domingo, 27 de septiembre de 2026

"EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE" (RICARDO PALMA)


EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE.

(CUENTO POPULAR DE LA REGIÓN LIBERTAD-ESCRITO POR RICARDO PALMA)

A mediados del siglo XVI, en la ciudad amurallada de Trujillo, vivía Don Antonio Chayhuac, un cacique indígena descendiente directo del último gran gobernante del Chimú. A pesar de su ilustre linaje y de la antigua grandeza de sus antepasados, Don Antonio adoptó con devoción la fe cristiana y optó por una vida sumamente austera, dedicada con humildad al trabajo de la tierra y alejada de cualquier lujo o vanidad. Por aquellos mismos años, frecuentaba la zona

Garci-Gutiérrez de Toledo, un joven comerciante español que recorría los caminos vendiendo pacotilla y baratijas entre Lima y Trujillo.

Cada vez que llegaba a la ciudad, Garci-Gutiérrez se hospedaba en la humilde choza del cacique, brindándole pequeños obsequios de su mercancía. Con el tiempo, este trato constante dio paso a un profundo afecto y una estrecha confianza, a tal punto que el español terminó convirtiéndose en padrino de dos de los hijos de Don Antonio.

Sin embargo, detrás de aquella aparente familiaridad, el español albergaba una ambición desmedida. Frustrado por la escasez de sus ganancias y cansado de la pobreza, maldecía continuamente su suerte. Una noche, mientras conversaban a la luz de la luna en la puerta de la choza, la desesperación del buhonero estalló. Don Antonio, compadecido de su compadre, pero advirtiéndole sobre los peligros de la codicia, tomó una decisión trascendental. Prometió hacerlo el hombre más rico del Perú, pero le impuso condiciones estrictas: no enorgullecerse jamás por la riqueza, practicar la caridad con los necesitados y destinar la cuarta parte de lo hallado al culto divino. Además, le dejó un sabio consejo: mientras la araña se mantiene quieta en su tela nadie la molesta, pero cuando se aventura a caminar por las alfombras, todos buscan pisarla.

Garci-Gutiérrez, cegado por la ambición, juró solemnemente sobre Cristo cumplir cada una de las promesas. Esa misma noche, el cacique lo guio a través del laberinto de ruinas del Gran Chimú hasta una huaca escondida. Tras mover enormes piedras y encender una antorcha, penetraron en una cámara secreta repleta de ídolos y objetos de oro masivo. En el centro, sobre un andamio de plata, resplandecía la figura de un pez de oro macizo con deslumbrantes ojos de esmeralda. Abrumado por la emoción, el español reía, lloraba y abrazaba al indio. Don Antonio le entregó este recinto, conocido como la huaca del Peje Chico, prometiéndole que, si guardaba la humildad y cumplía su juramento, algún día lo llevaría a un tesoro inmensamente mayor: la huaca del Peje Grande.

En un instante, la suerte de Garci-Gutiérrez cambió drásticamente. Tras extraer cantidades fabulosas de oro y pagar los correspondientes quintos reales a la corona española, el antiguo vendedor de baratijas rompió de inmediato todas sus promesas. Cegado por la soberbia, renegó de sus orígenes humildes y comenzó a darse una vida de príncipes, ofreciendo banquetes deslumbrantes y entregando costosos regalos a la nobleza para ganar prestigio social. Buscando escalar en la jerarquía colonial, visitó en Lima al virrey Francisco de Toledo, regalándole veinte mil pesos en joyas de oro para convencerlo de que compartían un linaje linajudo. El virrey, complacido por tan generoso obsequio, lo reconoció públicamente como su pariente.

Mientras el exbuhonero gastaba su fortuna a manos llenas para sostener las apariencias, olvidó por completo sus juramentos de caridad y devoción. Los años transcurrieron rápidamente y, tal como lo advierte el refrán sobre quienes despilfarran sin medida, el dinero comenzó a agotarse a un ritmo acelerado hasta dejarlo en la absoluta miseria.

Al verse completamente arruinado, Garci-Gutiérrez volvió presuroso a Trujillo a buscar al cacique de Mansiche. Desesperado, le suplicó a su compadre que le revelara la ubicación de la huaca del Peje Grande. Pero Don Antonio, viendo que el español había sucumbido a la soberbia, violado su juramento sagrado y demostrado su verdadera naturaleza, se mantuvo firme e inamovible. Le respondió con serenidad que no estaba loco y que el secreto del gran tesoro se iría con él a la tumba.

Durante tres meses el español rogó, lloró e intentó ablandar al indio por todos los medios posibles, pero sus esfuerzos se estrellaron impotentes contra la determinación estoica de Don Antonio. Vencido, regresó a Lima con la esperanza de conseguir el auxilio de su supuesto primo, el virrey Toledo. Sin embargo, al llegar descubrió que la suerte le había dado la espalda por completo: el virrey acababa de embarcarse rumbo a España.

En su desgracia, el ambicioso buhonero descubrió la fría realidad del mundo. Aquellos amigos de la nobleza que antes celebraban en sus banquetes le dieron la espalda y le huyeron vergonzosamente al verlo en la pobreza. Por haber renegado en sus días de gloria de su humilde extracción, la gente común también lo despreció. Viejo, enfermo del alma y del cuerpo, y totalmente incapaz de trabajar, Garci-Gutiérrez terminó sus días acogido por mera caridad en una celda del convento de los padres franciscanos, subsistiendo de un pedazo de pan.

