EL
SÓTANO DEL DIABLO:
EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.
CUENTO DE CARTAVIO.
Llevando el arte al movimiento con la creación de gif animados. Historia local, arte y cultura.
EL
SÓTANO DEL DIABLO:
EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.
CUENTO DE CARTAVIO.
En la entrada del poblado de Chiquitoy, rodeado de caña de azúcar desde principios de la conquista española; había un pozo en la década de los 50, del que se extraía agua con una bomba, que discurría por un canal que iba en medio de las calles Arequipa, Lima y al pie la Calle Libertad. A 50 metros de distancia estaba la acequia La Barranca abastecida por puquiales de agua desde siempre. En ambos lados, tenía hileras de sauces que con el viento producían ruidos lastimeros.
En esa acequia se erguía un sauce ancestral, que no era un árbol cualquiera. Sus ramas caían con una pesadez melancólica, rozando la superficie en la acequia profunda que alimentaba los campos de caña de azúcar y maíz. Los lugareños, sentían mucho respeto por aquellos sauces y nadie se atrevía a pasar cerca de ellos una vez que el sol se ocultaba por el mar.
Y lo decían, porque el esbelto sauce era el que más se lamentaba con el paso del aire entre sus ramas, otros juraban que no era el aire sino el alma del sauce llorón el que sollozaba.
Después de un tiempo, se enterarían que causaba semejante lamento.
A medida que las sombras se alargan y el reloj marca las diez de la noche, el sauce parece absorber la poca luz que queda, como un agujero negro en medio del campo. Sus hojas, largas y afiladas como navajas de esmeralda, dejan de mecerse con el viento y comienzan a vibrar con un pulso propio, rítmico y viscoso. El aire alrededor del árbol se vuelve denso, cargado de un olor a fermento, a flores marchitas y a carne de peces.
Cuando el reloj marca finalmente las 11:00 pm, ocurre la transmutación. No hay un estallido, ni un trueno. Es un proceso fluido, casi orgánico, natural. La corteza grisácea del tronco empieza a reblandecerse, deshaciéndose en tiras de piel muerta que se transforman en una tela nívea y raída que ondea sin necesidad de brisa. Las ramas que antes buscaban el suelo se elevan con un crujido de huesos fracturados y se entrelazan, formando el contorno de una figura humana. Las raíces se desprenden del fango con un sonido similar al de un suspiro ahogado por la sangre, y de la densa copa del árbol emerge un rostro hermoso con belleza lunar, ojos llorosos y violenta tristeza. En el lugar donde estaba el sauce llorón, ahora se yergue La Llorona, bella joven encantada por los espejismos del puquio que enamorado de ella la ahogaría mientras se lavaba el rostro para siempre tenerla.
Con un paso que no toca el suelo, sino que flota sobre una bruma de escarcha, ella comienza su errancia maldita. Su destino son los canales, las acequias y los puquios.
En las acequias: Se desliza como una mancha blanca. Si un campesino la mira, no verá una mujer, sino un vacío que devora la cordura. El agua a su paso se vuelve negra, cargada de la hiel de sus recuerdos.
En el puquio: Aquí su dolor se vuelve carnicero. Se arrodilla y sumerge sus dedos, buscando en el fondo los huesos que el puquio retiene desde su muerte y llora con desesperanza. Las burbujas que suben del manantial parecen gritos ahogados de quienes cayeron en sus aguas.
Cerca de la 13:00 am, llega a las calles Libertad, Arequipa y Lima en ronda con llantos dolorosos buscando a niños que no pudo tener para llevárselos. Su vestido, hecho de la esencia de las hojas blancas, arrastra una pesadez que hace crujir las vigas.
A esa hora, ya todas las personas dormían bien encerrados en sus casas cuidando a sus hijos, otros adultos escuchaban sus llantos tristes desde sus cuartos.
Se cuenta que un día, un arriero la vio de espaldas y, al intentar ayudarla, ella reveló su verdadero ser: una cara blanca con ojos llorosos y cuyas lágrimas caían al agua del canal. El hombre quedó mudo, con el alma seca, pues ella no solo asusta, ella consume la energía de los vivos para alimentar al árbol que será al amanecer.
