ChiquitoyMUNDOanimado
Llevando el arte al movimiento con la creación de gif animados. Historia local, arte y cultura.
lunes, 21 de septiembre de 2026
"LOS PATOS DE ORO DE LAGUNA DEL PATO"
lunes, 10 de agosto de 2026
CUENTO: "EL CARRETÓN DE ORO DE LA HUACA DEL BRUJO"
(DE LA HUACA DEL BRUJO)
Se cuenta que un agricultor de
Santiago de Cao tenía una chacra para el sembrío; y a la margen del terreno se
levantaba una inmensa huaca, hechura de los antiguos pobladores de lugar de
raza Mochica; pues valiosos son los restos dejados por los indígenas moradores
diseminados por los contornos del valle. La huaca permanecía como un elevado
montículo de tierra y adobes milenarios sin que el poseedor de las tierras
tuviera la curiosidad de averiguar qué contenía en sus profundidades ni advertía
ningún misterio; la gran huaca permanecía inconmovible ante la indiferencia del
dueño.
Cierto día, movido por el interés
de ver el contenido de la huaca, el agricultor se acercó a ella y empezó a
examinarla, abrió un forado y penetró muy cerca de las misteriosas habitaciones
en la profundidad del arcaico monumento; cual no sería su sorpresa que en el
interior de una inmensa habitación revestido de un material que parecía espejos
que proyectaban luces en diversas direcciones, al centro de la gran sala permanecía
una enorme carreta de oro atada a una yunta de toros también de oro con su
gañán. Al contemplar esta valiosa carreta que significaba inmensas riquezas, el
agricultor tuvo el temor de penetrar cerca del hallazgo y retornó a la
población para avisar a sus compadres y concurrir juntos a la huaca para
extraer el valioso tesoro.
La noche había caído en el valle,
las sombras habían cubierto el paraje; ayudados por linternas lograron llegar
cerca de la huaca que se destacaba en la oscuridad. Cuando estuvieron muy cerca
y divisaron el carretón de oro, sucedió un acontecimiento mágico, el gañán
despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta y emprendió veloz retirada con
dirección a la Huaca Prieta donde se internó sin dejar ninguna huella. El
recorrido de una huaca a la otra se hizo en medio de una intensa luminosidad
irradiada por el oro en contacto con el cielo estrellado, y todo el valle
permaneció unos instantes iluminados hasta que el carretón se sepultó en las
profundidades de la huaca.
En la mente de los que vieron
aquel misterioso carruaje aparecido, cuenta la tradición, empezaron a trabajar
durante la noche para buscar el preciado tesoro escondido en la huaca Prieta.
Muchas semanas y hasta meses demoraron para abrir alguna trocha y tratar de
penetrar a las entrañas del monumental resto arqueológico que aún se mantiene
intacto junto al mar.
Después de meditar ante la riqueza que se ofrecía a su vista optaron por acercarse más donde se encontraba el famoso Carretón de Oro, y cuál no sería la sorpresa de los buscadores de tesoros que se repitió el acontecimiento; el gañán despertó de su encantamiento, aguijoneó la yunta se desplazó por sobre los descubridores como visión alada alejándose con dirección al mar. Los presentes vieron que el carretón arrastrado por la yunta y dirigida por su gañán, abrió un amplio camino entre las aguas….y se perdió en la inmensidad con dirección a la isla Macabí en el océano Pacífico.
“El Carretón de Oro de la Huaca del Brujo”
ALVA LESCANO,
César Adolfo: “Mitos y leyendas de Trujillo y alrededores”. Pág.68-71. Trujillo
2005.
viernes, 26 de junio de 2026
CUENTO: DON DIMAS DE LA TIJERETA ( TRADICIONES PERUANAS: RICARDO PALMA)
DON DIMAS DE LA
TIJERETA (TRADICIONES PERUANAS)
(Cuento
de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)
I
Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de
los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano
de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador
y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha
que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni
el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma.
Además, que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su
oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que
los defienda.
II
Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se
enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras,
una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de
los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso
conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos, pero
la niña nada de nada con él.
Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula,
a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había
adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes
sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo
escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.
III
Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, cansado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas
o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de
aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus
cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:
—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a
cambio del amor de esa muchacha!
Satanás, que
desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla
y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su
secretario.
—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un
contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama
almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de
la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le
entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:
“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al
rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de
tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las
partes.
Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada
menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había
encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla, pasaron los tres años y
Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para
cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a
desvestirse, pero Lilit le dijo
—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo
puedo llevar.
—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don
Dimas.
—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un
minuto para que se cumplan los tres años.
El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al
demonio y le dijo:
—Deuda pagada y venga mi documento.
—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego
de haberse reído mucho.
—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que
estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.
—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando
esté delante de mí amo.
Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al
escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas
eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no
perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente.
Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió
concederle un juicio al escribano.
En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el
Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se
regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se
cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero,
destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado
para encerrarse a un convento.