El gran tesoro del Peje Grande, ocultado celosamente tras la trágica muerte de Atahualpa cuando los emisarios incas decidieron enterrar las riquezas que transportaban, jamás fue encontrado. A pesar de las incontables excavaciones y esfuerzos emprendidos a lo largo de los siglos entre las ruinas del Chimú para arrebatarle el secreto al cacique de Mansiche, la codicia humana siempre ha quedado burlada, dejando el enigma oculto para siempre en las arenas de la historia.

"EL HECHIZO DEL DUENDE"


EL HECHIZO DEL DUENDE.

(Cuento Tradicional: Sumanique-Cartavio)

Aquel bosque de sauces y espinos donde encontraron al hijo de isidro Aguilar ya no existe.

Dicen que fue quemado cuando los pobladores trataron de desaparecer a los duendes. Lo cierto es que por aquella época el caserío de Sumanique fue invadido por esas raras criaturas que, según cuentan, les gustaba enamorar y secuestrar a los niños.

Por aquellos días llego de la ciudad de Trujillo la esposa de Isidro Aguilar y su hijo de escasos meses de nacido. Doña Elena, le decían, y había llegado para pasar una temporada con los familiares de su esposo que residían en la campiña.

Era una de esas señoras que no creían en parecidos ni en fantasmas, y mucho menos en duendes.

Hasta que un día ocurrió lo que muchos esperaban o presentían. Todo empezó cerca de las siete de la noche. A esa hora ya las sombras habían cubierto por completo las pocas casas del caserío.

En medio de la penumbra solo se veía las luces fosforescentes de las luciérnagas desplazándose por el espacio. En aquel momento doña Elena y su hijo estaban solos en casa, pues todos habían salido y su esposo se encontraba de viaje. Vivían en una casa de adobe rodeado de altos y frondosos sauces y espinos.

Aprovechando que su hijo se había quedado dormido y no pensando para nada en las advertencias ni en los duendes de los que había escuchado hablar, decidió ir a la tienda de doña Francisca a comprar kerosene para las linternas.

Pero al regresar de aquella tienda, escucho por el camino el llanto de un niño. Preocupada por que podría ser el de su hijo, aligero el paso. Conforme se acercaba pudo darse cuenta que el llanto salía de su vivienda y que este era cada vez más intenso y sonoro.

¡Mi hijo!, solo atinó a decir y, pensando que algo malo le estaba ocurriendo, se echó a correr a toda prisa.

Al ingresar a la casa y ver lo que vio, se quedó fría, estática y sin reacción alguna; sobre la cama y junto a su pequeño hijo, que aun lloraba, estaba una rara criatura, semejante a una doncella de piel blanca y de larga cabellera.

Al percatarse de su presencia, aquella fantasmal criatura cogió al niño y, cargándolo sobre su regazo, escapo velozmente por la ventana y trepo a los árboles de sauce. Doña Elena, repuesta del susto y la sorpresa, corrió desesperadamente tras la sombra de aquella misteriosa criatura.

Pero fue demasiado tarde, pues esta y el niño habían ya desaparecido. Guiándose aún por el llanto y sin desmayar en su empeño, continúo su búsqueda.

Sin embargo, la oscuridad y el follaje de las plantas no le permitían desplazarse con rapidez, menos trepar por las ramas para darles alcance.

Conforme pasaban los minutos, el llanto del nene se fue perdiendo en la distancia. Y por más que doña Elena los siguió y busco durante toda esa noche, no pudo encontrarlos.

Cuentan que, al despuntar la mañana del siguiente día, un grupo de pobladores del caserío, que había salido en su busca, lo encontraron abandonado en medio de aquel bosque de sauces y espinos.

El pequeño fue hallado con vida, pero estaba callado y parecía estar hipnotizado por el hechizo del duende.


lunes, 10 de agosto de 2026

CUENTO: "EL CARRETÓN DE ORO DE LA HUACA DEL BRUJO"

EL CARRETÓN DE ORO
 (DE LA HUACA DEL BRUJO)

Se cuenta que un agricultor de Santiago de Cao tenía una chacra para el sembrío; y a la margen del terreno se levantaba una inmensa huaca, hechura de los antiguos pobladores de lugar de raza Mochica; pues valiosos son los restos dejados por los indígenas moradores diseminados por los contornos del valle. La huaca permanecía como un elevado montículo de tierra y adobes milenarios sin que el poseedor de las tierras tuviera la curiosidad de averiguar qué contenía en sus profundidades ni advertía ningún misterio; la gran huaca permanecía inconmovible ante la indiferencia del dueño.

Cierto día, movido por el interés de ver el contenido de la huaca, el agricultor se acercó a ella y empezó a examinarla, abrió un forado y penetró muy cerca de las misteriosas habitaciones en la profundidad del arcaico monumento; cual no sería su sorpresa que en el interior de una inmensa habitación revestido de un material que parecía espejos que proyectaban luces en diversas direcciones, al centro de la gran sala permanecía una enorme carreta de oro atada a una yunta de toros también de oro con su gañán. Al contemplar esta valiosa carreta que significaba inmensas riquezas, el agricultor tuvo el temor de penetrar cerca del hallazgo y retornó a la población para avisar a sus compadres y concurrir juntos a la huaca para extraer el valioso tesoro.

La noche había caído en el valle, las sombras habían cubierto el paraje; ayudados por linternas lograron llegar cerca de la huaca que se destacaba en la oscuridad. Cuando estuvieron muy cerca y divisaron el carretón de oro, sucedió un acontecimiento mágico, el gañán despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta y emprendió veloz retirada con dirección a la Huaca Prieta donde se internó sin dejar ninguna huella. El recorrido de una huaca a la otra se hizo en medio de una intensa luminosidad irradiada por el oro en contacto con el cielo estrellado, y todo el valle permaneció unos instantes iluminados hasta que el carretón se sepultó en las profundidades de la huaca.

