sábado, 31 de octubre de 2026

"EL MÉDANO BLANCO"

 


EL MÉDANO BLANCO.

(DEL LIBRO: ENTRE OLAS Y ENCANTOS - MINEDU)

 

En el desierto de Sechura, donde el sol parece dormir sobre la arena, se levanta un médano inmenso y claro. De lejos, parece una nube caída del cielo. De cerca, parece una montaña hecha de harina, sal y luz. La gente del pueblo lo llama el Médano Blanco.

Nadie sabe cuántos años tiene. Nadie sabe tampoco por qué sus arenas brillan tanto al amanecer. Lo único

que todos repiten es esto:

—No subas hasta la cima.

Pero, como suele pasar con las cosas prohibidas, mientras más lo decían los mayores, más curiosidad sentía Simón.

Simón tenía nueve años y vivía cerca del desierto. Su abuelo, don Anselmo, había sido arriero cuando era joven y conocía los caminos de arena como quien conoce las líneas de su propia mano.

Una tarde, mientras el viento barría la puerta de la casa, Simón le preguntó:

—Abuelo, ¿por qué nadie sube al Médano Blanco?

Don Anselmo dejó de remendar una soga y miró hacia el desierto.

—Porque ese médano está encantado —respondió.

Simón abrió los ojos.

—¿Encantado cómo?

El abuelo bajó la voz, aunque no había nadie más cerca.

—Dicen que, cuando cae la noche, se escucha un tamborcito bajo la arena. Tun, tun, tun. Como si alguien

tocara desde el corazón del médano.

Simón sonrió, sin saber si creer o no.

—¿Un tambor debajo de la arena?

—Un tambor. Y no solo eso. También dicen que, en el centro del médano, hay corales, piedras brillantes y

objetos de oro. Pero quien sube por codicia no vuelve igual.

Esa noche, Simón no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía una montaña blanca brillando bajo

la luna. Y en medio de la montaña, un tamborcito invisible llamándolo:

Tun, tun, tun.

A la mañana siguiente, Simón salió temprano con su perro Chusco. No pensaba subir, por supuesto. Solo

quería mirar un poquito más de cerca. Eso se dijo a sí mismo mientras caminaba.

El desierto estaba quieto. Las lagartijas se escondían entre las piedras. El viento dejaba pequeñas huellas sobre la arena, como si dedos invisibles jugaran a dibujar caminos.

Cuando llegó al pie del médano, Simón levantó la cabeza. Era más alto de lo que parecía desde el pueblo.

—Solo hasta la mitad —dijo.

Chusco ladró, como si no estuviera de acuerdo.

Simón empezó a subir. Al principio fue fácil. Sus pies se hundían en la arena tibia, pero él avanzaba contento. Desde arriba, el pueblo se veía pequeño, y el mar, a lo lejos, parecía una cinta azul.

Entonces escuchó algo.

Tun.

Se detuvo.

Tun, tun.

Chusco escondió la cola entre las patas.

—Debe ser el viento —dijo Simón.

Pero el sonido volvió.

Tun, tun, tun.

Esta vez venía de abajo. No del cielo. No del pueblo. De la arena.

Simón sintió un frío raro en la nuca. Quiso bajar, pero en ese momento vio algo que brillaba unos pasos más arriba. Era pequeño, redondo, dorado.

Subió un poco más.

El brillo se movió.

Simón parpadeó. Lo que había visto no era una piedra. Era un patito. Un patito de oro que caminaba sobre la arena sin dejar huellas.

El niño se quedó sin voz.

El patito avanzó unos pasos, se detuvo y lo miró.

—¿Quieres seguirme? —parecía preguntar con sus ojos brillantes.

Entonces miró sus manos vacías. Pensó en el oro. Pensó en llevarlo al pueblo. Pensó en todos diciendo: "Simón encontró el tesoro del médano".

El patito dio otro paso.

Tun, tun, tun.

El sonido del tambor creció bajo la arena.

Simón respiró hondo.

El patito inclinó la cabeza.

—Solo quería saber si eras verdad.

El viento sopló con fuerza. La arena se levantó alrededor del niño como una cortina blanca. Chusco ladró desesperado.

Simón cerró los ojos.

Cuando los abrió, ya no estaba en la ladera del médano. Estaba al pie, junto a su perro. El patito de oro

había desaparecido. El tambor también.

Solo quedaba, sobre la arena, una pluma pequeña y brillante. No era de oro. Era blanca, tan blanca como el médano.

Simón la recogió con cuidado y volvió corriendo al pueblo.

Don Anselmo lo esperaba en la puerta. No parecía molesto. Parecía triste y aliviado al mismo tiempo.

—Fuiste al médano —dijo.

Simón bajó la cabeza.

—Sí, abuelo.

—¿Y qué viste?

El niño sacó la pluma del bolsillo.

Don Anselmo la miró largo rato. Luego sonrió apenas.

—El médano te dejó volver.

—Porque no quise llevarme nada —respondió Simón.

El abuelo asintió.

—Eso enseñan los lugares encantados. El tesoro no siempre es para guardarlo en las manos. A veces es solo para aprender a mirar.

Desde aquel día, Simón volvió muchas veces al desierto, pero nunca intentó subir hasta la cima del Médano Blanco.

Cuando pasaba cerca, se detenía un momento y escuchaba.

A veces, si el viento venía del lado correcto, le parecía oír, muy bajito, el tamborcito escondido bajo la arena:

Tun, tun, tun.

Y entonces sonreía, porque sabía que el médano seguía allí, blanco y misterioso, cuidando su secreto.

 

Adaptado de una leyenda recogida en Sechura, Piura.