A las 3:45 AM, la urgencia de la tumba invade al espectro. Ella no pertenece al sol. Abandona las calles y regresa al recodo de la acequia, arrastrando sus pies cubiertos de barro y restos humanos. A las 4:00 AM, el proceso se invierte con una violencia silenciosa. Sus pies se hunden en la tierra como estacas; su vestido se endurece en una corteza rugosa que atrapa los lamentos en su interior; sus brazos caen pesadamente, bifurcándose en ramitas que vuelven a buscar el agua de la acequia para limpiar la sangre de la noche.
El pueblo estaba horrorizado por las noches de llantos en las noches de luna llena. Entonces acudieron a Julián, un anciano de 70 años que conocía el lenguaje de las almas y las sombras, quien decidió ayudar para que el horror y la pena cese. Entonces, en una noche de luna llena se dirigió a la acequia donde estaba el sauce llorón. A las 11:00 pm, mientras la transmutación desollaba el aire, Julián no huyó. Sabía que debía verla primero para que la Llorona no huya, sino lo hacía, convulsionaría de terror votando espuma por la boca como un epiléptico. Entonces, fue el primero en verla emerger, más alta y bella que nunca.
No lloró por primera vez, Julián rezaba encomendando el alma de la Llorona a Dios, después le entregó semillas de huayruro que representan el equilibrio entre el bien y el mal; también le entregó un espejo en el puquio sagrado.
—Mírate —le ordenó— Fuiste hecha para sanar, no para castigarte.
Al verse en el espejo, el espectro recordó su origen. El vestido blanco se tiñó de un verde fúnebre pero vivo. Cuando el árbol se reformó a las 4:00 am al pie del puquio, Julián enterró el espejo entre las raíces y las semillas de huayruro que le quedaban. El sauce vibró, un rugido que sacudió los cimientos del pueblo. El horror no desapareció, pero cambió de forma. Ahora, el sauce ya no caza; vigila. La Llorona ya no grita de odio, sino que entona una canción de cuna que mantiene a los niños alejados de las acequias profundas, protegiéndolos de la misma oscuridad del puquio que a ella la devoró.
LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR
ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA
(CUENTO DE SANTIAGO DE CAO)
La historia del nacimiento y la era dorada de Cartavio hasta la muerte de William Russell Grace, el empresario visionario que la transformó cuando inicia su traslado desde Cartavio Viejo al Actual Cartavio para la construcción de un ingenio azucarero. Inicios, como se logra, factores que influyeron.
La
cultura Mochica, también conocida como Moche, floreció en la costa norte del
Perú entre los años 100 y 800 d.C. Fue una de las civilizaciones más poderosas
del antiguo Perú preincaico, destacando por su avanzada ingeniería, cerámica
realista y, sobre todo, por su formidable poder militar.
Los
guerreros Mochicas eran temidos por su disciplina y brutalidad en combate.
Utilizaban armas como macanas, lanzas y escudos, y sus guerras no solo buscaban
territorio, sino también capturar prisioneros para rituales religiosos. Estas
escenas quedaron inmortalizadas en su cerámica y murales, mostrando el profundo
vínculo entre guerra, poder y religión.
Gracias
a su organización militar y control de los valles costeros, los mochica
dominaron amplias regiones durante siglos, dejando una huella imborrable en la
historia del Perú antiguo.
La vasta campiña de Chiquitoy e Iparraguirre, en el sector Túpac Amaru del poblado de Chiquitoy, no es solo tierra de cultivo eterno. Es un lugar donde el barro guarda memoria de pisadas antiguas, donde los primeros asentamientos se hundieron en tierra fértil y silencio. Allí, en tiempos antiguos con los primeros asentamientos dispersos, se haría popular el relato de la bruja convertida en chancha y sus chanchitos.
La campiña, tenía casas de adobe con techos de quincha o chozas de caña brava sostenidas por horcones de algarrobo y techos con totorales.
En la parte baja, discurre la acequia La Barranca, murmurando sin descanso el sentir de la vida. Arriba, las sangrías de agua serpentean, dando vida a la tierra fértil… o quitándosela, según quién la pise.