En la mente de los que vieron aquel misterioso carruaje aparecido, cuenta la tradición, empezaron a trabajar durante la noche para buscar el preciado tesoro escondido en la huaca Prieta. Muchas semanas y hasta meses demoraron para abrir alguna trocha y tratar de penetrar a las entrañas del monumental resto arqueológico que aún se mantiene intacto junto al mar.

Después de meditar ante la riqueza que se ofrecía a su vista optaron por acercarse más donde se encontraba el famoso Carretón de Oro, y cuál no sería la sorpresa de los buscadores de tesoros que se repitió el acontecimiento; el gañán despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta se desplazó por sobre los descubridores como visión alada alejándose con dirección al mar. Los presentes vieron que el carretón arrastrado por la yunta y dirigida por su gañán, abrió un amplio camino entre las aguas….y se perdió en la inmensidad con dirección a la isla Macabí en el océano Pacífico. 

CUENTO POPULAR DEL VALLE CHICAMA.

“El Carretón de Oro de la Huaca del Brujo”

ALVA LESCANO, César Adolfo: “Mitos y leyendas de Trujillo y alrededores”. Pág.68-71. Trujillo 2005.

viernes, 26 de junio de 2026

CUENTO: DON DIMAS DE LA TIJERETA ( TRADICIONES PERUANAS: RICARDO PALMA)

DON DIMAS DE LA TIJERETA (TRADICIONES PERUANAS)

(Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)

I

Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma. Además, que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que los defienda.

II

Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras, una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos, pero la niña nada de nada con él.

Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula, a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.

III

Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, cansado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:

—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a cambio del amor de esa muchacha!

Satanás, que desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su secretario.

—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.

Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:

“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las partes.

Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.

IV

Como no hay plazo que no se cumpla, pasaron los tres años y Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a desvestirse, pero Lilit le dijo

—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo puedo llevar.

—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don Dimas.

—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un minuto para que se cumplan los tres años.

El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al demonio y le dijo:

—Deuda pagada y venga mi documento.

—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego de haberse reído mucho.

—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.

—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando esté delante de mí amo.

Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente. Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió concederle un juicio al escribano.

En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero, destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado para encerrarse a un convento.

Satanás, para no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una pulmonía de padre y señor mío.

V

No sé bien si don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.

Refieren las crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.

Y con esto y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento.

LOS DUENDES DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY.

EL DUENDE DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY

(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

La Plazuela 24 de junio, ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80 cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho llamaron su atención.

Frente a la glorieta y en ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados, ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban completamente desnudos.

El vigilante, contemplaba estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada, ingresó por el acceso del campanario.

Al bajar, José se dirigió al lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes; el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.

José recordó entonces la historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.

De sus antepasados, Elsa había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto primero, eso había salvado su vida y la de su hija.

Su casa quedaba muy cerca de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por los árboles de leche como las higueras.

Decidido a salvarse, José fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo por completo.

José, los vio correr por un largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la materia no existiera.

Del otro lado y poco después, el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril. Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos del sol, se desvanecieron por completo.

Al iniciar el nuevo día, los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y almohadas tiradas por el suelo.

 Los duendes patachuga, habían jugado por el lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.

LA MUERTE DEL SASTRE.

 

LA MUERTE DEL SASTRE.

(CUENTO DE NEPÉN-DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

“Por la década del cuarenta falleció en Nepén, Santiago de Cao, un sastre que se distinguía de los demás pobladores, por la solvencia económica que disfrutaba y por el carisma o la simpatía del que gozaba. Como sastre era excelente.

Aparentemente poseía buena salud. Pero, cierto día, dejó de existir, como consecuencia de un paro cardiaco.

Su deceso causó un gran dolor entre los familiares que decidieron enterrarlo con una mortaja fina y con la sortija de oro que él mucho apreciaba por la gema incrustada en la joya, que lo había hecho el joyero de la localidad, a quien le unía una estrecha amistad.

Durante el velorio, al que asistió el joyero, la sortija despertó en él, una tremenda avaricia; tanto, que cuando lo enterraron, regresó al cementerio y comenzó a profanar su tumba. Destapó el nicho con una barreta, sacó el cajón y lo abrió. Ni bien lo hizo, mutiló el dedo en donde estaba la sortija.

Segundos después, el sastre recobró la vida y se sorprendió verse metido en un féretro y ver a su amigo, el joyero, con su dedo en la mano.

 ¿Por qué estoy aquí hermano?, le preguntó.

Un silencio de derrota amarga como el rostro de un desilusionado hubo unos instantes. Luego le volvió a inquirir:

¿Por qué me has cortado mi dedo?

En ese instante muy inteligente le respondió: porque ha sido el causante de la situación en que te encuentras.

Con la aclaración pertinente, ambos amigos abandonaron el cementerio y regresaron a la población. En casa, los familiares que se hallaban en velación final, se sorprendieron al ver entrar al difunto.

Algunos se desmayaron de la impresión, los que se mantuvieron en pie le pidieron una aclaración sobre el particular, al joyero.

Este les contó con lujos de detalles lo ocurrido. Algo quedaba flotando.

 ¿Qué tenía que ver la sortija con la muerte del joyero?

Con esa incógnita oscura, decidieron ir, al día siguiente, al médico especialista.

El galeno, un reconocido cardiólogo de Trujillo les dijo que el fallecimiento eventual del sastre se debió a la sortija, que, por quedarle ajustado, no le permitía circular la sangre.