"LEYENDA DEL CERRO CAMPANA"


LA LEYENDA DEL CERRO DE LA CAMPANA. 
(DEL LIBRO OLAS Y ENCANTOS – MINEDU)

 

Hace muchísimos años, cuando los españoles aún eran dueños de estas tierras, apareció una Virgen en el cerrito de la Caleta de Huanchaco.

Los pobladores, llenos de asombro, levantaron allí una capilla. Era pequeña, sencilla, pero todos la querían mucho, porque decían que la Virgen había elegido ese lugar para quedarse mirando el mar.

Poco tiempo después, sucedió algo todavía más extraordinario.

Muy cerca de la capilla encontraron una campana enorme. No era una campana cualquiera: era de oro, brillaba con una luz suave y tenía grabada una frase que todos pudieron leer:

"Para la Iglesia de Huanchaco".

La noticia corrió rápido. Llegó a las casas de pescadores, a los campos cercanos y también hasta Trujillo.

—¡Una campana de oro! —decían unos.

—¡Y de una belleza divina! —decían otros.

La gente de Huanchaco estaba feliz. Aquella campana parecía hecha para llamar al pueblo a misa, para despertar al cerro y para conversar con el mar.

Pero en Trujillo algunos pensaron distinto.

—Una campana tan valiosa no debe quedarse en una capilla pequeña —dijeron—. Debe estar en la Catedral.

Otros no estaban de acuerdo.

—Si la inscripción dice que es para Huanchaco, debe quedarse en Huanchaco.

Discutieron mucho. Algunos defendían a la capilla. Otros pensaban en la ciudad grande, en la Catedral adornada, en la torre alta desde donde la campana podría escucharse más lejos.

Al final, decidieron llevarla a Trujillo.

No fue fácil.

La campana pesaba tanto que necesitaron muchos hombres, sogas gruesas y burros fuertes para moverla. Amarraron la campana con cuidado y empezaron el viaje.

El camino fue largo y agotador. Los hombres sudaban bajo el sol. Los burros avanzaban despacio. A cada paso, la campana parecía volverse más pesada, como si no quisiera alejarse de la capilla.

—¡Empujen! —gritaban unos.

—¡Jalen con fuerza! —decían otros.

La campana no sonaba, pero todos sentían que protestaba en silencio.

Después de mucho esfuerzo, lograron llevarla hasta Trujillo. Allí la subieron a la torre de la Catedral y la aseguraron con fuertes barrotes de hierro.

Esa noche, los vecinos fueron a mirarla.

—Mañana la escucharemos sonar —dijo un hombre.

—Será la campana más hermosa de toda la ciudad —dijo otro.

Pero al amanecer ocurrió lo imposible.

Cuando abrieron la Catedral, la torre estaba vacía.

Los barrotes aparecieron rotos. Las sogas estaban en el suelo. La campana de oro había desaparecido.

La gente no podía creerlo.

—¿Quién pudo llevársela?

—¿Cómo bajaron una campana tan pesada sin que nadie oyera nada?

—¿Dónde está?

Mientras todos se preguntaban eso, llegó un mensajero desde Huanchaco. Venía agitado, cubierto de polvo, casi sin aliento.

—¡La campana volvió! —anunció—. ¡Está otra vez junto a la capilla!

Muchos pensaron que era una broma. Otros se asustaron. Algunos hicieron la señal de la cruz.

Fueron a comprobarlo.

Y era verdad.

La campana de oro estaba en Huanchaco, tranquila, brillante, como si nunca hubiera salido de allí.

Pero los hombres de Trujillo no se rindieron. Decidieron llevarla por segunda vez. Esta vez usaron más sogas, más burros y más hombres. También dejaron guardianes vigilando la Catedral durante toda la noche.

—Ahora no escapará —dijeron.

Otra vez la campana fue arrastrada por el camino. Otra vez pesó más a cada paso. Otra vez la colocaron en la torre de la Catedral.

Esa noche nadie durmió.

Los guardianes permanecieron atentos, mirando la puerta, la torre y los barrotes. El viento soplaba despacio. Las sombras se movían por las paredes.

A la medianoche, se escuchó un sonido grave.

Dong.

Los guardianes se pusieron de pie.

Dong.

La torre tembló.

Dong.

La campana empezó a brillar.

De pronto, una luz dorada llenó la Catedral. Los barrotes se doblaron como ramas secas. Las sogas cayeron al suelo. Y ante los ojos asombrados de los guardianes, la campana se elevó por el aire.

No rodó.

No cayó.

Voló.

Voló sobre los techos de Trujillo, cruzó los caminos oscuros y tomó rumbo hacia Huanchaco. Desde abajo, parecía un gran globo de oro atravesando la noche.

Al amanecer, la campana ya no estaba en la Catedral. Los barrotes habían vuelto a romperse.

Y en Huanchaco, cerca de la capilla, la gente vio la campana sobre un cerro cercano, como si ella misma hubiera elegido dónde quedarse.

Desde entonces, a ese lugar comenzaron a llamarlo el Cerro de la Campana.

Dicen que la campana todavía está allí, escondida en el cerro, guardando su brillo y su secreto.

No todos pueden verla. Pero algunos aseguran que, cada cierto tiempo, durante la víspera de la fiesta, cuando la noche llega y el mar se queda quieto, se escuchan sonidos graves y profundos.

Dong. Dong. Dong.

Son campanadas que vienen del cerro.

Unos dicen que llaman a misa. Otros dicen que saludan a la Virgen de Huanchaco. Y otros, los más viejos, aseguran que la campana suena para recordar que hay cosas que no se pueden llevar por la fuerza.

Porque hay objetos que tienen dueño. Hay lugares que tienen memoria. Y hay campanas que, aunque sean de oro, no suenan para la codicia, sino para el pueblo que las vio nacer.

Adaptado de una leyenda recogida en Trujillo, La Libertad.

sábado, 24 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA"

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA".