Los ancianos de la zona no hablaban de Faustina como de una mujer. Decían que era una bruja matrera con poderes sobrenaturales porque había devorado sus propias etapas:
Fue bruja doncella,
bruja madre
y ahora era bruja anciana.
Con cada etapa acumulada, sus poderes se volvían inalcanzables. Podía transformarse en cualquier bestia, pero la forma que más la reclamaba era la de chancha: una cerda enorme, negra, de gruñidos que resonaban por toda la campiña como truenos lejanos y malvados. Además, decían que podía volar para ver a sus presas.
En las afueras de su choza humilde, criaba siete chanchitos negros de una docilidad perturbadora; los alimentaba siempre con una ternura que helaba la sangre. Complementan siete gallinas negras que picoteaban en círculos rituales y eternos.
Dentro de la casa le acompañaba un gato negro que parecía tinta derramada sobre las tinieblas e inspiraba miedo porque no parpadeaba.
Sobre la mesa estaba su guardián y protector: una calavera para que cuide y espante a los intrusos con sus cuencas vacías que parecían seguir a los intrusos.
Un jueves por la mañana, Faustina vio al gato acicalarse la cara con movimientos frenéticos. Interpretó de inmediato: visita para un amarre o daño.
Por la tarde, dos personas de la campiña la buscaron. Ella estaba en el interior de su vivienda rodeada de materiales hechiceros como: botellas con grasa de culebra, sangre de carnero, sesos resecos de chucheque, enjundias de batracios, cuentas mágicas en rosarios, zumo de cebollas fermentadas, pedazos de San Pedro, mullos rojos, huacos antiguos y espadas oxidadas. En una alacena: cabellos rubios de duende envueltos en imanes, colas de lagartija, plumas de shingo, telarañas de viuda negra. Cerca de ella una olla de barro con la que preparaba una sopa de serpientes. Al rato, tenía en la mano una muñeca de tela que claveteaba con alfileres; entre otras pócimas y menjunjes que hacían de la malera bruja digna de la herejía. El aire olía a podredumbre dulce y azufre.
Tocaron y Faustina con voz de terror le dijo: ¡los invito a pasar!
Los visitantes entraron temblando. No era miedo al rechazo: era terror de reconocimiento, de verse reflejados en lo que pedían. Cuando hablaron, dijeron que necesitan de sus artes para encomendarle un trabajo.
Faustina los miró con ojos hundidos.
—¿Qué desean? Atraer a una mujer… sembrar odio y envidia… impedir prole… causar enfermedades… matar… quitar el juicio… o aridecer la tierra.
Con voz quebrada por la envidia, pidieron lo último: arruinar los campos del vecino con quien tenían enriedos y disputaban linderos. Querían plagas, esterilidad total, que la cosecha a punto de madurar se pudriera para que el agricultor abandonara su chacra y que su familia pasara hambre.
Faustina aceptó porque ya tenía el remedio. Los campesinos se marcharon asustados.
En el camino ambos se santiguaron, pero el hedor invisible de la bruja ya se les había pegado a la piel. El perdón no alcanza a quien siembra ruina ajena.
Un viernes de luna llena, la vela sobre la calavera chisporroteó y soltó humo negro. Faustina miró a la calavera y preguntó: “¿Envidia o chisme?”. La respuesta fue un gruñido del gato negro desde el suelo. Se hizo entonces una sobada con piedras de huaca para contrarrestar el chisme.
Un martes 13 a la media noche, salió por el daño. La bruja Faustina se transformó en chancha con cuerpo rechoncho, piel negra, áspera y ojos fulgurantes como brasas. Los siete chanchitos hicieron lo mismo, ya no eran dóciles sino feroces, colmilludos y con ojos rojos que la seguían. Ella, lideraba ferozmente a la piara de chanchos por chacras y caminos, gruñendo fuertemente.
Ya las casas dispersas, habían cerrado temprano ante el temor extendido de que no solo arruinaban cosechas, también buscaban niños para beber de su sangre y comer su corazón, porque eso rejuvenecía a la bruja.