Aclarada la confusión y el motivo del deceso del sastre, a su retorno a Nepén, fue a la casa del joyero y le obsequió el anillo, con estas frases: toma hermano. Es tuyo. Yo ya no lo necesito. Fue una decisión razonable del sastre. Además, ya no tenía dedo para ponerlo, así hubiera querido adquirir otro para exhibirlo en los dedos. Así con el dedo mutilado, el sastre vivió muchos años más”.

jueves, 14 de mayo de 2026

EL PERAL DE LA TIA MISERIA.

 

 Doña Miseria era una mujer vieja, muy muy vieja. Pero ella no quería morirse. Por eso, después de pensárselo muy bien, se fue a ver al Señor para pedirle un favor.
- ¿Quién eres? –le preguntó el Señor cuando la vio delante de él.
- Mira, Señor, es que tengo un peral en el corral, que es lo único que tengo, y lo cuido mucho. Pero todos los chicos vienen y me cogen las peras y me dejan sin ninguna a mí, que tanto trabajo me da. Por eso, yo querría que todo el que se suba a él no se pueda bajar en castigo por su glotonería y mala fe.
Al Señor, que la vio tan vieja y tan inofensiva, le dio lástima.
 –Está bien, eres muy vieja y poco mal o ninguno le puedes hacer a nadie. Así que te concedo lo que me pides. No bajará nadie que se suba a tu peral a menos que tú lo bajes. Doña Miseria se volvió a su casa.
Entretanto, en el infierno, el demonio, que estaba viendo quién le faltaba, le dijo a la Muerte: –Escucha, ya es hora de que vayas a buscar a Doña Miseria, que ya ha vivido bastantes años y ha llegado la hora de que se venga al infierno con nosotros.
En esto que llega la Muerte a casa de doña Miseria y le dice:
–Ale, prepárate para venirte con nosotros, que ya es hora. Eres demasiado vieja y te toca. Doña Miseria, mostrándose afligida, le respondió:
–Si es ése mi destino, me iré contigo.
Pero, para el viaje, quisiera llevarme unas peras por si me entra el hambre.
¿Te importa subirte a ese peral para cogerme un puñado de peras?
Yo estoy ya muy vieja y no puedo. Las compartiré contigo.
– Eso está hecho. Seguro que a mí también me apetecerá cuando nos hayamos puesto en camino.
–contestó la Muerte.
En fin, la Muerte se subió al peral y se puso a coger peras. Pero, cuando intentó bajar, sintió como si una fuerza invisible le impidiese poner los pies en el suelo.
–¡Cómo te he engañado, ¿eh?!
¿Creías que podrías llevarme contigo?
¡Pues no!
Solamente hay una manera de bajar de ahí, y es que yo suba a por ti.
Pero eso no lo pienso hacer, que no soy tan boba le dijo Doña Miseria.
Y allí se quedó encima del peral la Muerte, un día y otro y otro más y más.
En el mundo, como ahora la Muerte no trabajaba, no se moría nadie y ya no cabían de tanta gente como había.
 Los obreros se caían de los andamios y no se hacían nada.
Los marineros naufragaban, pero no se ahogaban.
Los viejos se hacían más viejos y se enfermaban, pero no se morían.
Pasaba el tiempo y Doña Miseria seguía allí porque la Muerte no se la podía llevar, aunque cada vez estaba más vieja, más arrugada y más cansada.
En el infierno, el demonio estaba muy extrañado de que la Muerte no le llevara a nadie. Así que decidió averiguar qué estaba pasando y se dirigió, naturalmente a casa de Doña Miseria, que era el último lugar adonde había enviado a la Muerte.
 (Hay que decir que al diablo le costó mucho llegar porque había gente y animales por todas partes, como si todos los días fueran domingo y hubiese feria).
 Finalmente, consiguió llegar a casa de Doña Miseria y allí en el corral se encontró a la Muerte subida al peral.
–Pero ¿qué haces tú ahí arriba?
–Pues ya ves, resulta que vine a llevarme a la tía Miseria y ésta me mandó que me subiera al peral para recoger unas cuantas peras para el viaje, y aquí arriba que me quedé.
–¡Baja de ahí arriba ahora mismo! –le gritaba el demonio, que no se lo acababa de creer.
 –¡Qué más quisiera yo! Es que sólo podré bajar si Doña Miseria sube a buscarme… En esto, salió Doña Miseria al corral y el demonio se le puso delante y le dijo:
–Doña Miseria, le pido por favor que deje bajar a la Muerte del peral.
–No, que me lleva con ella.
–Créame, señora, que la Muerte se vendrá conmigo solo. Doña Miseria no quería que la engañasen:
–Sólo subiré por él si me promete que no me moriré nunca, que la Muerte nunca vendrá a buscarme.
El demonio y la Muerte estuvieron un rato discutiendo y finalmente decidieron aceptar la propuesta:
– De acuerdo, dijo el demonio.
–  Se lo prometemos, Doña Miseria.
 Usted se quedará para siempre aquí en la tierra, pero tiene que bajar a la Muerte del peral. Al fin y al cabo, con el genio que usted tiene, no la querrán ni en el infierno.
Una vez conseguida la promesa del demonio y de la Muerte, Doña Miseria accedió a lo que le pedían: bajó del peral a la Muerte, que se fue de allí corriendo con el demonio.
Y cuentan que es por esta razón por la que siempre ha habido Miseria en el mundo, aunque no sabemos si algún día Doña Miseria, cansada de tanto vivir, será ella quien busque a la Muerte.

EL AHOGADITO: EL TERROR DE LA PLAYA.

RELATOS HUANCHAQUEROS III

EL AHOGADITO: “EL TERROR DE LA PLAYA.”