Satanás, para
no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los
escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una
pulmonía de padre y señor mío.
V
No sé bien si
don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno
le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas
Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.
Refieren las
crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y
otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo
en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma
de Judas.
Y con esto y con que cada cuatro
años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento.
LOS DUENDES DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY.
EL DUENDE DE LA CASONA
COLONIAL DE CHIQUITOY
(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)
La Plazuela 24 de junio,
ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus
majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80
cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna
y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas
habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños
murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho
llamaron su atención.
Frente a la glorieta y en
ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que
eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de
baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados,
ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con
vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban
completamente desnudos.
El vigilante, contemplaba
estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y
jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía
cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia
del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada,
ingresó por el acceso del campanario.
Al bajar, José se dirigió al
lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y
donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio
Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente
empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones
mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes;
el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y
el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin
bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.
José recordó entonces la
historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada
por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún
sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la
despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la
mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror
que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró
escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.
De sus antepasados, Elsa
había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al
duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende
escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto
primero, eso había salvado su vida y la de su hija.
Su casa quedaba muy cerca
de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron
que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por
los árboles de leche como las higueras.
Decidido a salvarse, José
fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada
del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la
retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo
por completo.
José, los vio correr por un
largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la
empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la
materia no existiera.
Del otro lado y poco después,
el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril.
Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon
alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos
del sol, se desvanecieron por completo.
Al iniciar el nuevo día,
los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y
almohadas tiradas por el suelo.
Los duendes patachuga, habían jugado por el
lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.
LA MUERTE DEL SASTRE.
LA MUERTE DEL
SASTRE.
(CUENTO DE NEPÉN-DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)
“Por la década del cuarenta falleció en Nepén, Santiago de
Cao, un sastre que se distinguía de los demás pobladores, por la solvencia
económica que disfrutaba y por el carisma o la simpatía del que gozaba. Como
sastre era excelente.
Aparentemente poseía buena salud. Pero, cierto día, dejó de
existir, como consecuencia de un paro cardiaco.
Su deceso causó un gran dolor entre los familiares que decidieron
enterrarlo con una mortaja fina y con la sortija de oro que él mucho apreciaba
por la gema incrustada en la joya, que lo había hecho el joyero de la
localidad, a quien le unía una estrecha amistad.
Durante el velorio, al que asistió el joyero, la sortija
despertó en él, una tremenda avaricia; tanto, que cuando lo enterraron, regresó
al cementerio y comenzó a profanar su tumba. Destapó el nicho con una barreta,
sacó el cajón y lo abrió. Ni bien lo hizo, mutiló el dedo en donde estaba la
sortija.
Segundos
después, el sastre recobró la vida y se sorprendió verse metido en un féretro y
ver a su amigo, el joyero, con su dedo en la mano.
¿Por qué estoy aquí hermano?, le preguntó.
Un silencio de
derrota amarga como el rostro de un desilusionado hubo unos instantes. Luego le
volvió a inquirir:
¿Por qué me has
cortado mi dedo?
En ese instante
muy inteligente le respondió: porque ha sido el causante de la situación en que
te encuentras.
Con la
aclaración pertinente, ambos amigos abandonaron el cementerio y regresaron a la
población. En casa, los familiares que se hallaban en velación final, se
sorprendieron al ver entrar al difunto.
Algunos se
desmayaron de la impresión, los que se mantuvieron en pie le pidieron una
aclaración sobre el particular, al joyero.
Este les contó
con lujos de detalles lo ocurrido. Algo quedaba flotando.
¿Qué tenía que ver la sortija con la muerte
del joyero?
Con esa
incógnita oscura, decidieron ir, al día siguiente, al médico especialista.
El galeno, un
reconocido cardiólogo de Trujillo les dijo que el fallecimiento eventual del
sastre se debió a la sortija, que, por quedarle ajustado, no le permitía
circular la sangre.
Aclarada la
confusión y el motivo del deceso del sastre, a su retorno a Nepén, fue a la
casa del joyero y le obsequió el anillo, con estas frases: toma hermano. Es
tuyo. Yo ya no lo necesito. Fue una decisión razonable del sastre. Además, ya
no tenía dedo para ponerlo, así hubiera querido adquirir otro para exhibirlo en
los dedos. Así con el dedo mutilado, el sastre vivió muchos años más”.
jueves, 14 de mayo de 2026
EL PERAL DE LA TIA MISERIA.
- ¿Quién eres? –le preguntó el Señor cuando la vio delante de él.
- Mira, Señor, es que tengo un peral en el corral, que es lo único que tengo, y lo cuido mucho. Pero todos los chicos vienen y me cogen las peras y me dejan sin ninguna a mí, que tanto trabajo me da. Por eso, yo querría que todo el que se suba a él no se pueda bajar en castigo por su glotonería y mala fe.
Al Señor, que la vio tan vieja y tan inofensiva, le dio lástima.
