conocida sobre un ave llamada Páucar. No es un cuento solo para asustar o entretener: es una leyenda amazónica de esas que los abuelos suelen narrar con calma, como si el bosque estuviera escuchando. Y aunque suene fantástica, deja una enseñanza bien real: las palabras pueden hacer daño… pero también pueden convertirse en aprendizaje.

Dicen que hace mucho tiempo, en un pueblito rodeado de árboles altos, quebradas y caminos de barro, vivía un niño demasiado curioso para su propio bien. No era malo en el fondo, pero tenía una costumbre que lo metía en problemas: hablaba de más. Le gustaba saberlo todo y, sobre todo, contarlo.

Si escuchaba algo en una casa, al rato lo repetía en otra. Si veía a alguien discutir, él ya estaba inventando el “por qué”. Y si una noticia llegaba incompleta, el niño la “arreglaba” con su imaginación.

En poco tiempo, lo que empezaba como un comentario se volvía “verdad” en la boca de todos. A veces lo celebraban porque parecía divertido, como si él fuera el “radio” del pueblo. Pero con los días, esa misma costumbre empezó a cansar. Algunas personas ya evitaban hablar cerca de él, porque sabían que cualquier frase podía salir volando como hoja en el viento.

Un día, el niño inventó un rumor sobre una vecina anciana a la que llamaban Mamá Llicu. Era de esas señoras que viven tranquilas, que hablan poco, que conocen plantas y remedios, y que siempre parecen estar mirando más allá de lo que uno ve.

El niño, sin pruebas y solo por molestar, dijo que Mamá Llicu era una runa-mula, y que por las noches salía volando montada en una escoba. La mentira se regó rápido, como si el río la llevara por todas partes. En un lugar pequeño, cuando una historia suena “misteriosa”, la gente la repite más.

Lo que el niño no sabía —y ahí empieza lo importante— es que Mamá Llicu no era ninguna runa-mula, ni nada parecido. Era un hada (un ser mágico del monte) que vivía oculta, justamente para que nadie la persiguiera ni la convirtiera en tema de conversación. La selva tiene sus secretos, y no todos quieren ser nombrados.

Cuando el rumor llegó a sus oídos, Mamá Llicu no reaccionó con gritos ni con rabia. Le dio algo más fuerte: una lección. No para destruir al niño, sino para que entendiera lo que significa hablar sin pensar.

Se cuenta que una tarde, cuando el niño andaba cerca de los árboles, la anciana apareció frente a él con calma. En su mano llevaba una varita tallada en madera dura de la selva, firme como la misma tierra. No fue un golpe violento. Fue apenas un toque, suave, como quien marca un destino.

Y en un instante, el niño sintió que el mundo se volteaba: su voz se apagó, su cuerpo cambió, y su ropa —amarilla y negra— se convirtió en plumas negras y amarillas. Así nació el Páucar.

Cuando volvió en sí, ya no era un niño. Era un pájaro. Y aunque ya no podía andar por el pueblo contando historias, tampoco dejó de “anunciar”. Porque el Páucar, en esta leyenda, se convierte en un mensajero: su canto empezó a escucharse desde los árboles, y la gente decía que cuando sonaba el trino del Páucar, algo venía en camino: visitas, cartas, noticias, viajes, o una buena novedad.

Con el paso del tiempo, el Páucar se volvió un ave especial. Muchos afirmaban que era muy inteligente, que podía imitar sonidos del monte, el llamado de otros animales, y hasta ciertos ruidos que parecían humanos. Como si el bosque le hubiera dado otra forma de entender el mundo: ya no con chismes, sino con señales.

Pero la lección no se borró. El Páucar nunca olvidó su castigo. Por eso, dicen que buscaba siempre lugares altos y seguros para hacer su nido, y a veces lo hacía cerca de nidos de avispas, como si la selva le recordara: “Ahora aprende a cuidarte… y aprende a cuidar lo que dices”.

Y así, la historia quedó viva. Porque en la Amazonía, los cuentos no solo se leen: se cuentan, se comparten en familia, se repiten en la escuela, y pasan de generación en generación como si fueran parte del paisaje.

La próxima vez que escuches un canto en el monte, tal vez alguien te diga: “Ese es el Páucar”. Y aunque nadie pueda probarlo, la leyenda cumple su misión: recordarnos que la discreción también es respeto, y que una palabra mal usada puede volverse una carga… pero una lección bien aprendida puede volverse sabiduría.


"EL CÓNDOR Y LA PRINCESITA".


EL CONDOR Y LA PASTORCITA

(MITOS Y LEYENDAS DEL PERÚ: CUZCO)

 

Cuenta la Leyenda, que un cóndor se enamoró perdidamente de una pastorcita que vivía en una comunidad con su padre. La hija pastaba las ovejas, llamas y otros animales.

Cada día un joven vestido con elegancia iba a visitarla. Tenía un traje negro hermoso, chalina blanca, sombrero y todo. Cada día iba a visitar a la mujercita, y se hicieron buenos amigos. Jugaban a todo. Un día comenzaron a jugar de esta manera: «Álzame tú y yo te alzaré». Bueno, comenzaron el juego, y el joven alzo a la mujercita. Recién cuando la había alzado en alto, la mujercita se dio cuenta de que estaba volando.