Corría el tiempo en que existía el comercio entre Huanchaco y su vecino, Santiago de Cao.
Los Comerciantes iban y venían montados en sus burritos y trayendo sus mercaderías por la orilla de la playa.
A dos de ellos, uno comerciante de sombreros y el otro de vestidos; les tocó vivir en carne propia un fenómeno que raya entre la realidad y la fantasía: ¨El Ahogadito¨.
Cuentan que los dos venían muy de madrugada con sus cargas, montados en sus burritos y charlando muy animosamente; cuando de pronto los animales pararon las orejas en señal de peligro y trotando de manera insegura, con lo cual mostraban su temor.
Un silbido muy agudo y fuerte, erizó los pelos de la nuca de ambos comerciantes. Eso solo significaba que se habían topado con el tan temido ¨Ahogadito¨, el cual es el alma en pena de una persona ahogada en el mar que busca descansar y para lo cual debe llevar consigo la de otro cristiano. Cuando el silbo agudo; señal inequívoca de su presencia se escucha cerca, es porque se encuentra lejos y viceversa.
Como decía, los dos comerciantes aterrorizados hicieron correr como nunca a sus asnos con la esperanza de hallar seguridad y abrigo en alguna casa de Huanchaco. Ahora el silbo se escuchaba lejos y se observaba un bulto negro que avanzaba paralelo a ellos.
De pronto, el comerciante de sombreros fue quedándose rezagado y entraba en un sopor profundo. El otro vio desesperado como caía su amigo del jumento y el bulto se le acercaba.
Aterrorizado el comerciante de vestidos, hizo correr aún más a su burrito, llegando al alba a Huanchaco, más muerto que vivo. Los pobladores le llevaron a una casa donde lo bañaron y cambiaron de ropas, pues estas
despedían un olor nauseabundo. Luego lo trataron de reanimar, lo que consiguieron horas después.
Entonces, el comerciante narró con lujo de detalles lo que había acontecido.
Estos movieron la cabeza y se encaminaron para averiguar qué era lo que le había ocurrido al segundo comerciante, aunque ya adivinaban la triste suerte que este había encontrado.
Encontraron su cadáver todo rasguñado y con abundante espuma de color verdusco en la boca. El asno se hallaba más adelante, aún atemorizado y por todo el camino se hallaban esparcidos los sombreros que el extinto traía a negociar.
Cuentan que el otro comerciante no pudo resistir la impresión de lo vivido, envejeciendo rápidamente y viviendo loco por el resto de sus días.

LA GRINGA DE MOCOLLOPE: ALMA VIAJERA DE LA NOCHE.

 

Cierta noche, un trabajador debía conducir desde el distrito azucarero de Casa Grande hasta Mocollope, pueblo ancestral Mochica con restos arqueológicos, aún poblado. El trayecto era de veinte minutos.
Mientras recorría la ruta, divisó a una joven solitaria que le hacía señas para que la recogiera.
La muchacha era singular, porque tenía el cabello rubio, ojos claros y piel muy blanca; vestía de forma sencilla, elegante y llevaba una casaca doblada sobre el brazo. Ninguna otra chica de la zona se le parecía.
Pensó inmediatamente, que podría ser algún familiar o visita de los alemanes dueños de la fábrica Casa Grande.
El conductor detuvo el camión y la invitó a subir. Durante el trayecto conversaron amenamente: él le preguntó su nombre, su edad y a qué se dedicaba. El diálogo era fluido y ameno mientras la luna llena, iluminaba todo el entorno con inmensos cañaverales.
El trabajador, quedó cautivado por la belleza de la joven y su forma de ser, ello lo impulso internamente a pretenderla con piropos y palabras elegantes. Tenía la esperanza de conocerla mejor y ser alguien más en su vida.
Sin embargo, en medio de la charla, la joven rubia le pidió que la dejara exactamente en el lugar donde se ubicaban. El conductor se sorprendió, pues era un paraje desolado, carente de viviendas.
—¿Estás segura de que quiere bajar aquí?
— ¿Deseas que te acompañe por seguridad? —preguntó él con extrañeza.
Ella insistió en que no se preocupara. 
Entonces, el trabajador frenó contrariado; luego, la joven agradeció, se despidió y descendió en el lugar indicado. No obstante, apenas reanudó la marcha, notó que ella había olvidado su casaca en el asiento. Se detuvo nuevamente y bajó del vehículo para entregársela; pero para su sorpresa, la joven rubia ya no estaba por ningún lado. No entendió nada.
Caminó unos pasos en la dirección que ella supuestamente había tomado, llamándola por su nombre, hasta que tropezó con una tumba. Al observar la lápida, descubrió con horror que allí figuraba el nombre de la joven.
En ese instante, el hombre arrojó la prenda a la lápida, corrió hacia el camión y huyó de regreso a Casa Grande. Allí, con incredulidad y sobresalto, relató lo vivido a sus amigos que sentenciaron: «Has visto a la gringa de Mocollope».
Unos dicen que es la hija de un alemán con una bella dama de Mocollope, que murió en un accidente ferroviario por algún lugar de la ruta en que aparece, durante la época de los Gildemeister, dueños de la fábrica de Casa Grande.
Se dice también que, si alguien la recoge, ella siempre olvida un objeto adrede; si el conductor lo conserva, está condenado a morir.
Finalmente, otros afirman que suele seducir a quien la ayuda, para luego transformarse en un cadáver putrefacto o en un esqueleto. El horror, hace que el conductor pierda el control y se estrellen en la alameda de ficus que abundan en la zona, lo que explicaría los numerosos accidentes repentinos, ocurridos en ese paraje de tránsito y muerte.

martes, 12 de mayo de 2026

EL SÓTANO DEL DIABLO.

 

EL SÓTANO DEL DIABLO:

 EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.

CUENTO DE CARTAVIO.