–Está bien, eres muy vieja y poco mal o ninguno le puedes hacer a nadie. Así que te concedo lo que me pides. No bajará nadie que se suba a tu peral a menos que tú lo bajes. Doña Miseria se volvió a su casa.
Entretanto, en el infierno, el demonio, que estaba viendo quién le faltaba, le dijo a la Muerte: –Escucha, ya es hora de que vayas a buscar a Doña Miseria, que ya ha vivido bastantes años y ha llegado la hora de que se venga al infierno con nosotros.
En esto que llega la Muerte a casa de doña Miseria y le dice:
–Ale, prepárate para venirte con nosotros, que ya es hora. Eres demasiado vieja y te toca. Doña Miseria, mostrándose afligida, le respondió:
–Si es ése mi destino, me iré contigo.
Pero, para el viaje, quisiera llevarme unas peras por si me entra el hambre.
¿Te importa subirte a ese peral para cogerme un puñado de peras?
Yo estoy ya muy vieja y no puedo. Las compartiré contigo.
– Eso está hecho. Seguro que a mí también me apetecerá cuando nos hayamos puesto en camino.
–contestó la Muerte.
En fin, la Muerte se subió al peral y se puso a coger peras. Pero, cuando intentó bajar, sintió como si una fuerza invisible le impidiese poner los pies en el suelo.
–¡Cómo te he engañado, ¿eh?!
¿Creías que podrías llevarme contigo?
¡Pues no!
Solamente hay una manera de bajar de ahí, y es que yo suba a por ti.
Pero eso no lo pienso hacer, que no soy tan boba le dijo Doña Miseria.
Y allí se quedó encima del peral la Muerte, un día y otro y otro más y más.
En el mundo, como ahora la Muerte no trabajaba, no se moría nadie y ya no cabían de tanta gente como había.
Los obreros se caían de los andamios y no se hacían nada.
Los marineros naufragaban, pero no se ahogaban.
Los viejos se hacían más viejos y se enfermaban, pero no se morían.
Pasaba el tiempo y Doña Miseria seguía allí porque la Muerte no se la podía llevar, aunque cada vez estaba más vieja, más arrugada y más cansada.
En el infierno, el demonio estaba muy extrañado de que la Muerte no le llevara a nadie. Así que decidió averiguar qué estaba pasando y se dirigió, naturalmente a casa de Doña Miseria, que era el último lugar adonde había enviado a la Muerte.
(Hay que decir que al diablo le costó mucho llegar porque había gente y animales por todas partes, como si todos los días fueran domingo y hubiese feria).
Finalmente, consiguió llegar a casa de Doña Miseria y allí en el corral se encontró a la Muerte subida al peral.
–Pero ¿qué haces tú ahí arriba?
–Pues ya ves, resulta que vine a llevarme a la tía Miseria y ésta me mandó que me subiera al peral para recoger unas cuantas peras para el viaje, y aquí arriba que me quedé.
–¡Baja de ahí arriba ahora mismo! –le gritaba el demonio, que no se lo acababa de creer.
–¡Qué más quisiera yo! Es que sólo podré bajar si Doña Miseria sube a buscarme… En esto, salió Doña Miseria al corral y el demonio se le puso delante y le dijo:
–Doña Miseria, le pido por favor que deje bajar a la Muerte del peral.
–No, que me lleva con ella.
–Créame, señora, que la Muerte se vendrá conmigo solo. Doña Miseria no quería que la engañasen:
–Sólo subiré por él si me promete que no me moriré nunca, que la Muerte nunca vendrá a buscarme.
El demonio y la Muerte estuvieron un rato discutiendo y finalmente decidieron aceptar la propuesta:
– De acuerdo, dijo el demonio.
– Se lo prometemos, Doña Miseria.
Usted se quedará para siempre aquí en la tierra, pero tiene que bajar a la Muerte del peral. Al fin y al cabo, con el genio que usted tiene, no la querrán ni en el infierno.
Una vez conseguida la promesa del demonio y de la Muerte, Doña Miseria accedió a lo que le pedían: bajó del peral a la Muerte, que se fue de allí corriendo con el demonio.
Y cuentan que es por esta razón por la que siempre ha habido Miseria en el mundo, aunque no sabemos si algún día Doña Miseria, cansada de tanto vivir, será ella quien busque a la Muerte.
EL AHOGADITO: EL TERROR DE LA PLAYA.
RELATOS
HUANCHAQUEROS III
EL AHOGADITO: “EL
TERROR DE LA PLAYA.”
Los Comerciantes iban y venían montados en sus burritos y trayendo sus mercaderías por la orilla de la playa.
A dos de ellos, uno comerciante de sombreros y el otro de vestidos; les tocó vivir en carne propia un fenómeno que raya entre la realidad y la fantasía: ¨El Ahogadito¨.
Cuentan que los dos venían muy de madrugada con sus cargas, montados en sus burritos y charlando muy animosamente; cuando de pronto los animales pararon las orejas en señal de peligro y trotando de manera insegura, con lo cual mostraban su temor.