En las profundidades de la Amazonía peruana habita el Ayaymama, un ave nocturna cuyo plumaje se mimetiza con la corteza seca de los árboles. Su canto, un lamento desgarrador que quiebra el silencio de la noche, evoca el llanto de un hijo desamparado llamando a su madre: “Ay, ay, mama...”

Detrás de este gemido boscoso se esconde una de las historias más conmovedoras del folclore amazónico.

Hubo un tiempo en que la muerte no caminaba a pasos lentos, sino como una ráfaga invisible sobre la Amazonía. Una plaga voraz descendió sobre una antigua comunidad nativa, marchitando las gargantas y apagando los fuegos de las malocas.

Entre los enfermos estaba una madre de mirada dulce, cuyos labios comenzaron a teñirse con el pálido tinte de la sentencia. Al contemplar a sus dos pequeños hijos —libres aún de la peste— comprendió que su último acto de amor no sería estrecharlos entre sus brazos, sino apartarlos de su aliento infecto. En medio del colapso, con las fuerzas que le restaban y tomados de la mano se adentró en la espesura del monte con sus dos pequeños hijos, dispuesta a ganar una batalla contra el destino.

Tras horas de marcha donde el río se angosta entre la hojarasca húmeda, hallaron un rincón prodigioso: una quebrada de aguas cristalinas, donde los peces destellaban como monedas sumergidas y los árboles doblaban sus ramas bajo el peso de frutos maduros.

Aquel lugar era a la vez un paraíso y un altar de sacrificio. La madre abrazó a sus hijos por última vez, impregnándose del olor de sus cabellos, sabiendo con dolorosa certeza que no habría retorno. Sin miradas atrás, para no desmoronar su propia fuerza, regresó a morir entre los suyos, dejándolos al amparo del bosque.

Durante el día, los niños jugaron en la orilla, saborearon la dulzura de las frutas y se refrescaron en la corriente. Pero cuando el sol se hundió tras el dosel vegetal, el bosque verde se tornó un monstruo de sombras y murmullos.

El frío y la ausencia materna rasgaron el coraje de los pequeños. Echaron a andar con los pies descalzos, buscando las pisadas de su madre en la penumbra. Caminaron durante horas, pero la selva, compasiva y cruel a la vez, los hizo dar vueltas en un círculo infinito.

Estaban atrapados en el corazón del monte…

Agotados y tiritando de miedo bajo la corteza de un árbol majestuoso, los hermanos miraron al cielo.

—¿Por qué no seremos aves para volar hasta donde está mamá? —suspiró el más pequeño, uniendo sus manos con desesperación.

El lamento no fue arrastrado por el viento; llegó directo a las alturas. La Luna, reina plateada de las noches amazónicas, contempló la inocencia de las criaturas y, movida por una inmensa compasión, descendió entre destellos hasta posarse sobre la copa de los árboles.

—Ustedes me han llamado con el corazón —murmuró la Luna con una voz de seda y plata—. ¿Cómo puedo aliviar su pena?

—Llévanos con nuestra mamita —suplicó el menor—. Sabemos que ella te ha enviado por nosotros le dijo con inocencia.

La Luna inclinó su rostro y derramó dos lágrimas puras. Al tocar la piel de los niños, sus cuerpos se volvieron livianos, las extremidades se cubrieron de plumas pardas y grises —idénticas a la madera seca— y sus brazos se desplegaron en hermosas alas nocturnas. Convertidos en dos aves mágicas AYAYMAMA, capaces de mimetizarse con el árbol que los cobijó, emprendieron el vuelo sobre el mar de hojas.

Volaron raudos hacia su aldea, guiados por el recuerdo de la leña encendida. Sin embargo, al descender sobre las chozas, solo hallaron un silencio sepulcral. La epidemia no había dejado un solo aliento de vida. La peste se lo había llevado a todos y habían partido al reino de los ancestros.

Desde aquella noche remota, llegó por primera vez el doliente alarido del Ayaymama que no ha dejado de surcar en los cielos de la Amazonía...

Cuando el cansancio vence sus alas, se posa en lo más alto de los troncos secos y eleva al firmamento un canto lastimero, un lamento humano que estremece la selva:

¡Ayaymama... Ayaymama!

(«¡Madre, madre, ¿por qué nos has abandonado?»)

«Ay, ay, mama».

"LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO".


LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO. 

 La isla San Lorenzo funcionó como uno de los cementerios más grandes de la costa limeña para culturas como Lima, Ichma e Inca. Era considerado un lugar sagrado por el antiguo peruano porque la consideraban una huaca que servía para la entrada al inframundo, por lo que enterraban allí a sus élites.

Años más tarde, corsarios y piratas célebres como el inglés Francis Drake, quien fue el primer pirata en llegar a la isla en el año de 1579, lo tomó como base para atacar y saquear varios barcos españoles, sembrando el pánico en el virreinato.

Otro pirata inglés, Thomas Cavendish en el año de 1587 también usó como puente la isla de San Lorenzo para saquear y operar por las costas del Callao.

Luego, le sucedió el corsario o pirata holandés Joris van Spilbergen, en el año de 1615, quien usa como base la isla para realizar ataques al Callao.

Años más tarde, destaca la llegada de piratas y corsarios al mando del holandés Jacques Clerk L'Hermite en el año de 1624. La isla San Lorenzo le serviría como campamento y apostadero estratégico para atacar y cercar la bahía del Callao y de la Lima Virreynal. Desde allí se dedicaría a saquear e incendiar barcos españoles y tratar de tomar el puerto del Callao hasta que murió en la isla. Tras fallar en sus intentos de desembarco en el Callao y sufrir escasez de agua, la tripulación fue azotada por el escorbuto y la disentería. Jacques l'Hermite, fallecería en la isla el 2 de junio de 1624 y fue enterrado allí.

