EL MÉDANO BLANCO.
En el desierto de Sechura,
donde el sol parece dormir sobre la arena, se levanta un médano inmenso y
claro. De lejos, parece una nube caída del cielo. De cerca, parece una montaña
hecha de harina, sal y luz. La gente del pueblo lo llama el Médano Blanco.
Nadie sabe cuántos años
tiene. Nadie sabe tampoco por qué sus arenas brillan tanto al amanecer. Lo
único
que todos repiten es esto:
—No subas hasta la cima.
Pero, como suele pasar con
las cosas prohibidas, mientras más lo decían los mayores, más curiosidad sentía
Simón.
Simón tenía nueve años y
vivía cerca del desierto. Su abuelo, don Anselmo, había sido arriero cuando era
joven y conocía los caminos de arena como quien conoce las líneas de su propia
mano.
Una tarde, mientras el viento
barría la puerta de la casa, Simón le preguntó:
—Abuelo, ¿por qué nadie sube
al Médano Blanco?
Don Anselmo dejó de remendar
una soga y miró hacia el desierto.
—Porque ese médano está
encantado —respondió.
Simón abrió los ojos.
—¿Encantado cómo?
El abuelo bajó la voz, aunque
no había nadie más cerca.
—Dicen que, cuando cae la noche,
se escucha un tamborcito bajo la arena. Tun, tun, tun. Como si alguien
tocara desde el corazón del
médano.
Simón sonrió, sin saber si
creer o no.
—¿Un tambor debajo de la arena?
—Un tambor. Y no solo eso.
También dicen que, en el centro del médano, hay corales, piedras brillantes y
objetos de oro. Pero quien
sube por codicia no vuelve igual.
Esa noche, Simón no pudo
dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía una montaña blanca brillando bajo
la luna. Y en medio de la
montaña, un tamborcito invisible llamándolo:
Tun, tun, tun.
A la mañana siguiente, Simón
salió temprano con su perro Chusco. No pensaba subir, por supuesto. Solo
quería mirar un poquito más
de cerca. Eso se dijo a sí mismo mientras caminaba.
El desierto estaba quieto.
Las lagartijas se escondían entre las piedras. El viento dejaba pequeñas
huellas sobre la arena, como si dedos invisibles jugaran a dibujar caminos.
Cuando llegó al pie del
médano, Simón levantó la cabeza. Era más alto de lo que parecía desde el
pueblo.
—Solo hasta la mitad —dijo.
Chusco ladró, como si no
estuviera de acuerdo.
Simón empezó a subir. Al
principio fue fácil. Sus pies se hundían en la arena tibia, pero él avanzaba
contento. Desde arriba, el pueblo se veía pequeño, y el mar, a lo lejos,
parecía una cinta azul.
Entonces escuchó algo.
Tun.
Se detuvo.
Tun, tun.
Chusco escondió la cola entre
las patas.
—Debe ser el viento —dijo
Simón.
Pero el sonido volvió.
Tun, tun, tun.
Esta vez venía de abajo. No
del cielo. No del pueblo. De la arena.
Simón sintió un frío raro en
la nuca. Quiso bajar, pero en ese momento vio algo que brillaba unos pasos más
arriba. Era pequeño, redondo, dorado.
Subió un poco más.
El brillo se movió.
Simón parpadeó. Lo que había
visto no era una piedra. Era un patito. Un patito de oro que caminaba sobre la
arena sin dejar huellas.
El niño se quedó sin voz.
El patito avanzó unos pasos,
se detuvo y lo miró.
—¿Quieres seguirme? —parecía
preguntar con sus ojos brillantes.
Entonces miró sus manos
vacías. Pensó en el oro. Pensó en llevarlo al pueblo. Pensó en todos diciendo:
"Simón encontró el tesoro del médano".
El patito dio otro paso.
Tun, tun, tun.
El sonido del tambor creció
bajo la arena.
Simón respiró hondo.
El patito inclinó la cabeza.
—Solo quería saber si eras
verdad.
El viento sopló con fuerza.
La arena se levantó alrededor del niño como una cortina blanca. Chusco ladró
desesperado.
Simón cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya no
estaba en la ladera del médano. Estaba al pie, junto a su perro. El patito de
oro
había desaparecido. El tambor
también.
Solo quedaba, sobre la arena,
una pluma pequeña y brillante. No era de oro. Era blanca, tan blanca como el
médano.
Simón la recogió con cuidado
y volvió corriendo al pueblo.
Don Anselmo lo esperaba en la
puerta. No parecía molesto. Parecía triste y aliviado al mismo tiempo.
—Fuiste al médano —dijo.
Simón bajó la cabeza.
—Sí, abuelo.
—¿Y qué viste?
El niño sacó la pluma del
bolsillo.
Don Anselmo la miró largo
rato. Luego sonrió apenas.
—El médano te dejó volver.
—Porque no quise llevarme nada
—respondió Simón.
El abuelo asintió.
—Eso enseñan los lugares
encantados. El tesoro no siempre es para guardarlo en las manos. A veces es
solo para aprender a mirar.
Desde aquel día, Simón volvió
muchas veces al desierto, pero nunca intentó subir hasta la cima del Médano Blanco.
Cuando pasaba cerca, se
detenía un momento y escuchaba.
A veces, si el viento venía
del lado correcto, le parecía oír, muy bajito, el tamborcito escondido bajo la arena:
Tun, tun, tun.
Y entonces sonreía, porque
sabía que el médano seguía allí, blanco y misterioso, cuidando su secreto.
Adaptado
de una leyenda recogida en Sechura, Piura.