El joven convertido en cóndor, puso a la mujercita dentro de un nicho en un barranco. Allí el cóndor nuevamente se convirtió en el joven apuesto. Por un mes, dos meses, el cóndor criaba a la mujercita. Le daba toda clase de carne: carne asada, carne cocida. Cuando habían estado unos años juntos, ella llego a ser mujer. La jovencita dio a luz un niñito, pero lloraba día y noche por su padre, a quien había dejado en la comunidad. «¿Cómo puede estar solo mi padre? ¿Quién está cuidando a mi padre? ¿Quién está cuidando a mis ovejitas? Devuélveme al lugar de donde me trajiste. Devuélveme allá», le suplicaba al cóndor. Pero él no le hacía caso.

 Un día un picaflor apareció.

La joven le dijo: «¡Ay, picaflorcito, mi picaflorcito! ¿Quién hay como tú? Tienes alas. Yo no tengo ninguna manera de bajar de aquí. Hace más de un año, un cóndor, convirtiéndose en joven, me trajo aquí. Ahora soy mujer. Y he dado a luz a su niñito».

El picaflor le contestó: «Escúchame joven. No llores. Te voy a ayudar. Hoy día iré a contarle a tu papá donde estás, y tu papá vendrá a buscarte».

La joven le dijo: «Escúchame, picaflorcito. ¿Conoces mi casa, no? En mi casa hay hartas flores bellas, te aseguro que, si tú me ayudas toditas las flores que hay en mi casa serán para ti».

 Cuando dijo eso, el picaflor volvió contento al pueblo, y fue a decir al padre de ella: «He descubierto dónde está tu hija. Está en el nicho de un barranco. Es la mujer de un cóndor. Pero va a ser difícil bajarla. Tenemos que llevar un burro viejo», dijo el picaflor, y contó su plan al viejo. Fueron, llevando un burro viejo. Dejaron el burro muerto en el suelo. Y mientras el cóndor estaba comiendo el burro, el picaflor y el viejo ayudaron a la jovencita a bajar del barranco. Después llevaron dos sapos: uno pequeño, otro grande, y dejaron los sapos en el nicho del barranco. Bajaron el viejo y su hija y fueron hacia el pueblo. El picaflor fue donde estaba el cóndor, y le contó: «Oye, cóndor. Tú no sabes que desgracia hay en tu casa». «¿Que ha pasado?» el cóndor le preguntó. «Tu mujer y tu hijo se han convertido en sapos». Bueno, el cóndor se fue volando a ver. Ni la joven, ni su hijo estaban dentro del nicho, solamente dos sapos. El cóndor se asustó, pero no pudo hacer nada; y el picaflorcito está todos los días entre las flores en la casa de la jovencita. Mientras ella, su hijo y su padre viven felices en la comunidad.


lunes, 12 de octubre de 2026

"EL MUQUI Y LA COCA"


EL MUQUI Y LA COCA.

