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lunes, 16 de marzo de 2026

DE BRUJA A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.

  DE BRUJA A CHANCHA Y SUS CHANCHITOS.

(Cuento Tradicional de Chiquitoy).

La vasta campiña de Chiquitoy e Iparraguirre, en el sector Túpac Amaru del poblado de Chiquitoy, no es solo tierra de cultivo eterno. Es un lugar donde el barro guarda memoria de pisadas antiguas, donde los primeros asentamientos se hundieron en tierra fértil y silencio. Allí, en tiempos antiguos con los primeros asentamientos dispersos, se haría popular el relato de la bruja convertida en chancha y sus chanchitos.

La campiña, tenía casas de adobe con techos de quincha o chozas de caña brava sostenidas por horcones de algarrobo y techos con totorales.

En la parte baja, discurre la acequia La Barranca, murmurando sin descanso el sentir de la vida. Arriba, las sangrías de agua serpentean, dando vida a la tierra fértil… o quitándosela, según quién la pise.

Los ancianos de la zona no hablaban de Faustina como de una mujer. Decían que era una bruja matrera con poderes sobrenaturales porque había devorado sus propias etapas:

Fue bruja doncella,

bruja madre

y ahora era bruja anciana.

Con cada etapa acumulada, sus poderes se volvían inalcanzables. Podía transformarse en cualquier bestia, pero la forma que más la reclamaba era la de chancha: una cerda enorme, negra, de gruñidos que resonaban por toda la campiña como truenos lejanos y malvados. Además, decían que podía volar para ver a sus presas.

En las afueras de su choza humilde, criaba siete chanchitos negros de una docilidad perturbadora; los alimentaba siempre con una ternura que helaba la sangre. Complementan siete gallinas negras que picoteaban en círculos rituales y eternos.

Dentro de la casa le acompañaba un gato negro que parecía tinta derramada sobre las tinieblas e inspiraba miedo porque no parpadeaba.

Sobre la mesa estaba su guardián y protector: una calavera para que cuide y espante a los intrusos con sus cuencas vacías que parecían seguir a los intrusos.

Un jueves por la mañana, Faustina vio al gato acicalarse la cara con movimientos frenéticos. Interpretó de inmediato: visita para un amarre o daño.

Por la tarde, dos personas de la campiña la buscaron. Ella estaba en el interior de su vivienda rodeada de materiales hechiceros como: botellas con grasa de culebra, sangre de carnero, sesos resecos de chucheque, enjundias de batracios, cuentas mágicas en rosarios, zumo de cebollas fermentadas, pedazos de San Pedro, mullos rojos, huacos antiguos y espadas oxidadas. En una alacena: cabellos rubios de duende envueltos en imanes, colas de lagartija, plumas de shingo, telarañas de viuda negra. Cerca de ella una olla de barro con la que preparaba una sopa de serpientes. Al rato, tenía en la mano una muñeca de tela que claveteaba con alfileres; entre otras pócimas y menjunjes que hacían de la malera bruja digna de la herejía. El aire olía a podredumbre dulce y azufre.

Tocaron y Faustina con voz de terror le dijo: ¡los invito a pasar!

Los visitantes entraron temblando. No era miedo al rechazo: era terror de reconocimiento, de verse reflejados en lo que pedían. Cuando hablaron, dijeron que necesitan de sus artes para encomendarle un trabajo.

Faustina los miró con ojos hundidos.

—¿Qué desean? Atraer a una mujer… sembrar odio y envidia… impedir prole… causar enfermedades… matar… quitar el juicio… o aridecer la tierra.

Con voz quebrada por la envidia, pidieron lo último: arruinar los campos del vecino con quien tenían enriedos y disputaban linderos. Querían plagas, esterilidad total, que la cosecha a punto de madurar se pudriera para que el agricultor abandonara su chacra y que su familia pasara hambre.

Faustina aceptó porque ya tenía el remedio. Los campesinos se marcharon asustados.

En el camino ambos se santiguaron, pero el hedor invisible de la bruja ya se les había pegado a la piel. El perdón no alcanza a quien siembra ruina ajena.

Un viernes de luna llena, la vela sobre la calavera chisporroteó y soltó humo negro. Faustina miró a la calavera y preguntó: “¿Envidia o chisme?”. La respuesta fue un gruñido del gato negro desde el suelo. Se hizo entonces una sobada con piedras de huaca para contrarrestar el chisme.