Tomó el mando, Hugo Schapenham secundado por otros capitanes como Ghen Huigen, quienes finalmente abandonaron el lugar tras dejar un pequeño cementerio con decenas de piratas sepultados en el lado norte de la isla San Lorenzo, consolidando su fama mitológica e histórica como un cementerio de corsarios y piratas europeos que operaban en el Pacífico Sur colonial.

Desde entonces, se dice que la isla San Lorenzo muy cerca al Callao (Lima), no es tierra para los vivos, porque guarda muchas historias trágicas como: “LA GRINGA DE LA ISLA SAN LORENZO”….

Un día aciago, el Comandante o Capitán de Fragata de la Base Naval de la Marina de Guerra del Perú en la isla, cometió el error de llevar de paseo a su familia para que conozcan los confines de su mando y dominio militar. Entre ellos destacaba su hija: una joven de cabellera rubia y belleza deslumbrante que proyectaba una luz insólita sobre la desolación del litoral.

Con la inocencia de quien desconoce los abismos del alma humana, la muchacha pidió permiso para alejarse a caminar por los confines de la isla de mil seiscientos cuarenta y ocho hectáreas, casi desierta en su totalidad. El padre, confiado en la quietud del enclave, la investidura de su autoridad y la disciplina de su jurisdicción, le permitió internarse sola por los senderos desiertos de la isla.

Ese permiso sellaría su destino.

La inocente muchacha, echó a andar entre las lomas secas y no la volvieron a ver jamás.

Cuando el sol comenzó a caer tras el horizonte marino y al no verla regresar, el silencio de la isla se transformó en pesadilla.

El Comandante, su esposa y sus hijos peinaron los acantilados y las quebradas en una búsqueda infructuosa que destrozó la cordura de la familia.

 Pensaron lo peor.

Lo que siguió fueron dos semanas de angustia ciega, que pronto contagió a la tropa. Peinaron los acantilados, las caletas y las cuevas batidas por el oleaje en una búsqueda infructuosa que destrozó la cordura de la familia. No encontraron nada.

Al término de la segunda semana, en las profundidades del chutero —aquel abismo vertical al fondo de la isla, donde la brisa acumula los desperdicios de la tropa—, el rastreo llegó a su fin. Allí, entre los desperdicios, la búsqueda terminó de la peor manera: solo hallaron una pierna, un brazo y parte del abdomen de la muchacha.

La sospecha cayó de inmediato sobre la marea humana de reclutas que por entonces cumplía el servicio militar. En un peñón habitado únicamente por hombres, la irrupción de una mujer tan bella resultaba una provocación trágica. Se murmuró que marineros de guardia la interceptaron en la soledad de la isla quienes, tras ultimar el ultraje, optaron por el asesinato para acallar el delito.

Sin embargo, en el Callao las historias nunca tienen una sola cara: los viejos pescadores recordaron que San Lorenzo albergó en tiempos preincas santuarios de sangre y fuego, y que la isla, como tantos oráculos ancestrales del Perú, reclama periódicamente vidas en sacrificios oscuros e inexplicables para que haya buena pesca, aplaque el oleaje o aplacar los fenómenos climáticos

La justicia militar fue expedita y brutal. La investigación señaló a dos conscriptos, muchachos llegados de lejanas provincias andinas. Sin abogados que alzaran la voz ni familiares que reclamaran por ellos desde sus pueblos, fueron juzgados a la prisa, fusilados en la misma tierra áspera de la isla y enterrados allí mismo, bajo el suelo que patrullaban.

 Para muchos, el expediente se cerró con el estruendo de los fusiles; para la memoria popular, la condena fue una farsa para aplacar la furia del Capitán, ejecutando a dos inocentes sin nombre.

Desde entonces, la geografía de la noche en San Lorenzo cambió para siempre. Los guardias nocturnos comenzaron a relatar el paso silencioso de una figura femenina etérea, ataviada con un vestido blanco y de espléndida cabellera rubia, desglosándose por las penumbras de las garitas. Otros no corrieron con la suerte de solo verla pasar.

Fueron hallados al amanecer convulsionando y echando espuma por la boca. Quienes lograban recobrar el sentido juraban haber sido atraídos por la estampa distante de "La Gringa", una mujer deslumbrante de lejos que, al aproximarse en la penumbra, revelaba la ausencia atroz de su cabeza.

Hasta hoy, entre las paredes de la Estación de la Base Naval, la historia se transmite en voz baja. Hay quienes afirman, con el rigor del testigo, que la aparición es tan real como los piratas y corsarios enterrados allí; otros sostienen que no es más que un mito fraguado por el mando para tiranizar la imaginación de los reclutas y evitar que abandonen sus cuadras bajo el dominio de la noche.


sábado, 17 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DEL PÁUCAR"


EL PÁUCAR.

(LEYENDAS Y TRADICIONES AMAZÓNICAS)

En la selva amazónica de Loreto, cerca de Iquitos, se cuenta una historia muy conocida sobre un ave llamada Páucar. No es un cuento solo para asustar o entretener: es una leyenda amazónica de esas que los abuelos suelen narrar con calma, como si el bosque estuviera escuchando. Y aunque suene fantástica, deja una enseñanza bien real: las palabras pueden hacer daño… pero también pueden convertirse en aprendizaje.

Dicen que hace mucho tiempo, en un pueblito rodeado de árboles altos, quebradas y caminos de barro, vivía un niño demasiado curioso para su propio bien. No era malo en el fondo, pero tenía una costumbre que lo metía en problemas: hablaba de más. Le gustaba saberlo todo y, sobre todo, contarlo.

Si escuchaba algo en una casa, al rato lo repetía en otra. Si veía a alguien discutir, él ya estaba inventando el “por qué”. Y si una noticia llegaba incompleta, el niño la “arreglaba” con su imaginación.