Hubo un tiempo en que Cartavio no era más que una hacienda próspera, rodeada de cañaverales interminables y envuelta en el dulce olor del azúcar hirviendo. De día, la fábrica rugía como una bestia satisfecha; de noche, a humo, hierro caliente… y algo más difícil de nombrar.
La prosperidad parecía bendecir al ingenio azucarero. Las chimeneas no descansaban y el oro dulce viajaba a todo el interior del país. Pero toda bonanza, dicen, tiene un precio. Y alguien vino a cobrarlo.
No tenía sello. No tenía remitente visible. Solo un sobre húmedo, oscuro… como si hubiera sido empapado en sangre fresca. Al abrirlo el hacendado y dueño, un hedor metálico invadió la oficina.
El mensaje escrito con sangre no pedía. Ordenaba.
Construir un sótano bajo una de las chimeneas principales. Y luego, llevar allí como fidelidad a un operario: inconsciente, desnudo… vivo. Si no obedecía, la fábrica caería en desgracia.
La firma era peor que el contenido. Decía: PEDRO BOTERO.
Todos conocían ese nombre, porque los clérigos decían que era el encargado de alimentar con fuego a las calderas del infierno.
El hacendado sintió un frío subirle por todo el cuerpo. Pero el orgullo pudo más que el miedo. Mandó construir el sótano; por si acaso, e ignoró la segunda orden. Se convenció de que era una broma grotesca.
Fue entonces cuando comenzaron las fallas.
Primero, pequeñas. Una válvula rota. Un engranaje detenido. Luego, incendios repentinos, calderas que reventaban sin causa, máquinas que se negaban a funcionar como si tuvieran voluntad propia.
Los obreros empezaron a murmurar. Algunos juraban ver sombras moviéndose dentro del vapor. Otros decían escuchar golpes… desde debajo del suelo.
La producción cayó. La ruina se acercaba.
Y entonces llegó la segunda carta.
Esta vez, el hacendado no dudó.
Esa misma noche organizó una cuadrilla de hombres de confianza. No hicieron preguntas. No era necesario. En aquellas tierras, la vida de un operario valía menos que una herramienta. Salieron en silencio, como cazadores y eligieron al más cercano.
El golpe fue seco. El sonido del fierro contra el cráneo resonó como un martillazo en una tumba. El operario cayó sin siquiera entender su destino.
Lo arrastraron.
El sótano aún olía a tierra seca y carbón. Lo desnudaron, dejaron sobre el piso caliente y esperaron.
Y el infierno respondió.
Primero vino el olor. Azufre. Intenso. Asfixiante.
Luego, la neblina. Y finalmente… la luz.
Una luz roja, opaca, como si naciera del interior de la tierra misma.
Nadie vio claramente lo que apareció. Nadie se atrevió a mirar directamente. Pero, todos sintieron lo mismo: una presencia antigua… hambrienta.
El cuerpo del operario se elevó apenas del suelo… y desapareció.
No hubo grito, no hubo rastro, solo silencio.
Al día siguiente, dijeron que había sido un accidente. Nadie preguntó demasiado. Nadie quería saber.
Y la fábrica… volvió a prosperar. Pero el precio ya estaba fijado.
Cada cierto tiempo, llegaba una nueva carta. Y cada vez, la cuadrilla del terror cumplía sin vacilar. Golpes en la noche a un operario. Cuerpos arrastrados. Mentiras repetidas a la familia:
“Hubo un accidente”, “fue enterrado”, “Cubrieron los gastos”.
Con los años, los hombres de la cuadrilla se convirtieron en devotos del diablo.
En el sótano comenzaron a realizar cánticos. Lenguas que no entendían. Rituales que no recordaban haber aprendido. Sus ojos brillaban con una fe enferma.
Y cada vez que el diablo venía… algo de ellos se quedaba con él.
Hasta que una noche, algo salió mal. El elegido por el diablo era un peón fuerte, casi salvaje. Resistió el golpe más de lo esperado. Su respiración seguía viva… luchando.
Lo llevaron igual al sótano.
El ritual comenzó y lo ofrecieron.
El aire volvió a pudrirse. La neblina llegó. La luz roja palpitó como un corazón infernal.
Los hombres ya no eran hombres. Sus ojos estaban desorbitados. Sus voces eran otras.
Entonces apareció.
Más claro que nunca.
Una figura imposible. Deforme. Con ojos como brasas encendidas y extremidades que no parecían pertenecer a ningún cuerpo humano.
Tomó al operario por los pies.
Y comenzó a arrastrarlo.
Pero esta vez…
la víctima despertó.
Sintió el arrastre. El calor. El olor.
Y vio… lo que nadie debía ver.
Gritó.
Se aferró al suelo. Sus uñas se rompieron contra la piedra. Sus músculos temblaban.
Entonces, a ciegas, su mano tocó una palana.
La levantó.
Y golpeó.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Un chillido desgarró el aire, un sonido que no era de este mundo.
Las garras que lo sujetaban se aflojaron.
La figura retrocedió… y se desvaneció en la neblina.
El peón se levantó, temblando, con la palana aún en las manos. La luz roja seguía ahí. El olor también.
Y entonces los vio.
Uno por uno, los miembros de la cuadrilla comenzaron a convulsionar. Sus cuerpos se arqueaban de forma imposible. Sus bocas se abrían demasiado… como si algo dentro quisiera salir.
O entrar.
Sombras se desprendían de ellos.
Almas arrancadas como carne.
Arrastradas hacia la oscuridad. Sus cuerpos cayeron al suelo, vacíos.
Muertos.
En segundos, todo terminó.
Silencio.
El operario escapó como pudo.
Cuando regresó con ayuda, el sótano aún estaba caliente… pero en silencio.
Entonces, los cuerpos de la cuadrilla asesina fueron arrojados a los hornos de las chimeneas para resguardar sus vidas de próximos ataques. Los odiaban y nadie quiso enterrarlos.
El sótano fue bendecido con agua bendita, ruda y oraciones temblorosas. Cubrieron las paredes con imágenes de la Virgen. Sellaron la entrada con piedra, sal y cemento.
Dicen que desde entonces no volvió a haber cartas.
No volvió a haber pedidos.
Pero algunos obreros juran que, en las noches más calientes…
cuando el viento no sopla…
y las chimeneas parecen susurrar…
se puede oír algo debajo.
Algo que raspa.
Algo que espera.
Pacientemente.
A que alguien… vuelva a abrir.
El sótano.
 