Un silbido muy agudo y fuerte, erizó los pelos de la nuca de ambos comerciantes. Eso solo significaba que se habían topado con el tan temido ¨Ahogadito¨, el cual es el alma en pena de una persona ahogada en el mar que busca descansar y para lo cual debe llevar consigo la de otro cristiano. Cuando el silbo agudo; señal inequívoca de su presencia se escucha cerca, es porque se encuentra lejos y viceversa.
Como decía, los dos comerciantes aterrorizados hicieron correr como nunca a sus asnos con la esperanza de hallar seguridad y abrigo en alguna casa de Huanchaco. Ahora el silbo se escuchaba lejos y se observaba un bulto negro que avanzaba paralelo a ellos.
De pronto, el comerciante de sombreros fue quedándose rezagado y entraba en un sopor profundo. El otro vio desesperado como caía su amigo del jumento y el bulto se le acercaba.
Aterrorizado el comerciante de vestidos, hizo correr aún más a su burrito, llegando al alba a Huanchaco, más muerto que vivo. Los pobladores le llevaron a una casa donde lo bañaron y cambiaron de ropas, pues estas
despedían un olor nauseabundo. Luego lo trataron de reanimar, lo que consiguieron horas después.
Entonces, el comerciante narró con lujo de detalles lo que había acontecido.
Estos movieron la cabeza y se encaminaron para averiguar qué era lo que le había ocurrido al segundo comerciante, aunque ya adivinaban la triste suerte que este había encontrado.
Encontraron su cadáver todo rasguñado y con abundante espuma de color verdusco en la boca. El asno se hallaba más adelante, aún atemorizado y por todo el camino se hallaban esparcidos los sombreros que el extinto traía a negociar.
Cuentan que el otro comerciante no pudo resistir la impresión de lo vivido, envejeciendo rápidamente y viviendo loco por el resto de sus días.
LA GRINGA DE MOCOLLOPE: ALMA VIAJERA DE LA NOCHE.
Mientras recorría la ruta, divisó a una joven solitaria que le hacía señas para que la recogiera.
La muchacha era singular, porque tenía el cabello rubio, ojos claros y piel muy blanca; vestía de forma sencilla, elegante y llevaba una casaca doblada sobre el brazo. Ninguna otra chica de la zona se le parecía.
Pensó inmediatamente, que podría ser algún familiar o visita de los alemanes dueños de la fábrica Casa Grande.
El conductor detuvo el camión y la invitó a subir. Durante el trayecto conversaron amenamente: él le preguntó su nombre, su edad y a qué se dedicaba. El diálogo era fluido y ameno mientras la luna llena, iluminaba todo el entorno con inmensos cañaverales.
El trabajador, quedó cautivado por la belleza de la joven y su forma de ser, ello lo impulso internamente a pretenderla con piropos y palabras elegantes. Tenía la esperanza de conocerla mejor y ser alguien más en su vida.
Sin embargo, en medio de la charla, la joven rubia le pidió que la dejara exactamente en el lugar donde se ubicaban. El conductor se sorprendió, pues era un paraje desolado, carente de viviendas.
—¿Estás segura de que quiere bajar aquí?
— ¿Deseas que te acompañe por seguridad? —preguntó él con extrañeza.
Ella insistió en que no se preocupara.
Entonces, el trabajador frenó contrariado; luego, la joven agradeció, se despidió y descendió en el lugar indicado. No obstante, apenas reanudó la marcha, notó que ella había olvidado su casaca en el asiento. Se detuvo nuevamente y bajó del vehículo para entregársela; pero para su sorpresa, la joven rubia ya no estaba por ningún lado. No entendió nada.
Caminó unos pasos en la dirección que ella supuestamente había tomado, llamándola por su nombre, hasta que tropezó con una tumba. Al observar la lápida, descubrió con horror que allí figuraba el nombre de la joven.
En ese instante, el hombre arrojó la prenda a la lápida, corrió hacia el camión y huyó de regreso a Casa Grande. Allí, con incredulidad y sobresalto, relató lo vivido a sus amigos que sentenciaron: «Has visto a la gringa de Mocollope».
Unos dicen que es la hija de un alemán con una bella dama de Mocollope, que murió en un accidente ferroviario por algún lugar de la ruta en que aparece, durante la época de los Gildemeister, dueños de la fábrica de Casa Grande.
Se dice también que, si alguien la recoge, ella siempre olvida un objeto adrede; si el conductor lo conserva, está condenado a morir.
Finalmente, otros afirman que suele seducir a quien la ayuda, para luego transformarse en un cadáver putrefacto o en un esqueleto. El horror, hace que el conductor pierda el control y se estrellen en la alameda de ficus que abundan en la zona, lo que explicaría los numerosos accidentes repentinos, ocurridos en ese paraje de tránsito y muerte.
martes, 12 de mayo de 2026
EL SÓTANO DEL DIABLO.
EL
SÓTANO DEL DIABLO:
EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.
CUENTO DE CARTAVIO.
EL SAUCE LLORÓN Y LA LLORONA.