El muqui es un duende de la mina y una leyenda en los andes peruanos. Su nombre proviene del quechua murik, que significa «el que asfixia». Algunos dicen que su apariencia es como de cualquier persona, solo que los rasgos de su cara son más marcados. Por ejemplo, sus orejas son grandes, peludas y toscas; su nariz termina en punta y tiene bastante pelo en las fosas nasales; sus ojos son hundidos, pero tienen un brillo que parece que te escarban cuando te miran. El muqui, es un hombrecillo que de tamaño no llega ni a un muslo de persona, pero que es dueño de minas y tiene muchas riquezas y poderes sobrenaturales. Recibe otros nombres como: chinchilico (Arequipa), anchancho (Puno, jushi (Cajamarca) y en las demás regiones simplemente muqui o enano de las minas.
Yo soy un minero de los antiguos, de esos que llevan la vida entera sepultada bajo la tierra. Mírame la cara: estas manchas tiznadas no se borran con nada, son la marca del socavón. Mis manos no tienen piel, son pura lija, y a mi edad los pulmones se me han llenado de agua y de un polvo más negro que el alma. Ya no puedo entrar en las galerías, pero en mis tiempos de juventud, cuando el hambre apretaba, tuve que recorrer el país entregándome a este oficio tan duro.
Uno de mis últimos trabajos fue en la mina El Frontón, en Morococha, cerquita de Ticlio, donde el frío se te mete hasta los huesos. Nos fuimos para allá porque una empresa de gringos suecos andaba buscando a los mineros más bravos y ofrecía una paga que aplastaba al sencillo que a mí me daban en La Oroya, donde dejé a mi esposa y a mis dos hijos. En El Frontón el trabajo era brutal; había que perforar cerro adentro a fuerza de pulmón para abrir túneles profundos y sacar el cobre.
Para hacernos sacar la mugre, los gringos nos ofrecían un bono al que llamaban el «colectivo». Prometían un dinero extra a la cuadrilla que más metros avanzara y más vetas descubriera. Eso volvía locos a los hombres: los estoperoles perforaban sin parar, los frontoneros abrían galerías velozmente y los motoristas jalaban más de cien carros llenos de piedra. En mi cuadrilla trabajaba con el cholo Vilcas, un tipo fuerte de Ancobamba, y con José Ibárcena, un hombre engreído de Matucana que se creía limeño y miraba a todos por encima del hombro. Nos matábamos trabajando, pero llegado el día de pago, los gringos salían con cualquier excusa para no darnos ni un centavo del bendito colectivo. Pura viveza para explotarnos.
La historia cambió un día después del almuerzo. Regresé a mi puesto y descubrí que alguien me había abierto la mochila y robado mi capacho de coca. En la mina, la coca, el cigarro y el aguardiente son sagrados; son lo único que nos da fuerzas para aguantar el frío. Furioso, encaré a Ibárcena, pero me respondió con soberbia diciendo que le daba asco «esa porquería de serranos». Le pregunté al cholo Vilcas, pero él tenía su propia coca que le traían de su pueblo. Al día siguiente me robaron también la garrafa de aguardiente. Harto, me quedé escondido en la oscuridad durante el descanso para atrapar al ladrón cara a cara.
De pronto, una luz rompió las sombras. Vi a un hombrecillo muy pequeño, equipado con casco y linterna, rebuscando en mi mochila. Junté coraje y le grité «¡Ratero!», pero las paredes de la mina absorbieron y apagaron mis gritos. El enano se giró y me clavó una mirada que me paralizó las piernas. Se me acercó lentamente y con una voz gruesa que retumbaba me dijo: «Tranquilízate, Temoche. Si te portas bien, no te haré daño». Era el Muqui.
El Muqui me hizo una propuesta directa: me ofreció ablandar la roca para que mi cuadrilla fuera la más productiva, abriera más galerías y se llevara todos los colectivos de la empresa para hacerme rico. A cambio, solo me pidió que cada semana, durante un año entero, le dejara un capacho lleno de mi buena coca. Aunque sentí un escalofrío en el alma, llevado por la ambición acepté el trato y le estreché la mano.
A partir de ese instante, la tierra parecía rendirse ante nosotros. Abríamos túneles con facilidad, sacábamos toneladas de mineral y la empresa no tuvo más remedio que pagarnos los bonos sin excusas. El cholo Vilcas mandó su dinero a su pueblo y compró una hacienda con miles de cabezas de ganado. A Ibárcena la plata le mejoró el humor. Yo, pensando en mis hijos, compré varios terrenos en La Oroya y un local comercial en Huancayo.
Todo marchaba bien hasta que llegó a visitarme una prima de Huanta que leía las cartas y veía el futuro en la coca. Le conté el secreto y me advirtió alarmada que estaba en un «falso ascenso»; me exigió romper el pacto esa misma semana porque mi vida y la de mi familia corrían peligro. Asustado, fui a buscar al Muqui e inventé que me salía un trabajo cerca de mi familia. El duende sonrió con malicia y me dijo: «No me mientas, Temoche. Pero romperemos el trato porque has sido un hombre cumplido que no malgastó el dinero en vicios. Eso sí, vete de inmediato y no regreses nunca más».
Renuncié ese mismo día. A los pocos días, los periódicos publicaron una noticia espantosa: un catastrófico derrumbe en El Frontón había aplastado a veinte mineros. Los rescatistas solo lograron recuperar diecinueve cuerpos. El único que nunca apareció fue el de Ibárcena; la tierra se lo había tragado por completo. Hoy, cuando a veces me pregunto si todo aquello fue un sueño de juventud, me basta con mirar las escrituras de mis propiedades en La Oroya y Huancayo para saber que el Muqui existió y que todo fue verdad.


FUENTE: ”Leyendas tenebrosas del Perú.

"LA LEYENDA DE LA YACUMAMA"


LA LEYENDA DE LA YAKUMAMA.

Esa noche estábamos acampando cerca de una cocha, en plena selva de Loreto. Habíamos pasado el día pescando, y ya teníamos la idea fija: descansar unas horas y, antes del amanecer, movernos a otro punto para buscar mejor pesca.

Éramos dos: mi padre y yo.

La madrugada en la selva no es como en la ciudad. No hay ruido de carros, no hay luces, no hay gente. Solo está el agua, los insectos y ese silencio raro que a veces se rompe con un sonido fuerte… y te obliga a abrir los ojos, aunque estés muerto de sueño.

A eso de las tres de la mañana, lo escuchamos.

Un canto de mono, fuerte, gutural, insistente… sonaba desde la otra orilla de la cocha. Mi padre se sentó de golpe y me dijo, seguro:

—Ahí está un mono. Prepara tus flechas, que mañana nos damos un rico banquete en el desayuno.

Yo, todavía con el sueño encima, agarré mis flechas y me las colgué al hombro. Revisé el arco, lo dejé bien tensado, y traté de moverme sin hacer ruido.

—Debe estar al frente —me indicó mi padre—. Lo cazamos rápido antes de que salga el sol. Ten listo tu arco.

Nos fuimos bordeando la cocha, caminando con cuidado. A ratos mirábamos el agua y veíamos a los peces saltar. Ya estábamos cansados de tanto pescado; la idea del mono sonaba a “premio”.

Pero mientras avanzábamos, algo no cuadraba.

 El canto se repetía, sí… pero el monte alrededor se sentía demasiado quieto. Y mi padre, que no era de asustarse fácil, bajó la voz y me dijo casi al oído:

—Espera… no es un mono.

Se quedó mirando fijo hacia la oscuridad.

—En tiempos antiguos me dijeron que cuando uno pesca o caza cerca de una cocha, tiene que tener cuidado. Porque hay cochas que no son “solo agua”. Hay cochas que tienen madre.

 Yo no entendía, hasta que soltó el nombre:

—Puede ser la Yakumama.

 Ahí me helé.