EL SAUCE LLORÓN Y LA LLORONA.

 EL SAUCE LLORÓN Y LA LLORONA.
(CUENTO DE CHIQUITOY)


En la entrada del poblado de Chiquitoy, rodeado de caña de azúcar desde principios de la conquista española; había un pozo en la década de los 50, del que se extraía agua con una bomba, que discurría por un canal que iba en medio de las calles Arequipa, Lima y al pie la Calle Libertad. A 50 metros de distancia estaba la acequia La Barranca abastecida por puquiales de agua desde siempre. En ambos lados, tenía hileras de sauces que con el viento producían ruidos lastimeros.
En esa acequia se erguía un sauce ancestral, que no era un árbol cualquiera. Sus ramas caían con una pesadez melancólica, rozando la superficie en la acequia profunda que alimentaba los campos de caña de azúcar y maíz. Los lugareños, sentían mucho respeto por aquellos sauces y nadie se atrevía a pasar cerca de ellos una vez que el sol se ocultaba por el mar.
Se decía que ese sauce, no solo bebía agua de la tierra, sino también las almas de las personas perversas que vagaban por la noche para fortalecer su madera robusta.
Y lo decían, porque el esbelto sauce era el que más se lamentaba con el paso del aire entre sus ramas, otros juraban que no era el aire sino el alma del sauce llorón el que sollozaba.
Después de un tiempo, se enterarían que causaba semejante lamento.
A medida que las sombras se alargan y el reloj marca las diez de la noche, el sauce parece absorber la poca luz que queda, como un agujero negro en medio del campo. Sus hojas, largas y afiladas como navajas de esmeralda, dejan de mecerse con el viento y comienzan a vibrar con un pulso propio, rítmico y viscoso. El aire alrededor del árbol se vuelve denso, cargado de un olor a fermento, a flores marchitas y a carne de peces.
Cuando el reloj marca finalmente las 11:00 pm, ocurre la transmutación. No hay un estallido, ni un trueno. Es un proceso fluido, casi orgánico, natural. La corteza grisácea del tronco empieza a reblandecerse, deshaciéndose en tiras de piel muerta que se transforman en una tela nívea y raída que ondea sin necesidad de brisa. Las ramas que antes buscaban el suelo se elevan con un crujido de huesos fracturados y se entrelazan, formando el contorno de una figura humana. Las raíces se desprenden del fango con un sonido similar al de un suspiro ahogado por la sangre, y de la densa copa del árbol emerge un rostro hermoso con belleza lunar, ojos llorosos y violenta tristeza. En el lugar donde estaba el sauce llorón, ahora se yergue La Llorona, bella joven encantada por los espejismos del puquio que enamorado de ella la ahogaría mientras se lavaba el rostro para siempre tenerla.
Con un paso que no toca el suelo, sino que flota sobre una bruma de escarcha, ella comienza su errancia maldita. Su destino son los canales, las acequias y los puquios.
En las acequias: Se desliza como una mancha blanca. Si un campesino la mira, no verá una mujer, sino un vacío que devora la cordura. El agua a su paso se vuelve negra, cargada de la hiel de sus recuerdos.
En el puquio: Aquí su dolor se vuelve carnicero. Se arrodilla y sumerge sus dedos, buscando en el fondo los huesos que el puquio retiene desde su muerte y llora con desesperanza. Las burbujas que suben del manantial parecen gritos ahogados de quienes cayeron en sus aguas.
Cerca de la 13:00 am, llega a las calles Libertad, Arequipa y Lima en ronda con llantos dolorosos buscando a niños que no pudo tener para llevárselos. Su vestido, hecho de la esencia de las hojas blancas, arrastra una pesadez que hace crujir las vigas.
A esa hora, ya todas las personas dormían bien encerrados en sus casas cuidando a sus hijos, otros adultos escuchaban sus llantos tristes desde sus cuartos.
Se cuenta que un día, un arriero la vio de espaldas y, al intentar ayudarla, ella reveló su verdadero ser: una cara blanca con ojos llorosos y cuyas lágrimas caían al agua del canal. El hombre quedó mudo, con el alma seca, pues ella no solo asusta, ella consume la energía de los vivos para alimentar al árbol que será al amanecer.
A las 3:45 AM, la urgencia de la tumba invade al espectro. Ella no pertenece al sol. Abandona las calles y regresa al recodo de la acequia, arrastrando sus pies cubiertos de barro y restos humanos. A las 4:00 AM, el proceso se invierte con una violencia silenciosa. Sus pies se hunden en la tierra como estacas; su vestido se endurece en una corteza rugosa que atrapa los lamentos en su interior; sus brazos caen pesadamente, bifurcándose en ramitas que vuelven a buscar el agua de la acequia para limpiar la sangre de la noche.
El pueblo estaba horrorizado por las noches de llantos en las noches de luna llena. Entonces acudieron a Julián, un anciano de 70 años que conocía el lenguaje de las almas y las sombras, quien decidió ayudar para que el horror y la pena cese. Entonces, en una noche de luna llena se dirigió a la acequia donde estaba el sauce llorón. A las 11:00 pm, mientras la transmutación desollaba el aire, Julián no huyó. Sabía que debía verla primero para que la Llorona no huya, sino lo hacía, convulsionaría de terror votando espuma por la boca como un epiléptico. Entonces, fue el primero en verla emerger, más alta y bella que nunca.
 No lloró por primera vez, Julián rezaba encomendando el alma de la Llorona a Dios, después le entregó semillas de huayruro que representan el equilibrio entre el bien y el mal; también le entregó un espejo en el puquio sagrado.
—Mírate —le ordenó— Fuiste hecha para sanar, no para castigarte.
Al verse en el espejo, el espectro recordó su origen. El vestido blanco se tiñó de un verde fúnebre pero vivo. Cuando el árbol se reformó a las 4:00 am al pie del puquio, Julián enterró el espejo entre las raíces y las semillas de huayruro que le quedaban. El sauce vibró, un rugido que sacudió los cimientos del pueblo. El horror no desapareció, pero cambió de forma. Ahora, el sauce ya no caza; vigila. La Llorona ya no grita de odio, sino que entona una canción de cuna que mantiene a los niños alejados de las acequias profundas, protegiéndolos de la misma oscuridad del puquio que a ella la devoró.