Los pobladores como protección, colgaban detrás de los umbrales pencas de sábila y la planta mortal de las brujas: el chamico colocado en la entrada de las puertas que las enloquece y mata.
En otra parte de la campiña al ocaso, caminaba el agricultor Saturnino de 60 años con su fiel perro. Hacía semanas que había perdido todos sus sembríos a punto de cosecha y ahora su chacra era árida. Culpó a la bruja.
Desde entonces, con rencor, odio y hambre, hacía guardia en cada noche por las chacras de sus amigos esperando encontrar a la bruja para consumar su venganza. Lo intentó sin éxito mucho tiempo.
A las tres de la mañana de esa noche, cansado de la vigilia regresaba con su perro inseparable, a la vera de la acequia La Barranca, rodeado de sauces llorones.
De pronto, el perro se inquietó y aulló. Alguien va a morir sentenció el anciano. Continuaron hasta que oyó gruñidos. El odio brotó como sangre. Era el momento esperado.
Al pie de la acequia La Barranca, la chancha se revolcaba en el lodo como marcando su territorio. Luego, se echó de lado para amamantar a los chanchitos con un ritmo deforme.
Saturnino, llevaba un machete al cinto y ramilletes de chamico en ambas manos. Vio la escena. Lentamente se acercó a ver. Era el momento de herirla porque sabía que la chancha era vulnerable si interrumpía el rito.
Corrió hacia la chancha, ella se levantó rápidamente y embistió al campesino, pero él la esquivó golpeándola con las espinas del chamico. La bestia chilló, un grito que sonaba a mujer. Las espinas se clavaron, extrayendo sangre negra. El perro, se lanzó contra los siete chanchitos en una pelea feroz de colmillos y gruñidos.
La chancha retrocedió, herida. Saturnino la seguía golpeando sin parar hasta que los chanchitos se interpusieron, pero él los dispersó con golpes de la planta mortal. La bruja, en el fango, intentaba huir.
De pronto, apareció un viento imposible que azotó los sauces. Uno de los más antiguos, con raíces carcomidas por el agua; o por el peso de pecados, crujió y se desplomó. El tronco cayó sobre el lomo de la chancha, hundiéndola en el barro.
Saturnino, se acercó exhausto. Había encontrado justicia.
Bajo la luna enferma, vio la transformación inversa: el cuerpo de cerda se encogió, el pelo se volvió harapos negros, las pezuñas se alargaron en dedos humanos retorcidos.
Allí yacía Faustina, aplastada, con espinas de chamico clavadas por todo el cuerpo. Sus ojos aún brillaban rojos un instante antes de apagarse.
Los siete chanchitos huyeron, fundiéndose con las sombras de los maizales.
Saturnino huyó con su perro, temiendo ser acusado de asesinato. En casa empezó a rodear su cama con círculos de sal y ceniza de chamico. Pensaba que los pequeños marranos iban a ir a buscarlo.
Al día siguiente, encontraron a la anciana bajo el sauce. “Se ahogó en el barro”, “Un accidente”, dijeron.
Desde entonces, en noches de luna llena, cuando el viento sopla fuerte por La Barranca, algunos juran oír gruñidos, risas y voces extrañas que llaman con acentos de otro mundo. Y juran que en el barro húmedo de las orillas de La Barranca aparecen siete pares de huellas pequeñas… que no llevan a ninguna parte. Esperan. Pacientes. Sabiendo que la envidia nunca muere del todo.
Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.
Cuento tradicional: Santiago de Cao - Chiquitoy
En la década de los treinta, bajo
el sol implacable del valle Chicama, se erguía un coloso de adobe ancestral cerca
de Santiago de Cao y Chiquitoy conocido como Tres Huacas, silencioso e
imponente reinaba como centinela de un imperio que se negaba a morir sobre los
vastos campos de caña de azúcar de la Hacienda Chiquitoy.
Todos los naturales y mestizos de
la zona sabían que Tres Huacas era única en el valle de Chicama, porque tenía
tres entidades jerárquicas:
Huaca de la Nobleza, elevándose
como un trono divino;
Huaca de los Caciques, corazón de
poder terrenal;
y Huaca del Pueblo, humilde
guardiana de las masas.