Un martes 13 a la media noche, salió por el daño. La bruja Faustina se transformó en chancha con cuerpo rechoncho, piel negra, áspera y ojos fulgurantes como brasas. Los siete chanchitos hicieron lo mismo, ya no eran dóciles sino feroces, colmilludos y con ojos rojos que la seguían. Ella, lideraba ferozmente a la piara de chanchos por chacras y caminos, gruñendo fuertemente.

Ya las casas dispersas, habían cerrado temprano ante el temor extendido de que no solo arruinaban cosechas, también buscaban niños para beber de su sangre y comer su corazón, porque eso rejuvenecía a la bruja.

Los pobladores como protección, colgaban detrás de los umbrales pencas de sábila y la planta mortal de las brujas: el chamico colocado en la entrada de las puertas que las enloquece y mata.

En otra parte de la campiña al ocaso, caminaba el agricultor Saturnino de 60 años con su fiel perro. Hacía semanas que había perdido todos sus sembríos a punto de cosecha y ahora su chacra era árida. Culpó a la bruja.

Desde entonces, con rencor, odio y hambre, hacía guardia en cada noche por las chacras de sus amigos esperando encontrar a la bruja para consumar su venganza. Lo intentó sin éxito mucho tiempo.

A las tres de la mañana de esa noche, cansado de la vigilia regresaba con su perro inseparable, a la vera de la acequia La Barranca, rodeado de sauces llorones.

De pronto, el perro se inquietó y aulló. Alguien va a morir sentenció el anciano. Continuaron hasta que oyó gruñidos. El odio brotó como sangre. Era el momento esperado.

Al pie de la acequia La Barranca, la chancha se revolcaba en el lodo como marcando su territorio. Luego, se echó de lado para amamantar a los chanchitos con un ritmo deforme.

Saturnino, llevaba un machete al cinto y ramilletes de chamico en ambas manos. Vio la escena. Lentamente se acercó a ver. Era el momento de herirla porque sabía que la chancha era vulnerable si interrumpía el rito.

Corrió hacia la chancha, ella se levantó rápidamente y embistió al campesino, pero él la esquivó golpeándola con las espinas del chamico. La bestia chilló, un grito que sonaba a mujer. Las espinas se clavaron, extrayendo sangre negra. El perro, se lanzó contra los siete chanchitos en una pelea feroz de colmillos y gruñidos.

La chancha retrocedió, herida. Saturnino la seguía golpeando sin parar hasta que los chanchitos se interpusieron, pero él los dispersó con golpes de la planta mortal. La bruja, en el fango, intentaba huir.

De pronto, apareció un viento imposible que azotó los sauces. Uno de los más antiguos, con raíces carcomidas por el agua; o por el peso de pecados, crujió y se desplomó. El tronco cayó sobre el lomo de la chancha, hundiéndola en el barro.

Saturnino, se acercó exhausto. Había encontrado justicia.

Bajo la luna enferma, vio la transformación inversa: el cuerpo de cerda se encogió, el pelo se volvió harapos negros, las pezuñas se alargaron en dedos humanos retorcidos.

Allí yacía Faustina, aplastada, con espinas de chamico clavadas por todo el cuerpo. Sus ojos aún brillaban rojos un instante antes de apagarse.

Los siete chanchitos huyeron, fundiéndose con las sombras de los maizales.

Saturnino huyó con su perro, temiendo ser acusado de asesinato. En casa empezó a rodear su cama con círculos de sal y ceniza de chamico. Pensaba que los pequeños marranos iban a ir a buscarlo.

Al día siguiente, encontraron a la anciana bajo el sauce. “Se ahogó en el barro”, “Un accidente”, dijeron.

Desde entonces, en noches de luna llena, cuando el viento sopla fuerte por La Barranca, algunos juran oír gruñidos, risas y voces extrañas que llaman con acentos de otro mundo. Y juran que en el barro húmedo de las orillas de La Barranca aparecen siete pares de huellas pequeñas… que no llevan a ninguna parte. Esperan. Pacientes. Sabiendo que la envidia nunca muere del todo. 


Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.


sábado, 7 de marzo de 2026

LA MALDICIÓN DE TRES HUACAS: 100 CHINOS ENTERRADOS VIVOS.

Cuento tradicional: Santiago de Cao - Chiquitoy


En la década de los treinta, bajo el sol implacable del valle Chicama, se erguía un coloso de adobe ancestral cerca de Santiago de Cao y Chiquitoy conocido como Tres Huacas, silencioso e imponente reinaba como centinela de un imperio que se negaba a morir sobre los vastos campos de caña de azúcar de la Hacienda Chiquitoy.

