La historia del nacimiento y la era dorada de Cartavio hasta la muerte de William Russell Grace, el empresario visionario que la transformó cuando inicia su traslado desde Cartavio Viejo al Actual Cartavio para la construcción de un ingenio azucarero. Inicios, como se logra, factores que influyeron.
Llevando el arte al movimiento con la creación de gif animados. Historia local, arte y cultura.
lunes, 16 de marzo de 2026
CARTAVIO Y WILLIAM RUSSELL GRACE: LA ERA DORADA HASTA SU MUERTE.
CULTURA MOCHICA: LOS GUERREROS MOCHICAS Y LA FUERZA MILITAR MÁS TEMIDA DEL ANTIGUO PERÚ.
La
cultura Mochica, también conocida como Moche, floreció en la costa norte del
Perú entre los años 100 y 800 d.C. Fue una de las civilizaciones más poderosas
del antiguo Perú preincaico, destacando por su avanzada ingeniería, cerámica
realista y, sobre todo, por su formidable poder militar.
Los
guerreros Mochicas eran temidos por su disciplina y brutalidad en combate.
Utilizaban armas como macanas, lanzas y escudos, y sus guerras no solo buscaban
territorio, sino también capturar prisioneros para rituales religiosos. Estas
escenas quedaron inmortalizadas en su cerámica y murales, mostrando el profundo
vínculo entre guerra, poder y religión.
Gracias
a su organización militar y control de los valles costeros, los mochica
dominaron amplias regiones durante siglos, dejando una huella imborrable en la
historia del Perú antiguo.
DE BRUJA A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.
DE BRUJA A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.
(Cuento Tradicional de Chiquitoy).
La vasta campiña de Chiquitoy e
Iparraguirre, en el sector Túpac Amaru del poblado de Chiquitoy, no es solo
tierra de cultivo eterno. Es un lugar donde el barro guarda memoria de pisadas
antiguas, donde los primeros asentamientos se hundieron en tierra fértil y
silencio. Allí, en tiempos antiguos con los primeros asentamientos dispersos,
se haría popular el relato de la bruja convertida en chancha y sus chanchitos.
La campiña, tenía casas de adobe
con techos de quincha o chozas de caña brava sostenidas por horcones de
algarrobo y techos con totorales.
En la parte baja, discurre la
acequia La Barranca, murmurando sin descanso el sentir de la vida. Arriba, las
sangrías de agua serpentean, dando vida a la tierra fértil… o quitándosela,
según quién la pise.
Los ancianos de la zona no
hablaban de Faustina como de una mujer. Decían que era una bruja matrera con
poderes sobrenaturales porque había devorado sus propias etapas:
Fue bruja doncella,
bruja madre
y ahora era bruja anciana.
Con cada etapa acumulada, sus
poderes se volvían inalcanzables. Podía transformarse en cualquier
bestia, pero la forma que más la reclamaba era la de chancha: una cerda enorme,
negra, de gruñidos que resonaban por toda la campiña como truenos lejanos y
malvados. Además, decían que podía volar para ver a sus presas.
En las afueras de su choza
humilde, criaba siete chanchitos negros de una docilidad perturbadora; los
alimentaba siempre con una ternura que helaba la sangre. Complementan siete
gallinas negras que picoteaban en círculos rituales y eternos.
Dentro de la casa le acompañaba un
gato negro que parecía tinta derramada sobre las tinieblas e inspiraba miedo
porque no parpadeaba.
Sobre la mesa estaba su guardián y
protector: una calavera para que cuide y espante a los intrusos con sus cuencas
vacías que parecían seguir a los intrusos.
Un jueves por la mañana, Faustina
vio al gato acicalarse la cara con movimientos frenéticos. Interpretó de inmediato:
visita para un amarre o daño.
Por la tarde, dos personas de la
campiña la buscaron. Ella estaba en el interior de su vivienda rodeada de
materiales hechiceros como: botellas con grasa de culebra, sangre de carnero,
sesos resecos de chucheque, enjundias de batracios, cuentas mágicas en
rosarios, zumo de cebollas fermentadas, pedazos de San Pedro, mullos rojos,
huacos antiguos y espadas oxidadas. En una alacena: cabellos rubios de duende
envueltos en imanes, colas de lagartija, plumas de shingo, telarañas de viuda
negra. Cerca de ella una olla de barro con la que preparaba una sopa de serpientes.
Al rato, tenía en la mano una muñeca de tela que claveteaba con alfileres;
entre otras pócimas y menjunjes que hacían de la malera bruja digna de la
herejía. El aire olía a podredumbre dulce y azufre.
Tocaron y Faustina con voz de
terror le dijo: ¡los invito a pasar!
Los visitantes entraron temblando.