Bajo las moles de una de sus huacas,
quedaría sellado el destino de cien hombres chinos, en un pacto de sangre y
codicia.
Todo comenzó con un brillo
prohibido.
En la Casona Colonial de
Chiquitoy, el arrendatario Luis José de Orbegoso recibía con cordialidad al
arqueólogo Rafael Larco Hoyle. El encuentro tenía un aire casi familiar: no
hacía muchos años; el tío de Rafael, Víctor Larco Herrera había sido
arrendatario de todas aquellas tierras y el trato respetuoso con los
trabajadores que incluía a culíes chinos había dejado huella.
Orbegoso sabía bien que Larco
Hoyle vivía apasionado por las piezas del pasado, por los vestigios que
hablaban en silencio. Tras darle la bienvenida y compartir conversación, le
anunció que le tenía una sorpresa.
Dos hombres de ojos rasgados,
trabajadores chinos de piel curtida por el surco, entraron portando dos
costales de yute que parecían pesar más que el oro mismo.
De su interior extrajeron, primero, cerámicas escultóricas
y realistas de trazos finos y otras de escenas pictóricas que narraban escenas
olvidadas; luego, el aire se detuvo cuando el brillo prohibido del oro rompió
la penumbra: un pectoral Mochica finamente repujado de oro destelló como el
fuego de un sol antiguo.
Era el regalo de gratitud de los
culíes, era un gesto de lealtad que brotaba de las entrañas de la tierra por el
trato benevolente de su tío Víctor Larco hacia aquellos migrantes del Lejano
Oriente.
Rafael Larco, quedó maravillado al
ver el pectoral Mochica que capturaba la esencia de los dioses olvidados, con
incrustaciones que evocaban serpientes entrelazadas y rostros feroces de
señores del desierto.
Un silencio atónito lo envolvió,
hasta que las palabras de gratitud brotaron como un manantial tardío.
Luego, preguntó casi en un
susurro, de dónde provenían aquellas riquezas y los chinos con la franqueza de
quienes honran deudas antiguas, revelaron que provenían de una de las huacas de
Tres Huacas llamada Huaca de los Caciques, en el lado norte y que mira a
Chiquitoy.
Y añadieron algo más, con voz
baja: allí hay mucho más.
No dijeron nada más y se marcharon
como sombras que se disipan al alba.
Aquella noche, Larco Hoyle escudriñó
los huacos y la pectoral bajo la luz titilante de una lámpara, admirando la
maestría de los artesanos mochicas que habían domado el metal como si fuera un
sueño maleable. El insomnio lo acechó, alimentado por las palabras de los
chinos: "Hay más". Una codicia ancestral, teñida de anhelo
científico, se enredaba en su mente como raíces de un algarrobo en la arena.
A la mañana siguiente pidió a
Orbegoso una cuadrilla de cien hombres para desentrañar los secretos de Tres
Huacas. Orbegoso accedió, con la condición de que todos los gastos corrieran
por cuenta del arqueólogo.
Se convocó entonces a peones naturales
y mestizos de Llamipe, Santiago de Cao y Chiquitoy. Larco les explicó bajo el
cielo vasto que se trataba de una misión arqueológica, que debían excavar
profundamente en la Huaca del Cacique de Tres Huacas, durante dos semanas con
pago generoso.
Los hombres se miraron entre sí.
Conversaron en voz baja. Finalmente, se negaron.
Sabían por tradición y por sangre,
que Tres Huacas no era un montículo cualquiera.
Tenía un mundo de arriba y un
mundo de abajo.
Excavar en su interior era
ingresar al reino subterráneo, donde vivía el encanto y el guardián espiritual que
se encargaba de cuidar a la huaca y de alimentarlo con ofrendas humanas.
Profanarlo, era invitar a la ira de los ancestros.
Ante la negativa, Larco optó por
reclutar a cien chinos de Chiquitoy y Santiago de Cao, ajenos a los temores
locales o quizás impulsados por una necesidad más imperiosa, aceptaron el
desafío. Guiados por un caporal afrodescendiente, partieron en carretas hacia
el montículo sagrado, llevando consigo palanas, botes de agua y la audacia de
los que nada tienen que perder.