 Mi padre me explicó rápido, como quien ya está recordando una advertencia vieja:

—Dicen que la Yakumama puede imitar el canto de un mono para atraerte. Te hace acercarte confiado. Y cuando ya estás cerca, puede lanzar bocanadas de agua para aturdirte… o enroscarte si te encuentra muy cerca. No la molestes donde descansa. Ella protege su cocha.

En ese momento pasó un ave volando bajo: un Paucar. Cantó una vez. Y cantó otra vez, bien cerca.

 Mi padre se frenó en seco y dijo:

—No debemos apresurarnos. Algo malo nos va a pasar.

 No lo dijo como chiste. Lo dijo serio.

 Avanzamos despacio. Nos pegamos detrás de un árbol y miramos hacia el lugar de donde venía el canto.

Y ahí la vimos.

No era un mono. Era algo grande, moviéndose en el agua con una fuerza lenta y pesada. Por momentos, su piel se alcanzaba a ver entre ramas y reflejos. Se retorcía como si estuviera molesta, como si nos hubiera sentido.

 Mi padre levantó el arco.

 Apuntó.

 Zaaas. La primera flecha pasó por poco.

 La cosa reaccionó de golpe: el agua se agitó fuerte. Ahí mi padre me habló sin voltearse:

—No tengas miedo. Dame otra flecha.

 Se la pasé.

 Apuntó otra vez.

Zaaas. Esta vez la rozó. Se vio la herida y la sangre oscura mezclándose con el agua. La Yakumama se movió rápido hacia la cocha y desapareció con un remolino pesado, como si el río se la tragara.

 Nos quedamos quietos un segundo, sin respirar.

Y mi padre, ya con la voz más fría que antes, me dijo:

—Vámonos de aquí, hijo. Esta vez tuvimos suerte. Vámonos y no volvamos… porque esta cocha tiene madre. Y hoy, por poco nos caza y nos come.

Nos fuimos sin mirar atrás.

Y desde ese día entendí una cosa que en la Amazonía se aprende sí o sí: la selva no es solo paisaje… es territorio vivo. Y hay lugares donde uno no llega a “mandar”, sino a respetar.


domingo, 27 de septiembre de 2026

"EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE" (RICARDO PALMA)


EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE.

(CUENTO POPULAR DE LA REGIÓN LIBERTAD-ESCRITO POR RICARDO PALMA)

A mediados del siglo XVI, en la ciudad amurallada de Trujillo, vivía Don Antonio Chayhuac, un cacique indígena descendiente directo del último gran gobernante del Chimú. A pesar de su ilustre linaje y de la antigua grandeza de sus antepasados, Don Antonio adoptó con devoción la fe cristiana y optó por una vida sumamente austera, dedicada con humildad al trabajo de la tierra y alejada de cualquier lujo o vanidad. Por aquellos mismos años, frecuentaba la zona

Garci-Gutiérrez de Toledo, un joven comerciante español que recorría los caminos vendiendo pacotilla y baratijas entre Lima y Trujillo.

Cada vez que llegaba a la ciudad, Garci-Gutiérrez se hospedaba en la humilde choza del cacique, brindándole pequeños obsequios de su mercancía. Con el tiempo, este trato constante dio paso a un profundo afecto y una estrecha confianza, a tal punto que el español terminó convirtiéndose en padrino de dos de los hijos de Don Antonio.

Sin embargo, detrás de aquella aparente familiaridad, el español albergaba una ambición desmedida. Frustrado por la escasez de sus ganancias y cansado de la pobreza, maldecía continuamente su suerte. Una noche, mientras conversaban a la luz de la luna en la puerta de la choza, la desesperación del buhonero estalló. Don Antonio, compadecido de su compadre, pero advirtiéndole sobre los peligros de la codicia, tomó una decisión trascendental. Prometió hacerlo el hombre más rico del Perú, pero le impuso condiciones estrictas: no enorgullecerse jamás por la riqueza, practicar la caridad con los necesitados y destinar la cuarta parte de lo hallado al culto divino. Además, le dejó un sabio consejo: mientras la araña se mantiene quieta en su tela nadie la molesta, pero cuando se aventura a caminar por las alfombras, todos buscan pisarla.

Garci-Gutiérrez, cegado por la ambición, juró solemnemente sobre Cristo cumplir cada una de las promesas. Esa misma noche, el cacique lo guio a través del laberinto de ruinas del Gran Chimú hasta una huaca escondida. Tras mover enormes piedras y encender una antorcha, penetraron en una cámara secreta repleta de ídolos y objetos de oro masivo. En el centro, sobre un andamio de plata, resplandecía la figura de un pez de oro macizo con deslumbrantes ojos de esmeralda. Abrumado por la emoción, el español reía, lloraba y abrazaba al indio. Don Antonio le entregó este recinto, conocido como la huaca del Peje Chico, prometiéndole que, si guardaba la humildad y cumplía su juramento, algún día lo llevaría a un tesoro inmensamente mayor: la huaca del Peje Grande.

En un instante, la suerte de Garci-Gutiérrez cambió drásticamente. Tras extraer cantidades fabulosas de oro y pagar los correspondientes quintos reales a la corona española, el antiguo vendedor de baratijas rompió de inmediato todas sus promesas. Cegado por la soberbia, renegó de sus orígenes humildes y comenzó a darse una vida de príncipes, ofreciendo banquetes deslumbrantes y entregando costosos regalos a la nobleza para ganar prestigio social. Buscando escalar en la jerarquía colonial, visitó en Lima al virrey Francisco de Toledo, regalándole veinte mil pesos en joyas de oro para convencerlo de que compartían un linaje linajudo. El virrey, complacido por tan generoso obsequio, lo reconoció públicamente como su pariente.