EL SAUCE LLORÓN Y LA
LLORONA.
(CUENTO DE CHIQUITOY)
En la entrada del poblado de Chiquitoy, rodeado de caña de azúcar desde principios de la conquista española; había un pozo en la década de los 50, del que se extraía agua con una bomba, que discurría por un canal que iba en medio de las calles Arequipa, Lima y al pie la Calle Libertad. A 50 metros de distancia estaba la acequia La Barranca abastecida por puquiales de agua desde siempre. En ambos lados, tenía hileras de sauces que con el viento producían ruidos lastimeros.
En esa acequia se erguía un sauce ancestral, que no era un árbol cualquiera. Sus ramas caían con una pesadez melancólica, rozando la superficie en la acequia profunda que alimentaba los campos de caña de azúcar y maíz. Los lugareños, sentían mucho respeto por aquellos sauces y nadie se atrevía a pasar cerca de ellos una vez que el sol se ocultaba por el mar.
Y lo decían, porque el esbelto sauce era el que más se lamentaba con el paso del aire entre sus ramas, otros juraban que no era el aire sino el alma del sauce llorón el que sollozaba.
Después de un tiempo, se enterarían que causaba semejante lamento.
A medida que las sombras se alargan y el reloj marca las diez de la noche, el sauce parece absorber la poca luz que queda, como un agujero negro en medio del campo. Sus hojas, largas y afiladas como navajas de esmeralda, dejan de mecerse con el viento y comienzan a vibrar con un pulso propio, rítmico y viscoso. El aire alrededor del árbol se vuelve denso, cargado de un olor a fermento, a flores marchitas y a carne de peces.
Cuando el reloj marca finalmente las 11:00 pm, ocurre la transmutación. No hay un estallido, ni un trueno. Es un proceso fluido, casi orgánico, natural. La corteza grisácea del tronco empieza a reblandecerse, deshaciéndose en tiras de piel muerta que se transforman en una tela nívea y raída que ondea sin necesidad de brisa. Las ramas que antes buscaban el suelo se elevan con un crujido de huesos fracturados y se entrelazan, formando el contorno de una figura humana. Las raíces se desprenden del fango con un sonido similar al de un suspiro ahogado por la sangre, y de la densa copa del árbol emerge un rostro hermoso con belleza lunar, ojos llorosos y violenta tristeza. En el lugar donde estaba el sauce llorón, ahora se yergue La Llorona, bella joven encantada por los espejismos del puquio que enamorado de ella la ahogaría mientras se lavaba el rostro para siempre tenerla.
Con un paso que no toca el suelo, sino que flota sobre una bruma de escarcha, ella comienza su errancia maldita. Su destino son los canales, las acequias y los puquios.
En las acequias: Se desliza como una mancha blanca. Si un campesino la mira, no verá una mujer, sino un vacío que devora la cordura. El agua a su paso se vuelve negra, cargada de la hiel de sus recuerdos.
En el puquio: Aquí su dolor se vuelve carnicero. Se arrodilla y sumerge sus dedos, buscando en el fondo los huesos que el puquio retiene desde su muerte y llora con desesperanza. Las burbujas que suben del manantial parecen gritos ahogados de quienes cayeron en sus aguas.
Cerca de la 13:00 am, llega a las calles Libertad, Arequipa y Lima en ronda con llantos dolorosos buscando a niños que no pudo tener para llevárselos. Su vestido, hecho de la esencia de las hojas blancas, arrastra una pesadez que hace crujir las vigas.
A esa hora, ya todas las personas dormían bien encerrados en sus casas cuidando a sus hijos, otros adultos escuchaban sus llantos tristes desde sus cuartos.
Se cuenta que un día, un arriero la vio de espaldas y, al intentar ayudarla, ella reveló su verdadero ser: una cara blanca con ojos llorosos y cuyas lágrimas caían al agua del canal. El hombre quedó mudo, con el alma seca, pues ella no solo asusta, ella consume la energía de los vivos para alimentar al árbol que será al amanecer.
A las 3:45 AM, la urgencia de la tumba invade al espectro. Ella no pertenece al sol. Abandona las calles y regresa al recodo de la acequia, arrastrando sus pies cubiertos de barro y restos humanos. A las 4:00 AM, el proceso se invierte con una violencia silenciosa. Sus pies se hunden en la tierra como estacas; su vestido se endurece en una corteza rugosa que atrapa los lamentos en su interior; sus brazos caen pesadamente, bifurcándose en ramitas que vuelven a buscar el agua de la acequia para limpiar la sangre de la noche.
El pueblo estaba horrorizado por las noches de llantos en las noches de luna llena. Entonces acudieron a Julián, un anciano de 70 años que conocía el lenguaje de las almas y las sombras, quien decidió ayudar para que el horror y la pena cese. Entonces, en una noche de luna llena se dirigió a la acequia donde estaba el sauce llorón. A las 11:00 pm, mientras la transmutación desollaba el aire, Julián no huyó. Sabía que debía verla primero para que la Llorona no huya, sino lo hacía, convulsionaría de terror votando espuma por la boca como un epiléptico. Entonces, fue el primero en verla emerger, más alta y bella que nunca.