En poco tiempo, lo que empezaba como un comentario se volvía “verdad” en la boca de todos. A veces lo celebraban porque parecía divertido, como si él fuera el “radio” del pueblo. Pero con los días, esa misma costumbre empezó a cansar. Algunas personas ya evitaban hablar cerca de él, porque sabían que cualquier frase podía salir volando como hoja en el viento.

Un día, el niño inventó un rumor sobre una vecina anciana a la que llamaban Mamá Llicu. Era de esas señoras que viven tranquilas, que hablan poco, que conocen plantas y remedios, y que siempre parecen estar mirando más allá de lo que uno ve.

El niño, sin pruebas y solo por molestar, dijo que Mamá Llicu era una runa-mula, y que por las noches salía volando montada en una escoba. La mentira se regó rápido, como si el río la llevara por todas partes. En un lugar pequeño, cuando una historia suena “misteriosa”, la gente la repite más.

Lo que el niño no sabía —y ahí empieza lo importante— es que Mamá Llicu no era ninguna runa-mula, ni nada parecido. Era un hada (un ser mágico del monte) que vivía oculta, justamente para que nadie la persiguiera ni la convirtiera en tema de conversación. La selva tiene sus secretos, y no todos quieren ser nombrados.

Cuando el rumor llegó a sus oídos, Mamá Llicu no reaccionó con gritos ni con rabia. Le dio algo más fuerte: una lección. No para destruir al niño, sino para que entendiera lo que significa hablar sin pensar.

Se cuenta que una tarde, cuando el niño andaba cerca de los árboles, la anciana apareció frente a él con calma. En su mano llevaba una varita tallada en madera dura de la selva, firme como la misma tierra. No fue un golpe violento. Fue apenas un toque, suave, como quien marca un destino.

Y en un instante, el niño sintió que el mundo se volteaba: su voz se apagó, su cuerpo cambió, y su ropa —amarilla y negra— se convirtió en plumas negras y amarillas. Así nació el Páucar.

Cuando volvió en sí, ya no era un niño. Era un pájaro. Y aunque ya no podía andar por el pueblo contando historias, tampoco dejó de “anunciar”. Porque el Páucar, en esta leyenda, se convierte en un mensajero: su canto empezó a escucharse desde los árboles, y la gente decía que cuando sonaba el trino del Páucar, algo venía en camino: visitas, cartas, noticias, viajes, o una buena novedad.

Con el paso del tiempo, el Páucar se volvió un ave especial. Muchos afirmaban que era muy inteligente, que podía imitar sonidos del monte, el llamado de otros animales, y hasta ciertos ruidos que parecían humanos. Como si el bosque le hubiera dado otra forma de entender el mundo: ya no con chismes, sino con señales.

Pero la lección no se borró. El Páucar nunca olvidó su castigo. Por eso, dicen que buscaba siempre lugares altos y seguros para hacer su nido, y a veces lo hacía cerca de nidos de avispas, como si la selva le recordara: “Ahora aprende a cuidarte… y aprende a cuidar lo que dices”.

Y así, la historia quedó viva. Porque en la Amazonía, los cuentos no solo se leen: se cuentan, se comparten en familia, se repiten en la escuela, y pasan de generación en generación como si fueran parte del paisaje.

La próxima vez que escuches un canto en el monte, tal vez alguien te diga: “Ese es el Páucar”. Y aunque nadie pueda probarlo, la leyenda cumple su misión: recordarnos que la discreción también es respeto, y que una palabra mal usada puede volverse una carga… pero una lección bien aprendida puede volverse sabiduría.


"EL CÓNDOR Y LA PRINCESITA".


EL CONDOR Y LA PASTORCITA

(MITOS Y LEYENDAS DEL PERÚ: CUZCO)

 

Cuenta la Leyenda, que un cóndor se enamoró perdidamente de una pastorcita que vivía en una comunidad con su padre. La hija pastaba las ovejas, llamas y otros animales.

Cada día un joven vestido con elegancia iba a visitarla. Tenía un traje negro hermoso, chalina blanca, sombrero y todo. Cada día iba a visitar a la mujercita, y se hicieron buenos amigos. Jugaban a todo. Un día comenzaron a jugar de esta manera: «Álzame tú y yo te alzaré». Bueno, comenzaron el juego, y el joven alzo a la mujercita. Recién cuando la había alzado en alto, la mujercita se dio cuenta de que estaba volando.

El joven convertido en cóndor, puso a la mujercita dentro de un nicho en un barranco. Allí el cóndor nuevamente se convirtió en el joven apuesto. Por un mes, dos meses, el cóndor criaba a la mujercita. Le daba toda clase de carne: carne asada, carne cocida. Cuando habían estado unos años juntos, ella llego a ser mujer. La jovencita dio a luz un niñito, pero lloraba día y noche por su padre, a quien había dejado en la comunidad. «¿Cómo puede estar solo mi padre? ¿Quién está cuidando a mi padre? ¿Quién está cuidando a mis ovejitas? Devuélveme al lugar de donde me trajiste. Devuélveme allá», le suplicaba al cóndor. Pero él no le hacía caso.

 Un día un picaflor apareció.

La joven le dijo: «¡Ay, picaflorcito, mi picaflorcito! ¿Quién hay como tú? Tienes alas. Yo no tengo ninguna manera de bajar de aquí. Hace más de un año, un cóndor, convirtiéndose en joven, me trajo aquí. Ahora soy mujer. Y he dado a luz a su niñito».

El picaflor le contestó: «Escúchame joven. No llores. Te voy a ayudar. Hoy día iré a contarle a tu papá donde estás, y tu papá vendrá a buscarte».

La joven le dijo: «Escúchame, picaflorcito. ¿Conoces mi casa, no? En mi casa hay hartas flores bellas, te aseguro que, si tú me ayudas toditas las flores que hay en mi casa serán para ti».