Todos los naturales y mestizos de la zona sabían que Tres Huacas era única en el valle de Chicama, porque tenía tres entidades jerárquicas:

Huaca de la Nobleza, elevándose como un trono divino;

Huaca de los Caciques, corazón de poder terrenal;

y Huaca del Pueblo, humilde guardiana de las masas.

Bajo las moles de una de sus huacas, quedaría sellado el destino de cien hombres chinos, en un pacto de sangre y codicia.

Todo comenzó con un brillo prohibido.

En la Casona Colonial de Chiquitoy, el arrendatario Luis José de Orbegoso recibía con cordialidad al arqueólogo Rafael Larco Hoyle. El encuentro tenía un aire casi familiar: no hacía muchos años; el tío de Rafael, Víctor Larco Herrera había sido arrendatario de todas aquellas tierras y el trato respetuoso con los trabajadores que incluía a culíes chinos había dejado huella.

Orbegoso sabía bien que Larco Hoyle vivía apasionado por las piezas del pasado, por los vestigios que hablaban en silencio. Tras darle la bienvenida y compartir conversación, le anunció que le tenía una sorpresa.

Dos hombres de ojos rasgados, trabajadores chinos de piel curtida por el surco, entraron portando dos costales de yute que parecían pesar más que el oro mismo.

 De su interior extrajeron, primero, cerámicas escultóricas y realistas de trazos finos y otras de escenas pictóricas que narraban escenas olvidadas; luego, el aire se detuvo cuando el brillo prohibido del oro rompió la penumbra: un pectoral Mochica finamente repujado de oro destelló como el fuego de un sol antiguo.

Era el regalo de gratitud de los culíes, era un gesto de lealtad que brotaba de las entrañas de la tierra por el trato benevolente de su tío Víctor Larco hacia aquellos migrantes del Lejano Oriente.

Rafael Larco, quedó maravillado al ver el pectoral Mochica que capturaba la esencia de los dioses olvidados, con incrustaciones que evocaban serpientes entrelazadas y rostros feroces de señores del desierto.

Un silencio atónito lo envolvió, hasta que las palabras de gratitud brotaron como un manantial tardío.

Luego, preguntó casi en un susurro, de dónde provenían aquellas riquezas y los chinos con la franqueza de quienes honran deudas antiguas, revelaron que provenían de una de las huacas de Tres Huacas llamada Huaca de los Caciques, en el lado norte y que mira a Chiquitoy.

Y añadieron algo más, con voz baja: allí hay mucho más.

No dijeron nada más y se marcharon como sombras que se disipan al alba.

Aquella noche, Larco Hoyle escudriñó los huacos y la pectoral bajo la luz titilante de una lámpara, admirando la maestría de los artesanos mochicas que habían domado el metal como si fuera un sueño maleable. El insomnio lo acechó, alimentado por las palabras de los chinos: "Hay más". Una codicia ancestral, teñida de anhelo científico, se enredaba en su mente como raíces de un algarrobo en la arena.

A la mañana siguiente pidió a Orbegoso una cuadrilla de cien hombres para desentrañar los secretos de Tres Huacas. Orbegoso accedió, con la condición de que todos los gastos corrieran por cuenta del arqueólogo.

Se convocó entonces a peones naturales y mestizos de Llamipe, Santiago de Cao y Chiquitoy. Larco les explicó bajo el cielo vasto que se trataba de una misión arqueológica, que debían excavar profundamente en la Huaca del Cacique de Tres Huacas, durante dos semanas con pago generoso.

Los hombres se miraron entre sí. Conversaron en voz baja. Finalmente, se negaron.

Sabían por tradición y por sangre, que Tres Huacas no era un montículo cualquiera.

Tenía un mundo de arriba y un mundo de abajo.

Excavar en su interior era ingresar al reino subterráneo, donde vivía el encanto y el guardián espiritual que se encargaba de cuidar a la huaca y de alimentarlo con ofrendas humanas. Profanarlo, era invitar a la ira de los ancestros.

Ante la negativa, Larco optó por reclutar a cien chinos de Chiquitoy y Santiago de Cao, ajenos a los temores locales o quizás impulsados por una necesidad más imperiosa, aceptaron el desafío. Guiados por un caporal afrodescendiente, partieron en carretas hacia el montículo sagrado, llevando consigo palanas, botes de agua y la audacia de los que nada tienen que perder.