ESCRITO: Ing. Víctor Cipirán Barros.

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

 

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

(CUENTO DE SANTIAGO DE CAO)



Vivía en nuestro ínclito distrito de Santiago de Cao una buena mujer; que de buena solo tenía el bautismo, pues padecía de esa enfermedad del espíritu que en romance paladino llamamos chismografía. Doña Engracia de 60 años, que así la nombraremos por no herir susceptibilidades de descendientes, tenía el vicio de madrugar más que el sol, no por devoción al rosario, sino por el afán de escudriñar las vidas ajenas tras las cortinas de su ventana, tanto que no había puerta que se cerrara ni susurro que escapara a su oído alerta.
Así pues, una noche; negra como boca de lobo y silenciosa como cementerio, levantóse la mujer, como de costumbre, y se acercó a su ventana para curiosear lo que la calle tuviera a bien mostrarle.
Mas ¡cuál no sería su sorpresa al advertir que por la calle avanzaba una procesión!
No era de esas procesiones alegres que acompañan a los santos en sus fiestas, con banda de músicos y olor a incienso.
No, señor. Aquella era lenta, grave y silenciosa; apenas si el aire parecía moverse con el paso de los acompañantes. Las luces de las velas titilaban como luciérnagas tristes en medio de la noche.
—Algún difunto llevan; murmuró la mujer, frotándose las manos con ese entusiasmo que sólo despiertan las noticias frescas.
Y, fiel a su naturaleza, decidió quedarse mirando para averiguar quién había pasado a mejor vida, con la secreta satisfacción de contarlo al día siguiente a medio vecindario.
Cuando la procesión llegó frente a su casa, uno de los acompañantes; de rostro pálido como cera derretida, alzó la vista hacia la ventana.
¡Hermana! le dijo con voz hueca, acompáñanos al cementerio a enterrar a este señor que acaba de morir.
La mujer, más curiosa que prudente, no supo qué responder. El extraño entonces le alcanzó una vela encendida.
¡Guarda esta luz! añadió. Mañana vendremos por ella. Has de estar lista para acompañarnos al entierro. Volveremos a la misma hora.
Y sin esperar respuesta, la procesión continuó su marcha, perdiéndose lentamente entre las sombras de la calle.
La mujer cerró la ventana, guardó la vela y se fue a dormir, aunque no con sueño tranquilo, pues el corazón le latía como tambor de fiesta.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya calentaba el techo, recordó el extraño suceso. Fue entonces a buscar la vela que le habían entregado la noche anterior.
Pero apenas la tuvo entre sus manos, un escalofrío le recorrió la espalda.
Aquello no era una vela.
Era, ni más ni menos, la canilla de un muerto.
A la infeliz se le heló la sangre y, con las piernas trémulas, corrió a la iglesia para confesarse con el cura del pueblo, un viejo zorro de sacristía que conocía más de almas que de latines. El clérigo, tras escuchar el relato entre hipos y llantos, sentenció con severidad:
—Hija mía, has puesto el ojo donde solo Dios debe mirar. Esa procesión no busca vivos, sino pecadores para su bando.
Si quieres salvar el pellejo, busca a un infante, a un ángel de pecho que ignore la maldad, y hazlo llorar cuando los espectros reclamen su prenda.
Llegada la medianoche, el aire se puso denso como el incienso de difuntos. Los muertos regresaron, reclamando a la "hermana" y su vela. Pero doña Engracia, siguiendo el consejo del párroco, pellizcó con fuerza el brazo de un niño que tenía en brazos. El pequeño soltó un alarido tan puro y desgarrador que las sombras vacilaron.
Y cuentan que apenas lo oyeron, los miembros de la procesión se detuvieron un instante… y luego desaparecieron como humo llevado por el viento.
Cuando Engracia fue a confesarse nuevamente con el sacerdote le explicaría que la inocencia de un niño tiene fuerza suficiente para ahuyentar a los espíritus errantes, y que, de no haber sido por aquel llanto providencial, los misteriosos acompañantes se habrían llevado a la mujer para siempre.
Desde aquella noche, la mujer aprendió la lección. Curóse de su curiosidad malsana y de su lengua desatada, y dicen los vecinos que nunca más volvió a asomarse a la ventana para husmear desgracias ajenas.
Porque hay secretos que la noche guarda… y que sólo los muertos tienen derecho a contar.