 Cuando dijo eso, el picaflor volvió contento al pueblo, y fue a decir al padre de ella: «He descubierto dónde está tu hija. Está en el nicho de un barranco. Es la mujer de un cóndor. Pero va a ser difícil bajarla. Tenemos que llevar un burro viejo», dijo el picaflor, y contó su plan al viejo. Fueron, llevando un burro viejo. Dejaron el burro muerto en el suelo. Y mientras el cóndor estaba comiendo el burro, el picaflor y el viejo ayudaron a la jovencita a bajar del barranco. Después llevaron dos sapos: uno pequeño, otro grande, y dejaron los sapos en el nicho del barranco. Bajaron el viejo y su hija y fueron hacia el pueblo. El picaflor fue donde estaba el cóndor, y le contó: «Oye, cóndor. Tú no sabes que desgracia hay en tu casa». «¿Que ha pasado?» el cóndor le preguntó. «Tu mujer y tu hijo se han convertido en sapos». Bueno, el cóndor se fue volando a ver. Ni la joven, ni su hijo estaban dentro del nicho, solamente dos sapos. El cóndor se asustó, pero no pudo hacer nada; y el picaflorcito está todos los días entre las flores en la casa de la jovencita. Mientras ella, su hijo y su padre viven felices en la comunidad.


lunes, 12 de octubre de 2026

"EL MUQUI Y LA COCA"


EL MUQUI Y LA COCA.

El muqui es un duende de la mina y una leyenda en los andes peruanos. Su nombre proviene del quechua murik, que significa «el que asfixia». Algunos dicen que su apariencia es como de cualquier persona, solo que los rasgos de su cara son más marcados. Por ejemplo, sus orejas son grandes, peludas y toscas; su nariz termina en punta y tiene bastante pelo en las fosas nasales; sus ojos son hundidos, pero tienen un brillo que parece que te escarban cuando te miran. El muqui, es un hombrecillo que de tamaño no llega ni a un muslo de persona, pero que es dueño de minas y tiene muchas riquezas y poderes sobrenaturales. Recibe otros nombres como: chinchilico (Arequipa), anchancho (Puno, jushi (Cajamarca) y en las demás regiones simplemente muqui o enano de las minas.
Yo soy un minero de los antiguos, de esos que llevan la vida entera sepultada bajo la tierra. Mírame la cara: estas manchas tiznadas no se borran con nada, son la marca del socavón. Mis manos no tienen piel, son pura lija, y a mi edad los pulmones se me han llenado de agua y de un polvo más negro que el alma. Ya no puedo entrar en las galerías, pero en mis tiempos de juventud, cuando el hambre apretaba, tuve que recorrer el país entregándome a este oficio tan duro.
Uno de mis últimos trabajos fue en la mina El Frontón, en Morococha, cerquita de Ticlio, donde el frío se te mete hasta los huesos. Nos fuimos para allá porque una empresa de gringos suecos andaba buscando a los mineros más bravos y ofrecía una paga que aplastaba al sencillo que a mí me daban en La Oroya, donde dejé a mi esposa y a mis dos hijos. En El Frontón el trabajo era brutal; había que perforar cerro adentro a fuerza de pulmón para abrir túneles profundos y sacar el cobre.
Para hacernos sacar la mugre, los gringos nos ofrecían un bono al que llamaban el «colectivo». Prometían un dinero extra a la cuadrilla que más metros avanzara y más vetas descubriera. Eso volvía locos a los hombres: los estoperoles perforaban sin parar, los frontoneros abrían galerías velozmente y los motoristas jalaban más de cien carros llenos de piedra. En mi cuadrilla trabajaba con el cholo Vilcas, un tipo fuerte de Ancobamba, y con José Ibárcena, un hombre engreído de Matucana que se creía limeño y miraba a todos por encima del hombro. Nos matábamos trabajando, pero llegado el día de pago, los gringos salían con cualquier excusa para no darnos ni un centavo del bendito colectivo. Pura viveza para explotarnos.
La historia cambió un día después del almuerzo. Regresé a mi puesto y descubrí que alguien me había abierto la mochila y robado mi capacho de coca. En la mina, la coca, el cigarro y el aguardiente son sagrados; son lo único que nos da fuerzas para aguantar el frío. Furioso, encaré a Ibárcena, pero me respondió con soberbia diciendo que le daba asco «esa porquería de serranos». Le pregunté al cholo Vilcas, pero él tenía su propia coca que le traían de su pueblo. Al día siguiente me robaron también la garrafa de aguardiente. Harto, me quedé escondido en la oscuridad durante el descanso para atrapar al ladrón cara a cara.
De pronto, una luz rompió las sombras. Vi a un hombrecillo muy pequeño, equipado con casco y linterna, rebuscando en mi mochila. Junté coraje y le grité «¡Ratero!», pero las paredes de la mina absorbieron y apagaron mis gritos. El enano se giró y me clavó una mirada que me paralizó las piernas. Se me acercó lentamente y con una voz gruesa que retumbaba me dijo: «Tranquilízate, Temoche. Si te portas bien, no te haré daño». Era el Muqui.
El Muqui me hizo una propuesta directa: me ofreció ablandar la roca para que mi cuadrilla fuera la más productiva, abriera más galerías y se llevara todos los colectivos de la empresa para hacerme rico. A cambio, solo me pidió que cada semana, durante un año entero, le dejara un capacho lleno de mi buena coca. Aunque sentí un escalofrío en el alma, llevado por la ambición acepté el trato y le estreché la mano.
A partir de ese instante, la tierra parecía rendirse ante nosotros. Abríamos túneles con facilidad, sacábamos toneladas de mineral y la empresa no tuvo más remedio que pagarnos los bonos sin excusas. El cholo Vilcas mandó su dinero a su pueblo y compró una hacienda con miles de cabezas de ganado. A Ibárcena la plata le mejoró el humor. Yo, pensando en mis hijos, compré varios terrenos en La Oroya y un local comercial en Huancayo.
Todo marchaba bien hasta que llegó a visitarme una prima de Huanta que leía las cartas y veía el futuro en la coca. Le conté el secreto y me advirtió alarmada que estaba en un «falso ascenso»; me exigió romper el pacto esa misma semana porque mi vida y la de mi familia corrían peligro. Asustado, fui a buscar al Muqui e inventé que me salía un trabajo cerca de mi familia. El duende sonrió con malicia y me dijo: «No me mientas, Temoche. Pero romperemos el trato porque has sido un hombre cumplido que no malgastó el dinero en vicios. Eso sí, vete de inmediato y no regreses nunca más».
Renuncié ese mismo día. A los pocos días, los periódicos publicaron una noticia espantosa: un catastrófico derrumbe en El Frontón había aplastado a veinte mineros. Los rescatistas solo lograron recuperar diecinueve cuerpos. El único que nunca apareció fue el de Ibárcena; la tierra se lo había tragado por completo. Hoy, cuando a veces me pregunto si todo aquello fue un sueño de juventud, me basta con mirar las escrituras de mis propiedades en La Oroya y Huancayo para saber que el Muqui existió y que todo fue verdad.