La primera semana fue un preludio de arcilla. A cinco metros de profundidad, la tierra entregó huacos y promesas.

 Pero en la segunda semana, el aire dentro del socavón se volvió espeso, la luz del día desapareció, reemplazada por el resplandor vacilante de las lámparas.

Mientras el caporal vigilaba desde la entrada, los cien hombres se bifurcaron en cinco túneles como raíces de algarrobo, hurgando el corazón dorado en las entrañas de la pirámide.

A veces, un murmullo de agua subterránea parecía advertirles, pero el eco de la codicia era más fuerte.

Un viernes, el sol alcanzaba el cenit afuera mientras los cien chinos con destreza ya se habían

adentrado más en los túneles; cuando de pronto, una de las cuadrillas estalló en risas eufóricas cuyo eco se propagó como un hechizo.

Habían encontrado finalmente, el tesoro que iluminaban sus rostros almendrados y las paredes, al lado de unos huesos humanos de yungas pulverizados, testigos mudos de guerreros olvidados.

Se detuvieron, hipnotizados por la visión irreal, cuando de pronto la huaca vibró con una desgracia sísmica como si lo hubieran herido en el corazón.

Los chinos, habían escuchado que la tradición local decía que cuando una huaca tiembla es porque tiene sed, pedía de beber; entonces, el moreno caporal desde afuera les alcanzó una calabaza llena de chicha que los chinos rociaron en el suelo polvoriento para aplacar la sed de la huaca y luego todos los chinos se sentaron a descansar.

Pero, el temblor retornó, más insistente, como si despertaran a una bestia que quiere beber sus almas y no chicha.

Repentinamente, alguien preguntó por qué no sacaban el tesoro de inmediato. El moreno caporal respondió que las órdenes de Larco, eran que nada debía tocarse porque pretendía descifrar cualquier enigma.

Mas la ambición, esa sierpe insidiosa, los impulsaría a que sigan cavando más profundo. Y eso quería la astuta huaca, porque sabía que ya los había encantado.

Encontraron tesoros adicionales de oro y la alegría de los cien chinos se multiplicó como estrellas en la noche yunga.

De pronto, pequeños pedazos de adobe comenzaron a desprenderse de la galería, advertencias ignoradas en la vorágine de la codicia.

Súbitamente, la estructura vibró y el remezón creció en furia telúrica. El pánico se asomó en las caras de los chinos mientras las lámparas una a una se apagaban como si fueran sopladas por un aliento gélido, sumiéndolos en tinieblas aterradoras.

Y al intentar huir, ahora divisaban en la entrada una silueta ominosa del guardián que se había manifestado: una forma etérea, forjada de sombras y rencor ancestral, obstruyendo el escape.

Paralizados, sus cuerpos se convirtieron en estatuas de terror, mientras el ente, enfurecido, golpeaba las paredes con su porra mítica y pisoteaba el suelo con estruendo divino.

Adobes colosales cayeron como juicios inexorables, aplastando cabezas y cuerpos en un caos de polvo y gritos ahogados. El interior de la huaca se colmó por completo, un sepulcro improvisado, mientras el temblor rugía como un terremoto vengador. Afuera, el caporal huyó, testigo mudo e impotente de la ira implacable del guardián.

Al fin, el guardián de la Huaca de los Caciques había triunfado: los cien chinos, atraídos por el fulgor profano, yacían enterrados en sus profundidades. No solo había preservado los tesoros, sino que había nutrido a la huaca y sus espíritus con ofrendas humanas, perpetuando el ciclo mítico.

Aquellos cien sacrílegos chinos se convertían en gentiles eternos, ofrendas involuntarias en el corazón de Tres Huacas, donde el mundo de abajo devoraba a los imprudentes y el eco de los mochicas perduraba en silencio eterno.


Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.


martes, 24 de febrero de 2026

“CHIQUITOY: EL TREN TORITO No 5 Y SU HISTÓRICO RECORRIDO POR EL VALLE CHICAMA”