No era miedo al rechazo: era terror de reconocimiento, de verse reflejados en
lo que pedían. Cuando hablaron, dijeron que necesitan de sus artes para
encomendarle un trabajo.
Faustina los miró con ojos
hundidos.
—¿Qué desean? Atraer a una mujer…
sembrar odio y envidia… impedir prole… causar enfermedades… matar… quitar el
juicio… o aridecer la tierra.
Con voz quebrada por la envidia,
pidieron lo último: arruinar los campos del vecino con quien tenían enriedos y disputaban
linderos. Querían plagas, esterilidad total, que la cosecha a punto de madurar
se pudriera para que el agricultor abandonara su chacra y que su familia pasara
hambre.
Faustina aceptó porque ya tenía el
remedio. Los campesinos se marcharon asustados.
En el camino ambos se santiguaron,
pero el hedor invisible de la bruja ya se les había pegado a la piel. El perdón
no alcanza a quien siembra ruina ajena.
Un viernes de luna llena, la vela
sobre la calavera chisporroteó y soltó humo negro. Faustina miró a la calavera
y preguntó: “¿Envidia o chisme?”. La respuesta fue un gruñido del gato negro
desde el suelo. Se hizo entonces una sobada con piedras de huaca para
contrarrestar el chisme.
Un martes 13 a la media noche,
salió por el daño. La bruja Faustina se transformó en chancha con cuerpo
rechoncho, piel negra, áspera y ojos fulgurantes como brasas. Los siete
chanchitos hicieron lo mismo, ya no eran dóciles sino feroces, colmilludos y
con ojos rojos que la seguían. Ella, lideraba ferozmente a la piara de chanchos
por chacras y caminos, gruñendo fuertemente.
Ya las casas dispersas, habían
cerrado temprano ante el temor extendido de que no solo arruinaban cosechas,
también buscaban niños para beber de su sangre y comer su corazón, porque eso
rejuvenecía a la bruja.
Los pobladores como protección, colgaban
detrás de los umbrales pencas de sábila y la planta mortal de las brujas: el
chamico colocado en la entrada de las puertas que las enloquece y mata.
En otra parte de la campiña al
ocaso, caminaba el agricultor Saturnino de 60 años con su fiel perro. Hacía
semanas que había perdido todos sus sembríos a punto de cosecha y ahora su
chacra era árida. Culpó a la bruja.
Desde entonces, con rencor, odio y
hambre, hacía guardia en cada noche por las chacras de sus amigos esperando
encontrar a la bruja para consumar su venganza. Lo intentó sin éxito mucho
tiempo.
A las tres de la mañana de esa
noche, cansado de la vigilia regresaba con su perro inseparable, a la vera de la
acequia La Barranca, rodeado de sauces llorones.
De pronto, el perro se inquietó y
aulló. Alguien va a morir sentenció el anciano. Continuaron hasta que oyó
gruñidos. El odio brotó como sangre. Era el momento esperado.
Al pie de la acequia La Barranca,
la chancha se revolcaba en el lodo como marcando su territorio. Luego, se echó
de lado para amamantar a los chanchitos con un ritmo deforme.
Saturnino, llevaba un machete al
cinto y ramilletes de chamico en ambas manos. Vio la escena. Lentamente se
acercó a ver. Era el momento de herirla porque sabía que la chancha era
vulnerable si interrumpía el rito.
Corrió hacia la chancha, ella se
levantó rápidamente y embistió al campesino, pero él la esquivó golpeándola con
las espinas del chamico. La bestia chilló, un grito que sonaba a mujer. Las
espinas se clavaron, extrayendo sangre negra. El perro, se lanzó contra los
siete chanchitos en una pelea feroz de colmillos y gruñidos.
La chancha retrocedió, herida.
Saturnino la seguía golpeando sin parar hasta que los chanchitos se
interpusieron, pero él los dispersó con golpes de la planta mortal. La bruja,
en el fango, intentaba huir.
De pronto, apareció un viento
imposible que azotó los sauces. Uno de los más antiguos, con raíces carcomidas
por el agua; o por el peso de pecados, crujió y se desplomó. El tronco cayó
sobre el lomo de la chancha, hundiéndola en el barro.
Saturnino, se acercó exhausto. Había
encontrado justicia.
Bajo la luna enferma, vio la
transformación inversa: el cuerpo de cerda se encogió, el pelo se volvió
harapos negros, las pezuñas se alargaron en dedos humanos retorcidos.
Allí yacía Faustina, aplastada,
con espinas de chamico clavadas por todo el cuerpo. Sus ojos aún brillaban
rojos un instante antes de apagarse.
Los siete chanchitos huyeron,
fundiéndose con las sombras de los maizales.
Saturnino huyó con su perro,
temiendo ser acusado de asesinato. En casa empezó a rodear su cama con círculos
de sal y ceniza de chamico. Pensaba que los pequeños marranos iban a ir a
buscarlo.