No lloró por primera vez, Julián rezaba encomendando el alma de la Llorona a Dios, después le entregó semillas de huayruro que representan el equilibrio entre el bien y el mal; también le entregó un espejo en el puquio sagrado.
—Mírate —le ordenó— Fuiste hecha para sanar, no para castigarte.
Al verse en el espejo, el espectro recordó su origen. El vestido blanco se tiñó de un verde fúnebre pero vivo. Cuando el árbol se reformó a las 4:00 am al pie del puquio, Julián enterró el espejo entre las raíces y las semillas de huayruro que le quedaban. El sauce vibró, un rugido que sacudió los cimientos del pueblo. El horror no desapareció, pero cambió de forma. Ahora, el sauce ya no caza; vigila. La Llorona ya no grita de odio, sino que entona una canción de cuna que mantiene a los niños alejados de las acequias profundas, protegiéndolos de la misma oscuridad del puquio que a ella la devoró.
LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA
LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR
ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA
(CUENTO DE SANTIAGO DE CAO)
Así pues, una noche; negra como boca de lobo y silenciosa como cementerio, levantóse la mujer, como de costumbre, y se acercó a su ventana para curiosear lo que la calle tuviera a bien mostrarle.
Mas ¡cuál no sería su sorpresa al advertir que por la calle avanzaba una procesión!
No era de esas procesiones alegres que acompañan a los santos en sus fiestas, con banda de músicos y olor a incienso.
No, señor. Aquella era lenta, grave y silenciosa; apenas si el aire parecía moverse con el paso de los acompañantes. Las luces de las velas titilaban como luciérnagas tristes en medio de la noche.
—Algún difunto llevan; murmuró la mujer, frotándose las manos con ese entusiasmo que sólo despiertan las noticias frescas.
Y, fiel a su naturaleza, decidió quedarse mirando para averiguar quién había pasado a mejor vida, con la secreta satisfacción de contarlo al día siguiente a medio vecindario.
Cuando la procesión llegó frente a su casa, uno de los acompañantes; de rostro pálido como cera derretida, alzó la vista hacia la ventana.
¡Hermana! le dijo con voz hueca, acompáñanos al cementerio a enterrar a este señor que acaba de morir.
La mujer, más curiosa que prudente, no supo qué responder. El extraño entonces le alcanzó una vela encendida.
¡Guarda esta luz! añadió. Mañana vendremos por ella. Has de estar lista para acompañarnos al entierro. Volveremos a la misma hora.
Y sin esperar respuesta, la procesión continuó su marcha, perdiéndose lentamente entre las sombras de la calle.
La mujer cerró la ventana, guardó la vela y se fue a dormir, aunque no con sueño tranquilo, pues el corazón le latía como tambor de fiesta.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya calentaba el techo, recordó el extraño suceso. Fue entonces a buscar la vela que le habían entregado la noche anterior.
Pero apenas la tuvo entre sus manos, un escalofrío le recorrió la espalda.
Aquello no era una vela.
Era, ni más ni menos, la canilla de un muerto.
A la infeliz se le heló la sangre y, con las piernas trémulas, corrió a la iglesia para confesarse con el cura del pueblo, un viejo zorro de sacristía que conocía más de almas que de latines. El clérigo, tras escuchar el relato entre hipos y llantos, sentenció con severidad:
—Hija mía, has puesto el ojo donde solo Dios debe mirar. Esa procesión no busca vivos, sino pecadores para su bando.
Si quieres salvar el pellejo, busca a un infante, a un ángel de pecho que ignore la maldad, y hazlo llorar cuando los espectros reclamen su prenda.
Llegada la medianoche, el aire se puso denso como el incienso de difuntos. Los muertos regresaron, reclamando a la "hermana" y su vela. Pero doña Engracia, siguiendo el consejo del párroco, pellizcó con fuerza el brazo de un niño que tenía en brazos. El pequeño soltó un alarido tan puro y desgarrador que las sombras vacilaron.
Y cuentan que apenas lo oyeron, los miembros de la procesión se detuvieron un instante… y luego desaparecieron como humo llevado por el viento.
Cuando Engracia fue a confesarse nuevamente con el sacerdote le explicaría que la inocencia de un niño tiene fuerza suficiente para ahuyentar a los espíritus errantes, y que, de no haber sido por aquel llanto providencial, los misteriosos acompañantes se habrían llevado a la mujer para siempre.
Desde aquella noche, la mujer aprendió la lección. Curóse de su curiosidad malsana y de su lengua desatada, y dicen los vecinos que nunca más volvió a asomarse a la ventana para husmear desgracias ajenas.