Mientras el exbuhonero gastaba su fortuna a manos llenas para sostener las apariencias, olvidó por completo sus juramentos de caridad y devoción. Los años transcurrieron rápidamente y, tal como lo advierte el refrán sobre quienes despilfarran sin medida, el dinero comenzó a agotarse a un ritmo acelerado hasta dejarlo en la absoluta miseria.

Al verse completamente arruinado, Garci-Gutiérrez volvió presuroso a Trujillo a buscar al cacique de Mansiche. Desesperado, le suplicó a su compadre que le revelara la ubicación de la huaca del Peje Grande. Pero Don Antonio, viendo que el español había sucumbido a la soberbia, violado su juramento sagrado y demostrado su verdadera naturaleza, se mantuvo firme e inamovible. Le respondió con serenidad que no estaba loco y que el secreto del gran tesoro se iría con él a la tumba.

Durante tres meses el español rogó, lloró e intentó ablandar al indio por todos los medios posibles, pero sus esfuerzos se estrellaron impotentes contra la determinación estoica de Don Antonio. Vencido, regresó a Lima con la esperanza de conseguir el auxilio de su supuesto primo, el virrey Toledo. Sin embargo, al llegar descubrió que la suerte le había dado la espalda por completo: el virrey acababa de embarcarse rumbo a España.

En su desgracia, el ambicioso buhonero descubrió la fría realidad del mundo. Aquellos amigos de la nobleza que antes celebraban en sus banquetes le dieron la espalda y le huyeron vergonzosamente al verlo en la pobreza. Por haber renegado en sus días de gloria de su humilde extracción, la gente común también lo despreció. Viejo, enfermo del alma y del cuerpo, y totalmente incapaz de trabajar, Garci-Gutiérrez terminó sus días acogido por mera caridad en una celda del convento de los padres franciscanos, subsistiendo de un pedazo de pan.

El gran tesoro del Peje Grande, ocultado celosamente tras la trágica muerte de Atahualpa cuando los emisarios incas decidieron enterrar las riquezas que transportaban, jamás fue encontrado. A pesar de las incontables excavaciones y esfuerzos emprendidos a lo largo de los siglos entre las ruinas del Chimú para arrebatarle el secreto al cacique de Mansiche, la codicia humana siempre ha quedado burlada, dejando el enigma oculto para siempre en las arenas de la historia.

"EL HECHIZO DEL DUENDE"


EL HECHIZO DEL DUENDE.

(Cuento Tradicional: Sumanique-Cartavio)

Aquel bosque de sauces y espinos donde encontraron al hijo de isidro Aguilar ya no existe.

Dicen que fue quemado cuando los pobladores trataron de desaparecer a los duendes. Lo cierto es que por aquella época el caserío de Sumanique fue invadido por esas raras criaturas que, según cuentan, les gustaba enamorar y secuestrar a los niños.

Por aquellos días llego de la ciudad de Trujillo la esposa de Isidro Aguilar y su hijo de escasos meses de nacido. Doña Elena, le decían, y había llegado para pasar una temporada con los familiares de su esposo que residían en la campiña.

Era una de esas señoras que no creían en parecidos ni en fantasmas, y mucho menos en duendes.

Hasta que un día ocurrió lo que muchos esperaban o presentían. Todo empezó cerca de las siete de la noche. A esa hora ya las sombras habían cubierto por completo las pocas casas del caserío.

En medio de la penumbra solo se veía las luces fosforescentes de las luciérnagas desplazándose por el espacio. En aquel momento doña Elena y su hijo estaban solos en casa, pues todos habían salido y su esposo se encontraba de viaje. Vivían en una casa de adobe rodeado de altos y frondosos sauces y espinos.

Aprovechando que su hijo se había quedado dormido y no pensando para nada en las advertencias ni en los duendes de los que había escuchado hablar, decidió ir a la tienda de doña Francisca a comprar kerosene para las linternas.

Pero al regresar de aquella tienda, escucho por el camino el llanto de un niño. Preocupada por que podría ser el de su hijo, aligero el paso. Conforme se acercaba pudo darse cuenta que el llanto salía de su vivienda y que este era cada vez más intenso y sonoro.

¡Mi hijo!, solo atinó a decir y, pensando que algo malo le estaba ocurriendo, se echó a correr a toda prisa.

Al ingresar a la casa y ver lo que vio, se quedó fría, estática y sin reacción alguna; sobre la cama y junto a su pequeño hijo, que aun lloraba, estaba una rara criatura, semejante a una doncella de piel blanca y de larga cabellera.

Al percatarse de su presencia, aquella fantasmal criatura cogió al niño y, cargándolo sobre su regazo, escapo velozmente por la ventana y trepo a los árboles de sauce. Doña Elena, repuesta del susto y la sorpresa, corrió desesperadamente tras la sombra de aquella misteriosa criatura.

Pero fue demasiado tarde, pues esta y el niño habían ya desaparecido. Guiándose aún por el llanto y sin desmayar en su empeño, continúo su búsqueda.

Sin embargo, la oscuridad y el follaje de las plantas no le permitían desplazarse con rapidez, menos trepar por las ramas para darles alcance.