Al día siguiente, encontraron a la
anciana bajo el sauce. “Se ahogó en el barro”, “Un accidente”, dijeron.
Desde entonces, en noches de luna
llena, cuando el viento sopla fuerte por La Barranca, algunos juran oír
gruñidos, risas y voces extrañas que llaman con acentos de otro mundo. Y juran
que en el barro húmedo de las orillas de La Barranca aparecen siete pares de
huellas pequeñas… que no llevan a ninguna parte. Esperan. Pacientes. Sabiendo
que la envidia nunca muere del todo.
Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.
sábado, 7 de marzo de 2026
LA MALDICIÓN DE TRES HUACAS: 100 CHINOS ENTERRADOS VIVOS.
Cuento tradicional: Santiago de Cao - Chiquitoy
En la década de los treinta, bajo
el sol implacable del valle Chicama, se erguía un coloso de adobe ancestral cerca
de Santiago de Cao y Chiquitoy conocido como Tres Huacas, silencioso e
imponente reinaba como centinela de un imperio que se negaba a morir sobre los
vastos campos de caña de azúcar de la Hacienda Chiquitoy.
Todos los naturales y mestizos de
la zona sabían que Tres Huacas era única en el valle de Chicama, porque tenía
tres entidades jerárquicas:
Huaca de la Nobleza, elevándose
como un trono divino;
Huaca de los Caciques, corazón de
poder terrenal;
y Huaca del Pueblo, humilde
guardiana de las masas.
Bajo las moles de una de sus huacas,
quedaría sellado el destino de cien hombres chinos, en un pacto de sangre y
codicia.
Todo comenzó con un brillo
prohibido.
En la Casona Colonial de
Chiquitoy, el arrendatario Luis José de Orbegoso recibía con cordialidad al
arqueólogo Rafael Larco Hoyle. El encuentro tenía un aire casi familiar: no
hacía muchos años; el tío de Rafael, Víctor Larco Herrera había sido
arrendatario de todas aquellas tierras y el trato respetuoso con los
trabajadores que incluía a culíes chinos había dejado huella.
Orbegoso sabía bien que Larco
Hoyle vivía apasionado por las piezas del pasado, por los vestigios que
hablaban en silencio. Tras darle la bienvenida y compartir conversación, le
anunció que le tenía una sorpresa.
Dos hombres de ojos rasgados,
trabajadores chinos de piel curtida por el surco, entraron portando dos
costales de yute que parecían pesar más que el oro mismo.
De su interior extrajeron, primero, cerámicas escultóricas
y realistas de trazos finos y otras de escenas pictóricas que narraban escenas
olvidadas; luego, el aire se detuvo cuando el brillo prohibido del oro rompió
la penumbra: un pectoral Mochica finamente repujado de oro destelló como el
fuego de un sol antiguo.
Era el regalo de gratitud de los
culíes, era un gesto de lealtad que brotaba de las entrañas de la tierra por el
trato benevolente de su tío Víctor Larco hacia aquellos migrantes del Lejano
Oriente.
Rafael Larco, quedó maravillado al
ver el pectoral Mochica que capturaba la esencia de los dioses olvidados, con
incrustaciones que evocaban serpientes entrelazadas y rostros feroces de
señores del desierto.
Un silencio atónito lo envolvió,
hasta que las palabras de gratitud brotaron como un manantial tardío.
Luego, preguntó casi en un
susurro, de dónde provenían aquellas riquezas y los chinos con la franqueza de
quienes honran deudas antiguas, revelaron que provenían de una de las huacas de
Tres Huacas llamada Huaca de los Caciques, en el lado norte y que mira a
Chiquitoy.
Y añadieron algo más, con voz
baja: allí hay mucho más.
No dijeron nada más y se marcharon
como sombras que se disipan al alba.
Aquella noche, Larco Hoyle escudriñó
los huacos y la pectoral bajo la luz titilante de una lámpara, admirando la
maestría de los artesanos mochicas que habían domado el metal como si fuera un
sueño maleable. El insomnio lo acechó, alimentado por las palabras de los
chinos: "Hay más". Una codicia ancestral, teñida de anhelo
científico, se enredaba en su mente como raíces de un algarrobo en la arena.
A la mañana siguiente pidió a
Orbegoso una cuadrilla de cien hombres para desentrañar los secretos de Tres
Huacas. Orbegoso accedió, con la condición de que todos los gastos corrieran
por cuenta del arqueólogo.
Se convocó entonces a peones naturales
y mestizos de Llamipe, Santiago de Cao y Chiquitoy. Larco les explicó bajo el
cielo vasto que se trataba de una misión arqueológica, que debían excavar
profundamente en la Huaca del Cacique de Tres Huacas, durante dos semanas con
pago generoso.