Porque hay secretos que la noche guarda… y que sólo los muertos tienen derecho a contar.
martes, 28 de abril de 2026
FELICIDAD
domingo, 26 de abril de 2026
MUNDO ALEGRE
sábado, 25 de abril de 2026
HAPPINESS
viernes, 24 de abril de 2026
SUMMER.
jueves, 23 de abril de 2026
Life is Life.
lunes, 16 de marzo de 2026
CARTAVIO Y WILLIAM RUSSELL GRACE: LA ERA DORADA HASTA SU MUERTE.
La historia del nacimiento y la era dorada de Cartavio hasta la muerte de William Russell Grace, el empresario visionario que la transformó cuando inicia su traslado desde Cartavio Viejo al Actual Cartavio para la construcción de un ingenio azucarero. Inicios, como se logra, factores que influyeron.
CULTURA MOCHICA: LOS GUERREROS MOCHICAS Y LA FUERZA MILITAR MÁS TEMIDA DEL ANTIGUO PERÚ.
La
cultura Mochica, también conocida como Moche, floreció en la costa norte del
Perú entre los años 100 y 800 d.C. Fue una de las civilizaciones más poderosas
del antiguo Perú preincaico, destacando por su avanzada ingeniería, cerámica
realista y, sobre todo, por su formidable poder militar.
Los
guerreros Mochicas eran temidos por su disciplina y brutalidad en combate.
Utilizaban armas como macanas, lanzas y escudos, y sus guerras no solo buscaban
territorio, sino también capturar prisioneros para rituales religiosos. Estas
escenas quedaron inmortalizadas en su cerámica y murales, mostrando el profundo
vínculo entre guerra, poder y religión.
Gracias
a su organización militar y control de los valles costeros, los mochica
dominaron amplias regiones durante siglos, dejando una huella imborrable en la
historia del Perú antiguo.
DE BRUJA A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.
DE BRUJA
A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.
(Cuento Tradicional de Chiquitoy).
La vasta campiña de Chiquitoy e Iparraguirre, en el sector Túpac Amaru del poblado de Chiquitoy, no es solo tierra de cultivo eterno. Es un lugar donde el barro guarda memoria de pisadas antiguas, donde los primeros asentamientos se hundieron en tierra fértil y silencio. Allí, en tiempos antiguos con los primeros asentamientos dispersos, se haría popular el relato de la bruja convertida en chancha y sus chanchitos.
La campiña, tenía casas de adobe con techos de quincha o chozas de caña brava sostenidas por horcones de algarrobo y techos con totorales.
En la parte baja, discurre la acequia La Barranca, murmurando sin descanso el sentir de la vida. Arriba, las sangrías de agua serpentean, dando vida a la tierra fértil… o quitándosela, según quién la pise.
Los ancianos de la zona no hablaban de Faustina como de una mujer. Decían que era una bruja matrera con poderes sobrenaturales porque había devorado sus propias etapas:
Fue bruja doncella,
bruja madre
y ahora era bruja anciana.
Con cada etapa acumulada, sus poderes se volvían inalcanzables. Podía transformarse en cualquier bestia, pero la forma que más la reclamaba era la de chancha: una cerda enorme, negra, de gruñidos que resonaban por toda la campiña como truenos lejanos y malvados. Además, decían que podía volar para ver a sus presas.
En las afueras de su choza humilde, criaba siete chanchitos negros de una docilidad perturbadora; los alimentaba siempre con una ternura que helaba la sangre. Complementan siete gallinas negras que picoteaban en círculos rituales y eternos.
Dentro de la casa le acompañaba un gato negro que parecía tinta derramada sobre las tinieblas e inspiraba miedo porque no parpadeaba.
Sobre la mesa estaba su guardián y protector: una calavera para que cuide y espante a los intrusos con sus cuencas vacías que parecían seguir a los intrusos.
Un jueves por la mañana, Faustina vio al gato acicalarse la cara con movimientos frenéticos. Interpretó de inmediato: visita para un amarre o daño.
Por la tarde, dos personas de la campiña la buscaron. Ella estaba en el interior de su vivienda rodeada de materiales hechiceros como: botellas con grasa de culebra, sangre de carnero, sesos resecos de chucheque, enjundias de batracios, cuentas mágicas en rosarios, zumo de cebollas fermentadas, pedazos de San Pedro, mullos rojos, huacos antiguos y espadas oxidadas. En una alacena: cabellos rubios de duende envueltos en imanes, colas de lagartija, plumas de shingo, telarañas de viuda negra. Cerca de ella una olla de barro con la que preparaba una sopa de serpientes. Al rato, tenía en la mano una muñeca de tela que claveteaba con alfileres; entre otras pócimas y menjunjes que hacían de la malera bruja digna de la herejía. El aire olía a podredumbre dulce y azufre.
Tocaron y Faustina con voz de terror le dijo: ¡los invito a pasar!
Los visitantes entraron temblando. No era miedo al rechazo: era terror de reconocimiento, de verse reflejados en lo que pedían. Cuando hablaron, dijeron que necesitan de sus artes para encomendarle un trabajo.
Faustina los miró con ojos hundidos.
—¿Qué desean? Atraer a una mujer… sembrar odio y envidia… impedir prole… causar enfermedades… matar… quitar el juicio… o aridecer la tierra.