FUENTE: ”Leyendas tenebrosas del Perú.

"LA LEYENDA DE LA YACUMAMA"


LA LEYENDA DE LA YAKUMAMA.

Esa noche estábamos acampando cerca de una cocha, en plena selva de Loreto. Habíamos pasado el día pescando, y ya teníamos la idea fija: descansar unas horas y, antes del amanecer, movernos a otro punto para buscar mejor pesca.

Éramos dos: mi padre y yo.

La madrugada en la selva no es como en la ciudad. No hay ruido de carros, no hay luces, no hay gente. Solo está el agua, los insectos y ese silencio raro que a veces se rompe con un sonido fuerte… y te obliga a abrir los ojos, aunque estés muerto de sueño.

A eso de las tres de la mañana, lo escuchamos.

Un canto de mono, fuerte, gutural, insistente… sonaba desde la otra orilla de la cocha. Mi padre se sentó de golpe y me dijo, seguro:

—Ahí está un mono. Prepara tus flechas, que mañana nos damos un rico banquete en el desayuno.

Yo, todavía con el sueño encima, agarré mis flechas y me las colgué al hombro. Revisé el arco, lo dejé bien tensado, y traté de moverme sin hacer ruido.

—Debe estar al frente —me indicó mi padre—. Lo cazamos rápido antes de que salga el sol. Ten listo tu arco.

Nos fuimos bordeando la cocha, caminando con cuidado. A ratos mirábamos el agua y veíamos a los peces saltar. Ya estábamos cansados de tanto pescado; la idea del mono sonaba a “premio”.

Pero mientras avanzábamos, algo no cuadraba.

 El canto se repetía, sí… pero el monte alrededor se sentía demasiado quieto. Y mi padre, que no era de asustarse fácil, bajó la voz y me dijo casi al oído:

—Espera… no es un mono.

Se quedó mirando fijo hacia la oscuridad.

—En tiempos antiguos me dijeron que cuando uno pesca o caza cerca de una cocha, tiene que tener cuidado. Porque hay cochas que no son “solo agua”. Hay cochas que tienen madre.

 Yo no entendía, hasta que soltó el nombre:

—Puede ser la Yakumama.

 Ahí me helé.

 Mi padre me explicó rápido, como quien ya está recordando una advertencia vieja:

—Dicen que la Yakumama puede imitar el canto de un mono para atraerte. Te hace acercarte confiado. Y cuando ya estás cerca, puede lanzar bocanadas de agua para aturdirte… o enroscarte si te encuentra muy cerca. No la molestes donde descansa. Ella protege su cocha.

En ese momento pasó un ave volando bajo: un Paucar. Cantó una vez. Y cantó otra vez, bien cerca.

 Mi padre se frenó en seco y dijo:

—No debemos apresurarnos. Algo malo nos va a pasar.

 No lo dijo como chiste. Lo dijo serio.

 Avanzamos despacio. Nos pegamos detrás de un árbol y miramos hacia el lugar de donde venía el canto.

Y ahí la vimos.

No era un mono. Era algo grande, moviéndose en el agua con una fuerza lenta y pesada. Por momentos, su piel se alcanzaba a ver entre ramas y reflejos. Se retorcía como si estuviera molesta, como si nos hubiera sentido.

 Mi padre levantó el arco.

 Apuntó.

 Zaaas. La primera flecha pasó por poco.

 La cosa reaccionó de golpe: el agua se agitó fuerte. Ahí mi padre me habló sin voltearse:

—No tengas miedo. Dame otra flecha.

 Se la pasé.

 Apuntó otra vez.

Zaaas. Esta vez la rozó. Se vio la herida y la sangre oscura mezclándose con el agua. La Yakumama se movió rápido hacia la cocha y desapareció con un remolino pesado, como si el río se la tragara.

 Nos quedamos quietos un segundo, sin respirar.

Y mi padre, ya con la voz más fría que antes, me dijo:

—Vámonos de aquí, hijo. Esta vez tuvimos suerte. Vámonos y no volvamos… porque esta cocha tiene madre. Y hoy, por poco nos caza y nos come.

Nos fuimos sin mirar atrás.

Y desde ese día entendí una cosa que en la Amazonía se aprende sí o sí: la selva no es solo paisaje… es territorio vivo. Y hay lugares donde uno no llega a “mandar”, sino a respetar.


domingo, 27 de septiembre de 2026

"EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE" (RICARDO PALMA)


EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE.