Conforme pasaban los minutos, el llanto del nene se fue perdiendo en la distancia. Y por más que doña Elena los siguió y busco durante toda esa noche, no pudo encontrarlos.

Cuentan que, al despuntar la mañana del siguiente día, un grupo de pobladores del caserío, que había salido en su busca, lo encontraron abandonado en medio de aquel bosque de sauces y espinos.

El pequeño fue hallado con vida, pero estaba callado y parecía estar hipnotizado por el hechizo del duende.


lunes, 10 de agosto de 2026

CUENTO: "EL CARRETÓN DE ORO DE LA HUACA DEL BRUJO"

EL CARRETÓN DE ORO
 (DE LA HUACA DEL BRUJO)

Se cuenta que un agricultor de Santiago de Cao tenía una chacra para el sembrío; y a la margen del terreno se levantaba una inmensa huaca, hechura de los antiguos pobladores de lugar de raza Mochica; pues valiosos son los restos dejados por los indígenas moradores diseminados por los contornos del valle. La huaca permanecía como un elevado montículo de tierra y adobes milenarios sin que el poseedor de las tierras tuviera la curiosidad de averiguar qué contenía en sus profundidades ni advertía ningún misterio; la gran huaca permanecía inconmovible ante la indiferencia del dueño.

Cierto día, movido por el interés de ver el contenido de la huaca, el agricultor se acercó a ella y empezó a examinarla, abrió un forado y penetró muy cerca de las misteriosas habitaciones en la profundidad del arcaico monumento; cual no sería su sorpresa que en el interior de una inmensa habitación revestido de un material que parecía espejos que proyectaban luces en diversas direcciones, al centro de la gran sala permanecía una enorme carreta de oro atada a una yunta de toros también de oro con su gañán. Al contemplar esta valiosa carreta que significaba inmensas riquezas, el agricultor tuvo el temor de penetrar cerca del hallazgo y retornó a la población para avisar a sus compadres y concurrir juntos a la huaca para extraer el valioso tesoro.

La noche había caído en el valle, las sombras habían cubierto el paraje; ayudados por linternas lograron llegar cerca de la huaca que se destacaba en la oscuridad. Cuando estuvieron muy cerca y divisaron el carretón de oro, sucedió un acontecimiento mágico, el gañán despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta y emprendió veloz retirada con dirección a la Huaca Prieta donde se internó sin dejar ninguna huella. El recorrido de una huaca a la otra se hizo en medio de una intensa luminosidad irradiada por el oro en contacto con el cielo estrellado, y todo el valle permaneció unos instantes iluminados hasta que el carretón se sepultó en las profundidades de la huaca.

En la mente de los que vieron aquel misterioso carruaje aparecido, cuenta la tradición, empezaron a trabajar durante la noche para buscar el preciado tesoro escondido en la huaca Prieta. Muchas semanas y hasta meses demoraron para abrir alguna trocha y tratar de penetrar a las entrañas del monumental resto arqueológico que aún se mantiene intacto junto al mar.

Después de meditar ante la riqueza que se ofrecía a su vista optaron por acercarse más donde se encontraba el famoso Carretón de Oro, y cuál no sería la sorpresa de los buscadores de tesoros que se repitió el acontecimiento; el gañán despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta se desplazó por sobre los descubridores como visión alada alejándose con dirección al mar. Los presentes vieron que el carretón arrastrado por la yunta y dirigida por su gañán, abrió un amplio camino entre las aguas….y se perdió en la inmensidad con dirección a la isla Macabí en el océano Pacífico. 

CUENTO POPULAR DEL VALLE CHICAMA.

“El Carretón de Oro de la Huaca del Brujo”

ALVA LESCANO, César Adolfo: “Mitos y leyendas de Trujillo y alrededores”. Pág.68-71. Trujillo 2005.

viernes, 26 de junio de 2026

CUENTO: DON DIMAS DE LA TIJERETA ( TRADICIONES PERUANAS: RICARDO PALMA)

DON DIMAS DE LA TIJERETA (TRADICIONES PERUANAS)

(Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)

I

Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma. Además, que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que los defienda.

II

Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras, una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos, pero la niña nada de nada con él.

Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula, a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.

III

Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, cansado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:

—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a cambio del amor de esa muchacha!

Satanás, que desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su secretario.

—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.

Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:

“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las partes.

Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.

IV

Como no hay plazo que no se cumpla, pasaron los tres años y Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a desvestirse, pero Lilit le dijo

—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo puedo llevar.

—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don Dimas.

—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un minuto para que se cumplan los tres años.

El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al demonio y le dijo:

—Deuda pagada y venga mi documento.

—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego de haberse reído mucho.

—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.

—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando esté delante de mí amo.

Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente. Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió concederle un juicio al escribano.

En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero, destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado para encerrarse a un convento.

Satanás, para no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una pulmonía de padre y señor mío.

V

No sé bien si don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.

Refieren las crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.

Y con esto y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento.

LOS DUENDES DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY.

EL DUENDE DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY

(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

La Plazuela 24 de junio, ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80 cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho llamaron su atención.

Frente a la glorieta y en ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados, ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban completamente desnudos.

El vigilante, contemplaba estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada, ingresó por el acceso del campanario.

Al bajar, José se dirigió al lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes; el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.

José recordó entonces la historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.

De sus antepasados, Elsa había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto primero, eso había salvado su vida y la de su hija.

Su casa quedaba muy cerca de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por los árboles de leche como las higueras.