La
primera semana fue un preludio de arcilla. A cinco metros de profundidad, la
tierra entregó huacos y promesas.
Pero en la segunda semana, el aire dentro del
socavón se volvió espeso, la luz del día desapareció, reemplazada por el
resplandor vacilante de las lámparas.
Mientras
el caporal vigilaba desde la entrada, los cien hombres se bifurcaron en cinco
túneles como raíces de algarrobo, hurgando el corazón dorado en las entrañas de
la pirámide.
A
veces, un murmullo de agua subterránea parecía advertirles, pero el eco de la
codicia era más fuerte.
Un viernes, el
sol alcanzaba el cenit afuera mientras los cien chinos con destreza ya se
habían
adentrado más en los túneles;
cuando de pronto, una de las cuadrillas estalló en risas eufóricas cuyo eco se
propagó como un hechizo.
Habían encontrado finalmente, el
tesoro que iluminaban sus rostros almendrados y las paredes, al lado de unos
huesos humanos de yungas pulverizados, testigos mudos de guerreros olvidados.
Se detuvieron, hipnotizados por la
visión irreal, cuando de pronto la huaca vibró con una desgracia sísmica como
si lo hubieran herido en el corazón.
Los chinos, habían escuchado que
la tradición local decía que cuando una huaca tiembla es porque tiene sed,
pedía de beber; entonces, el moreno caporal desde afuera les alcanzó una
calabaza llena de chicha que los chinos rociaron en el suelo polvoriento para
aplacar la sed de la huaca y luego todos los chinos se sentaron a descansar.
Pero, el temblor retornó, más
insistente, como si despertaran a una bestia que quiere beber sus almas y no
chicha.
Repentinamente, alguien preguntó
por qué no sacaban el tesoro de inmediato. El moreno caporal respondió que las
órdenes de Larco, eran que nada debía tocarse porque pretendía descifrar cualquier
enigma.
Mas la ambición, esa sierpe
insidiosa, los impulsaría a que sigan cavando más profundo. Y eso quería la
astuta huaca, porque sabía que ya los había encantado.
Encontraron tesoros adicionales de
oro y la alegría de los cien chinos se multiplicó como estrellas en la noche yunga.
De pronto, pequeños pedazos de
adobe comenzaron a desprenderse de la galería, advertencias ignoradas en la
vorágine de la codicia.
Súbitamente, la estructura vibró y
el remezón creció en furia telúrica. El pánico se asomó en las caras de los
chinos mientras las lámparas una a una se apagaban como si fueran sopladas por
un aliento gélido, sumiéndolos en tinieblas aterradoras.
Y al intentar huir, ahora divisaban
en la entrada una silueta ominosa del guardián que se había manifestado: una
forma etérea, forjada de sombras y rencor ancestral, obstruyendo el escape.
Paralizados, sus cuerpos se
convirtieron en estatuas de terror, mientras el ente, enfurecido, golpeaba las
paredes con su porra mítica y pisoteaba el suelo con estruendo divino.
Adobes colosales cayeron como
juicios inexorables, aplastando cabezas y cuerpos en un caos de polvo y gritos
ahogados. El interior de la huaca se colmó por completo, un sepulcro improvisado,
mientras el temblor rugía como un terremoto vengador. Afuera, el caporal huyó,
testigo mudo e impotente de la ira implacable del guardián.
Al fin, el guardián de la Huaca de
los Caciques había triunfado: los cien chinos, atraídos por el fulgor profano,
yacían enterrados en sus profundidades. No solo había preservado los tesoros,
sino que había nutrido a la huaca y sus espíritus con ofrendas humanas,
perpetuando el ciclo mítico.
Aquellos cien sacrílegos chinos se
convertían en gentiles eternos, ofrendas involuntarias en el corazón de Tres
Huacas, donde el mundo de abajo devoraba a los imprudentes y el eco de los
mochicas perduraba en silencio eterno.
Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.
ALPACAS DE LA PUNA.