Los hombres se miraron entre sí.
Conversaron en voz baja. Finalmente, se negaron.
Sabían por tradición y por sangre,
que Tres Huacas no era un montículo cualquiera.
Tenía un mundo de arriba y un
mundo de abajo.
Excavar en su interior era
ingresar al reino subterráneo, donde vivía el encanto y el guardián espiritual que
se encargaba de cuidar a la huaca y de alimentarlo con ofrendas humanas.
Profanarlo, era invitar a la ira de los ancestros.
Ante la negativa, Larco optó por
reclutar a cien chinos de Chiquitoy y Santiago de Cao, ajenos a los temores
locales o quizás impulsados por una necesidad más imperiosa, aceptaron el
desafío. Guiados por un caporal afrodescendiente, partieron en carretas hacia
el montículo sagrado, llevando consigo palanas, botes de agua y la audacia de
los que nada tienen que perder.
La
primera semana fue un preludio de arcilla. A cinco metros de profundidad, la
tierra entregó huacos y promesas.
Pero en la segunda semana, el aire dentro del
socavón se volvió espeso, la luz del día desapareció, reemplazada por el
resplandor vacilante de las lámparas.
Mientras
el caporal vigilaba desde la entrada, los cien hombres se bifurcaron en cinco
túneles como raíces de algarrobo, hurgando el corazón dorado en las entrañas de
la pirámide.
A
veces, un murmullo de agua subterránea parecía advertirles, pero el eco de la
codicia era más fuerte.
Un viernes, el
sol alcanzaba el cenit afuera mientras los cien chinos con destreza ya se
habían
adentrado más en los túneles;
cuando de pronto, una de las cuadrillas estalló en risas eufóricas cuyo eco se
propagó como un hechizo.
Habían encontrado finalmente, el
tesoro que iluminaban sus rostros almendrados y las paredes, al lado de unos
huesos humanos de yungas pulverizados, testigos mudos de guerreros olvidados.
Se detuvieron, hipnotizados por la
visión irreal, cuando de pronto la huaca vibró con una desgracia sísmica como
si lo hubieran herido en el corazón.
Los chinos, habían escuchado que
la tradición local decía que cuando una huaca tiembla es porque tiene sed,
pedía de beber; entonces, el moreno caporal desde afuera les alcanzó una
calabaza llena de chicha que los chinos rociaron en el suelo polvoriento para
aplacar la sed de la huaca y luego todos los chinos se sentaron a descansar.
Pero, el temblor retornó, más
insistente, como si despertaran a una bestia que quiere beber sus almas y no
chicha.
Repentinamente, alguien preguntó
por qué no sacaban el tesoro de inmediato. El moreno caporal respondió que las
órdenes de Larco, eran que nada debía tocarse porque pretendía descifrar cualquier
enigma.
Mas la ambición, esa sierpe
insidiosa, los impulsaría a que sigan cavando más profundo. Y eso quería la
astuta huaca, porque sabía que ya los había encantado.
Encontraron tesoros adicionales de
oro y la alegría de los cien chinos se multiplicó como estrellas en la noche yunga.
De pronto, pequeños pedazos de
adobe comenzaron a desprenderse de la galería, advertencias ignoradas en la
vorágine de la codicia.
Súbitamente, la estructura vibró y
el remezón creció en furia telúrica. El pánico se asomó en las caras de los
chinos mientras las lámparas una a una se apagaban como si fueran sopladas por
un aliento gélido, sumiéndolos en tinieblas aterradoras.
Y al intentar huir, ahora divisaban
en la entrada una silueta ominosa del guardián que se había manifestado: una
forma etérea, forjada de sombras y rencor ancestral, obstruyendo el escape.
Paralizados, sus cuerpos se
convirtieron en estatuas de terror, mientras el ente, enfurecido, golpeaba las
paredes con su porra mítica y pisoteaba el suelo con estruendo divino.
Adobes colosales cayeron como
juicios inexorables, aplastando cabezas y cuerpos en un caos de polvo y gritos
ahogados. El interior de la huaca se colmó por completo, un sepulcro improvisado,
mientras el temblor rugía como un terremoto vengador. Afuera, el caporal huyó,
testigo mudo e impotente de la ira implacable del guardián.
Al fin, el guardián de la Huaca de
los Caciques había triunfado: los cien chinos, atraídos por el fulgor profano,
yacían enterrados en sus profundidades. No solo había preservado los tesoros,
sino que había nutrido a la huaca y sus espíritus con ofrendas humanas,
perpetuando el ciclo mítico.
Aquellos cien sacrílegos chinos se
convertían en gentiles eternos, ofrendas involuntarias en el corazón de Tres
Huacas, donde el mundo de abajo devoraba a los imprudentes y el eco de los
mochicas perduraba en silencio eterno.
Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.