Decidido a salvarse, José fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo por completo.

José, los vio correr por un largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la materia no existiera.

Del otro lado y poco después, el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril. Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos del sol, se desvanecieron por completo.

Al iniciar el nuevo día, los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y almohadas tiradas por el suelo.

 Los duendes patachuga, habían jugado por el lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.

LA MUERTE DEL SASTRE.

 

LA MUERTE DEL SASTRE.

(CUENTO DE NEPÉN-DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

“Por la década del cuarenta falleció en Nepén, Santiago de Cao, un sastre que se distinguía de los demás pobladores, por la solvencia económica que disfrutaba y por el carisma o la simpatía del que gozaba. Como sastre era excelente.

Aparentemente poseía buena salud. Pero, cierto día, dejó de existir, como consecuencia de un paro cardiaco.

Su deceso causó un gran dolor entre los familiares que decidieron enterrarlo con una mortaja fina y con la sortija de oro que él mucho apreciaba por la gema incrustada en la joya, que lo había hecho el joyero de la localidad, a quien le unía una estrecha amistad.

Durante el velorio, al que asistió el joyero, la sortija despertó en él, una tremenda avaricia; tanto, que cuando lo enterraron, regresó al cementerio y comenzó a profanar su tumba. Destapó el nicho con una barreta, sacó el cajón y lo abrió. Ni bien lo hizo, mutiló el dedo en donde estaba la sortija.

Segundos después, el sastre recobró la vida y se sorprendió verse metido en un féretro y ver a su amigo, el joyero, con su dedo en la mano.

 ¿Por qué estoy aquí hermano?, le preguntó.

Un silencio de derrota amarga como el rostro de un desilusionado hubo unos instantes. Luego le volvió a inquirir:

¿Por qué me has cortado mi dedo?

En ese instante muy inteligente le respondió: porque ha sido el causante de la situación en que te encuentras.

Con la aclaración pertinente, ambos amigos abandonaron el cementerio y regresaron a la población. En casa, los familiares que se hallaban en velación final, se sorprendieron al ver entrar al difunto.

Algunos se desmayaron de la impresión, los que se mantuvieron en pie le pidieron una aclaración sobre el particular, al joyero.

Este les contó con lujos de detalles lo ocurrido. Algo quedaba flotando.

 ¿Qué tenía que ver la sortija con la muerte del joyero?

Con esa incógnita oscura, decidieron ir, al día siguiente, al médico especialista.

El galeno, un reconocido cardiólogo de Trujillo les dijo que el fallecimiento eventual del sastre se debió a la sortija, que, por quedarle ajustado, no le permitía circular la sangre.

Aclarada la confusión y el motivo del deceso del sastre, a su retorno a Nepén, fue a la casa del joyero y le obsequió el anillo, con estas frases: toma hermano. Es tuyo. Yo ya no lo necesito. Fue una decisión razonable del sastre. Además, ya no tenía dedo para ponerlo, así hubiera querido adquirir otro para exhibirlo en los dedos. Así con el dedo mutilado, el sastre vivió muchos años más”.

jueves, 14 de mayo de 2026

EL PERAL DE LA TIA MISERIA.

 