Con voz quebrada por la envidia, pidieron lo último: arruinar los campos del vecino con quien tenían enriedos y disputaban linderos. Querían plagas, esterilidad total, que la cosecha a punto de madurar se pudriera para que el agricultor abandonara su chacra y que su familia pasara hambre.
Faustina aceptó porque ya tenía el remedio. Los campesinos se marcharon asustados.
En el camino ambos se santiguaron, pero el hedor invisible de la bruja ya se les había pegado a la piel. El perdón no alcanza a quien siembra ruina ajena.
Un viernes de luna llena, la vela sobre la calavera chisporroteó y soltó humo negro. Faustina miró a la calavera y preguntó: “¿Envidia o chisme?”. La respuesta fue un gruñido del gato negro desde el suelo. Se hizo entonces una sobada con piedras de huaca para contrarrestar el chisme.
Un martes 13 a la media noche, salió por el daño. La bruja Faustina se transformó en chancha con cuerpo rechoncho, piel negra, áspera y ojos fulgurantes como brasas. Los siete chanchitos hicieron lo mismo, ya no eran dóciles sino feroces, colmilludos y con ojos rojos que la seguían. Ella, lideraba ferozmente a la piara de chanchos por chacras y caminos, gruñendo fuertemente.
Ya las casas dispersas, habían cerrado temprano ante el temor extendido de que no solo arruinaban cosechas, también buscaban niños para beber de su sangre y comer su corazón, porque eso rejuvenecía a la bruja.
Los pobladores como protección, colgaban detrás de los umbrales pencas de sábila y la planta mortal de las brujas: el chamico colocado en la entrada de las puertas que las enloquece y mata.
En otra parte de la campiña al ocaso, caminaba el agricultor Saturnino de 60 años con su fiel perro. Hacía semanas que había perdido todos sus sembríos a punto de cosecha y ahora su chacra era árida. Culpó a la bruja.
Desde entonces, con rencor, odio y hambre, hacía guardia en cada noche por las chacras de sus amigos esperando encontrar a la bruja para consumar su venganza. Lo intentó sin éxito mucho tiempo.
A las tres de la mañana de esa noche, cansado de la vigilia regresaba con su perro inseparable, a la vera de la acequia La Barranca, rodeado de sauces llorones.
De pronto, el perro se inquietó y aulló. Alguien va a morir sentenció el anciano. Continuaron hasta que oyó gruñidos. El odio brotó como sangre. Era el momento esperado.
Al pie de la acequia La Barranca, la chancha se revolcaba en el lodo como marcando su territorio. Luego, se echó de lado para amamantar a los chanchitos con un ritmo deforme.
Saturnino, llevaba un machete al cinto y ramilletes de chamico en ambas manos. Vio la escena. Lentamente se acercó a ver. Era el momento de herirla porque sabía que la chancha era vulnerable si interrumpía el rito.
Corrió hacia la chancha, ella se levantó rápidamente y embistió al campesino, pero él la esquivó golpeándola con las espinas del chamico. La bestia chilló, un grito que sonaba a mujer. Las espinas se clavaron, extrayendo sangre negra. El perro, se lanzó contra los siete chanchitos en una pelea feroz de colmillos y gruñidos.
La chancha retrocedió, herida. Saturnino la seguía golpeando sin parar hasta que los chanchitos se interpusieron, pero él los dispersó con golpes de la planta mortal. La bruja, en el fango, intentaba huir.
De pronto, apareció un viento imposible que azotó los sauces. Uno de los más antiguos, con raíces carcomidas por el agua; o por el peso de pecados, crujió y se desplomó. El tronco cayó sobre el lomo de la chancha, hundiéndola en el barro.
Saturnino, se acercó exhausto. Había encontrado justicia.
Bajo la luna enferma, vio la transformación inversa: el cuerpo de cerda se encogió, el pelo se volvió harapos negros, las pezuñas se alargaron en dedos humanos retorcidos.
Allí yacía Faustina, aplastada, con espinas de chamico clavadas por todo el cuerpo. Sus ojos aún brillaban rojos un instante antes de apagarse.
Los siete chanchitos huyeron, fundiéndose con las sombras de los maizales.
Saturnino huyó con su perro, temiendo ser acusado de asesinato. En casa empezó a rodear su cama con círculos de sal y ceniza de chamico. Pensaba que los pequeños marranos iban a ir a buscarlo.
Al día siguiente, encontraron a la anciana bajo el sauce. “Se ahogó en el barro”, “Un accidente”, dijeron.
Desde entonces, en noches de luna llena, cuando el viento sopla fuerte por La Barranca, algunos juran oír gruñidos, risas y voces extrañas que llaman con acentos de otro mundo. Y juran que en el barro húmedo de las orillas de La Barranca aparecen siete pares de huellas pequeñas… que no llevan a ninguna parte. Esperan. Pacientes. Sabiendo que la envidia nunca muere del todo.
Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.