(CUENTO POPULAR DE LA REGIÓN LIBERTAD-ESCRITO POR RICARDO PALMA)

A mediados del siglo XVI, en la ciudad amurallada de Trujillo, vivía Don Antonio Chayhuac, un cacique indígena descendiente directo del último gran gobernante del Chimú. A pesar de su ilustre linaje y de la antigua grandeza de sus antepasados, Don Antonio adoptó con devoción la fe cristiana y optó por una vida sumamente austera, dedicada con humildad al trabajo de la tierra y alejada de cualquier lujo o vanidad. Por aquellos mismos años, frecuentaba la zona

Garci-Gutiérrez de Toledo, un joven comerciante español que recorría los caminos vendiendo pacotilla y baratijas entre Lima y Trujillo.

Cada vez que llegaba a la ciudad, Garci-Gutiérrez se hospedaba en la humilde choza del cacique, brindándole pequeños obsequios de su mercancía. Con el tiempo, este trato constante dio paso a un profundo afecto y una estrecha confianza, a tal punto que el español terminó convirtiéndose en padrino de dos de los hijos de Don Antonio.

Sin embargo, detrás de aquella aparente familiaridad, el español albergaba una ambición desmedida. Frustrado por la escasez de sus ganancias y cansado de la pobreza, maldecía continuamente su suerte. Una noche, mientras conversaban a la luz de la luna en la puerta de la choza, la desesperación del buhonero estalló. Don Antonio, compadecido de su compadre, pero advirtiéndole sobre los peligros de la codicia, tomó una decisión trascendental. Prometió hacerlo el hombre más rico del Perú, pero le impuso condiciones estrictas: no enorgullecerse jamás por la riqueza, practicar la caridad con los necesitados y destinar la cuarta parte de lo hallado al culto divino. Además, le dejó un sabio consejo: mientras la araña se mantiene quieta en su tela nadie la molesta, pero cuando se aventura a caminar por las alfombras, todos buscan pisarla.

Garci-Gutiérrez, cegado por la ambición, juró solemnemente sobre Cristo cumplir cada una de las promesas. Esa misma noche, el cacique lo guio a través del laberinto de ruinas del Gran Chimú hasta una huaca escondida. Tras mover enormes piedras y encender una antorcha, penetraron en una cámara secreta repleta de ídolos y objetos de oro masivo. En el centro, sobre un andamio de plata, resplandecía la figura de un pez de oro macizo con deslumbrantes ojos de esmeralda. Abrumado por la emoción, el español reía, lloraba y abrazaba al indio. Don Antonio le entregó este recinto, conocido como la huaca del Peje Chico, prometiéndole que, si guardaba la humildad y cumplía su juramento, algún día lo llevaría a un tesoro inmensamente mayor: la huaca del Peje Grande.

En un instante, la suerte de Garci-Gutiérrez cambió drásticamente. Tras extraer cantidades fabulosas de oro y pagar los correspondientes quintos reales a la corona española, el antiguo vendedor de baratijas rompió de inmediato todas sus promesas. Cegado por la soberbia, renegó de sus orígenes humildes y comenzó a darse una vida de príncipes, ofreciendo banquetes deslumbrantes y entregando costosos regalos a la nobleza para ganar prestigio social. Buscando escalar en la jerarquía colonial, visitó en Lima al virrey Francisco de Toledo, regalándole veinte mil pesos en joyas de oro para convencerlo de que compartían un linaje linajudo. El virrey, complacido por tan generoso obsequio, lo reconoció públicamente como su pariente.

Mientras el exbuhonero gastaba su fortuna a manos llenas para sostener las apariencias, olvidó por completo sus juramentos de caridad y devoción. Los años transcurrieron rápidamente y, tal como lo advierte el refrán sobre quienes despilfarran sin medida, el dinero comenzó a agotarse a un ritmo acelerado hasta dejarlo en la absoluta miseria.

Al verse completamente arruinado, Garci-Gutiérrez volvió presuroso a Trujillo a buscar al cacique de Mansiche. Desesperado, le suplicó a su compadre que le revelara la ubicación de la huaca del Peje Grande. Pero Don Antonio, viendo que el español había sucumbido a la soberbia, violado su juramento sagrado y demostrado su verdadera naturaleza, se mantuvo firme e inamovible. Le respondió con serenidad que no estaba loco y que el secreto del gran tesoro se iría con él a la tumba.

Durante tres meses el español rogó, lloró e intentó ablandar al indio por todos los medios posibles, pero sus esfuerzos se estrellaron impotentes contra la determinación estoica de Don Antonio. Vencido, regresó a Lima con la esperanza de conseguir el auxilio de su supuesto primo, el virrey Toledo. Sin embargo, al llegar descubrió que la suerte le había dado la espalda por completo: el virrey acababa de embarcarse rumbo a España.

En su desgracia, el ambicioso buhonero descubrió la fría realidad del mundo. Aquellos amigos de la nobleza que antes celebraban en sus banquetes le dieron la espalda y le huyeron vergonzosamente al verlo en la pobreza. Por haber renegado en sus días de gloria de su humilde extracción, la gente común también lo despreció. Viejo, enfermo del alma y del cuerpo, y totalmente incapaz de trabajar, Garci-Gutiérrez terminó sus días acogido por mera caridad en una celda del convento de los padres franciscanos, subsistiendo de un pedazo de pan.

El gran tesoro del Peje Grande, ocultado celosamente tras la trágica muerte de Atahualpa cuando los emisarios incas decidieron enterrar las riquezas que transportaban, jamás fue encontrado. A pesar de las incontables excavaciones y esfuerzos emprendidos a lo largo de los siglos entre las ruinas del Chimú para arrebatarle el secreto al cacique de Mansiche, la codicia humana siempre ha quedado burlada, dejando el enigma oculto para siempre en las arenas de la historia.