 Doña Miseria era una mujer vieja, muy muy vieja. Pero ella no quería morirse. Por eso, después de pensárselo muy bien, se fue a ver al Señor para pedirle un favor.
- ¿Quién eres? –le preguntó el Señor cuando la vio delante de él.
- Mira, Señor, es que tengo un peral en el corral, que es lo único que tengo, y lo cuido mucho. Pero todos los chicos vienen y me cogen las peras y me dejan sin ninguna a mí, que tanto trabajo me da. Por eso, yo querría que todo el que se suba a él no se pueda bajar en castigo por su glotonería y mala fe.
Al Señor, que la vio tan vieja y tan inofensiva, le dio lástima.
 –Está bien, eres muy vieja y poco mal o ninguno le puedes hacer a nadie. Así que te concedo lo que me pides. No bajará nadie que se suba a tu peral a menos que tú lo bajes. Doña Miseria se volvió a su casa.
Entretanto, en el infierno, el demonio, que estaba viendo quién le faltaba, le dijo a la Muerte: –Escucha, ya es hora de que vayas a buscar a Doña Miseria, que ya ha vivido bastantes años y ha llegado la hora de que se venga al infierno con nosotros.
En esto que llega la Muerte a casa de doña Miseria y le dice:
–Ale, prepárate para venirte con nosotros, que ya es hora. Eres demasiado vieja y te toca. Doña Miseria, mostrándose afligida, le respondió:
–Si es ése mi destino, me iré contigo.
Pero, para el viaje, quisiera llevarme unas peras por si me entra el hambre.
¿Te importa subirte a ese peral para cogerme un puñado de peras?
Yo estoy ya muy vieja y no puedo. Las compartiré contigo.
– Eso está hecho. Seguro que a mí también me apetecerá cuando nos hayamos puesto en camino.
–contestó la Muerte.
En fin, la Muerte se subió al peral y se puso a coger peras. Pero, cuando intentó bajar, sintió como si una fuerza invisible le impidiese poner los pies en el suelo.
–¡Cómo te he engañado, ¿eh?!
¿Creías que podrías llevarme contigo?
¡Pues no!
Solamente hay una manera de bajar de ahí, y es que yo suba a por ti.
Pero eso no lo pienso hacer, que no soy tan boba le dijo Doña Miseria.
Y allí se quedó encima del peral la Muerte, un día y otro y otro más y más.
En el mundo, como ahora la Muerte no trabajaba, no se moría nadie y ya no cabían de tanta gente como había.
 Los obreros se caían de los andamios y no se hacían nada.
Los marineros naufragaban, pero no se ahogaban.
Los viejos se hacían más viejos y se enfermaban, pero no se morían.
Pasaba el tiempo y Doña Miseria seguía allí porque la Muerte no se la podía llevar, aunque cada vez estaba más vieja, más arrugada y más cansada.
En el infierno, el demonio estaba muy extrañado de que la Muerte no le llevara a nadie. Así que decidió averiguar qué estaba pasando y se dirigió, naturalmente a casa de Doña Miseria, que era el último lugar adonde había enviado a la Muerte.
 (Hay que decir que al diablo le costó mucho llegar porque había gente y animales por todas partes, como si todos los días fueran domingo y hubiese feria).
 Finalmente, consiguió llegar a casa de Doña Miseria y allí en el corral se encontró a la Muerte subida al peral.
–Pero ¿qué haces tú ahí arriba?
–Pues ya ves, resulta que vine a llevarme a la tía Miseria y ésta me mandó que me subiera al peral para recoger unas cuantas peras para el viaje, y aquí arriba que me quedé.
–¡Baja de ahí arriba ahora mismo! –le gritaba el demonio, que no se lo acababa de creer.
 –¡Qué más quisiera yo! Es que sólo podré bajar si Doña Miseria sube a buscarme… En esto, salió Doña Miseria al corral y el demonio se le puso delante y le dijo:
–Doña Miseria, le pido por favor que deje bajar a la Muerte del peral.
–No, que me lleva con ella.
–Créame, señora, que la Muerte se vendrá conmigo solo. Doña Miseria no quería que la engañasen:
–Sólo subiré por él si me promete que no me moriré nunca, que la Muerte nunca vendrá a buscarme.
El demonio y la Muerte estuvieron un rato discutiendo y finalmente decidieron aceptar la propuesta:
– De acuerdo, dijo el demonio.
–  Se lo prometemos, Doña Miseria.
 Usted se quedará para siempre aquí en la tierra, pero tiene que bajar a la Muerte del peral. Al fin y al cabo, con el genio que usted tiene, no la querrán ni en el infierno.
Una vez conseguida la promesa del demonio y de la Muerte, Doña Miseria accedió a lo que le pedían: bajó del peral a la Muerte, que se fue de allí corriendo con el demonio.
Y cuentan que es por esta razón por la que siempre ha habido Miseria en el mundo, aunque no sabemos si algún día Doña Miseria, cansada de tanto vivir, será ella quien busque a la Muerte.

EL AHOGADITO: EL TERROR DE LA PLAYA.

RELATOS HUANCHAQUEROS III

EL AHOGADITO: “EL TERROR DE LA PLAYA.”

Corría el tiempo en que existía el comercio entre Huanchaco y su vecino, Santiago de Cao.
Los Comerciantes iban y venían montados en sus burritos y trayendo sus mercaderías por la orilla de la playa.
A dos de ellos, uno comerciante de sombreros y el otro de vestidos; les tocó vivir en carne propia un fenómeno que raya entre la realidad y la fantasía: ¨El Ahogadito¨.
Cuentan que los dos venían muy de madrugada con sus cargas, montados en sus burritos y charlando muy animosamente; cuando de pronto los animales pararon las orejas en señal de peligro y trotando de manera insegura, con lo cual mostraban su temor.
Un silbido muy agudo y fuerte, erizó los pelos de la nuca de ambos comerciantes. Eso solo significaba que se habían topado con el tan temido ¨Ahogadito¨, el cual es el alma en pena de una persona ahogada en el mar que busca descansar y para lo cual debe llevar consigo la de otro cristiano. Cuando el silbo agudo; señal inequívoca de su presencia se escucha cerca, es porque se encuentra lejos y viceversa.
Como decía, los dos comerciantes aterrorizados hicieron correr como nunca a sus asnos con la esperanza de hallar seguridad y abrigo en alguna casa de Huanchaco. Ahora el silbo se escuchaba lejos y se observaba un bulto negro que avanzaba paralelo a ellos.
De pronto, el comerciante de sombreros fue quedándose rezagado y entraba en un sopor profundo. El otro vio desesperado como caía su amigo del jumento y el bulto se le acercaba.
Aterrorizado el comerciante de vestidos, hizo correr aún más a su burrito, llegando al alba a Huanchaco, más muerto que vivo. Los pobladores le llevaron a una casa donde lo bañaron y cambiaron de ropas, pues estas
despedían un olor nauseabundo. Luego lo trataron de reanimar, lo que consiguieron horas después.
Entonces, el comerciante narró con lujo de detalles lo que había acontecido.
Estos movieron la cabeza y se encaminaron para averiguar qué era lo que le había ocurrido al segundo comerciante, aunque ya adivinaban la triste suerte que este había encontrado.
Encontraron su cadáver todo rasguñado y con abundante espuma de color verdusco en la boca. El asno se hallaba más adelante, aún atemorizado y por todo el camino se hallaban esparcidos los sombreros que el extinto traía a negociar.
Cuentan que el otro comerciante no pudo resistir la impresión de lo vivido, envejeciendo rápidamente y viviendo loco por el resto de sus días.