Se encuentra ubicada en el Ex club cooperativo del poblado de Chiquitoy, distrito de Santiago de Cao, provincia de Ascope. Sus coordenadas son latitud 7o 55” 31´ sur, longitud 79o 12” 34.64´ Oeste, región La Libertad. A este lugar antiguamente se le llamaba Huerta de la Hacienda por los antiguos hacendados y arrendatarios de Chiquitoy y Club Cooperativo cuando la Negociación Agrícola de Chiquitoy pasó a manos de los trabajadores durante el cooperativismo en el gobierno del presidente Juan Velasco Alvarado. Actualmente es parte de la Empresa Agraria de Chiquitoy.
Lo peculiar de este tren con arduo trajinar es que se encuentra encima de un monumento arqueológico Pre Inca, la Huaca Chiquitoy, a 10 m de altura. Fue puesta allí en la década del 70 por orden del administrador de Chiquitoy, ingeniero Gonzalo Palacios, que había escuchado de sus recorridos esforzados entre los tramos Huanchaco-Tres Palos-Chiquitoy-Roma. Según dicho administrador y gerente, este aventurero debía terminar en lo alto porque se lo había ganado. Hizo las gestiones con la entonces Cooperativa Agraria Cartavio Limitada No 39, cuyo Gerente General Jaime Escobal accedió inmediatamente. Por esos tiempos, Chiquitoy era un anexo de Cartavio junto con Chiclín, Salamanca, Sintuco, Nepén, Nazareno y Moncada. Con sus grúas de hilos, finalmente lograron posar a la locomotora en lo más alto de la huaca, designada para tal fin.
Tiempo después, el administrador de Chiquitoy, Gonzalo Palacios, contaría que, si había una piedra enorme que fue puesta sin grúa en la cima del cerro Piedra Parada, cerro Rupipe, como símbolo del poderío en la cultura Chimú, podía haber otro sobre la cima de la Huaca en Chiquitoy y que mejor con el tren que tuvo muchas proezas y hazañas en sus recorridos esforzados. Esta máquina estuvo en operación desde el año 1900 y fue traída desde los Estados Unidos por la empresa naviera Grace.
 Los trabajadores de la época escucharon que los norteamericanos administradores de Cartavio solían llamarlo bully, del inglés bully que significa torito porque cargaba tres carretas más que el resto. Por ello quedó con ese nombre. Actualmente es un símbolo del poblado de Chiquitoy y fue restaurada en el año 2008. Esa reparación estuvo a cargo por mecánicos de la localidad que pusieron todo de sí para que no perdiera su estampa inicial. La locomotora Torito número cinco y el tramo que recorría entre Huanchaco-Tres Palos-Chiquitoy-Chiclín-Roma tenía las siguientes características.
CONSTRUCTOR DEL TREN: The Boldwin Locomotive Works.
PROCEDENCIA: Philadelphia, Estados Unidos.
CLASE: 0 a 40. Cero ejes delanteros. cuatro ejes tractores o ruedas acopladas y cero ejes traseros de 10 cilindros por 14 pulgadas con capacidad de 15 TN.
NOMBRE, torito número 5 o Bully. Maquinistas era operado por dos operarios de Chiquitoy, el maquinista responsable de controlar la locomotora en su conjunto y el fogonero a cargo del fuego, la presión y el agua.
TENDER tenía un tender o carbonera en la parte de atrás que era remolcado por el tren en el que llevaba consigo el agua y el carbón o leña, combustible, uso de madera o leña, carbono o brosa de caña de azúcar. También se usó adicionalmente cebo para encendido de la leña, aceite, mantenimiento de máquina e hilaza o wipe para la limpieza del personal y máquina. USO. El torito número cinco fue usado exclusivamente para uso particular. Su ruta de transporte era Chiquitoy, Chiclín, Roma, transporte de caña de azúcar para molerla. Roma, Chiquitoy, Tres Palos, Puerto de Huanchaco, transporte de bolsas de azúcar para exportación y para el transporte interno de personal en sus recorridos por la vía Huanchaco, Tres Palos, Chiquitoy, Chiclín, Roma y Viceversa.
AGUA: Abastecimiento de agua para llenar el tender en Roma, Chiclín, Chiquitoy y Huanchaco. RIELES: Los rieles eran americanos marca Vignole. Pesaban 15 kg por metro para las líneas fijas y de 10 kg por metro para las movibles.
ALTITUD DE DESPLAZAMIENTO: la vía Huanchaco, Tres Palos, Chiquitoy, Chiclín, Roma, iba desde el nivel del mar hasta una altitud de 165 m. El punto más alto, Roma. Tenía a Huanchaco, 6 msm, Tres Palos, 8 msnm, Chiquitoy, 41 msnm, Chiclín 116 msnm y Roma 165 msnm.
TROCHA: ancho debía 0,914 m, tres pies.
CURVAS. Los radios de más curvatura eran de 120 m en Roma, Puente Victoria y tres palos cerca a la playa del mismo nombre.
TRAVIESAS: fueron de madera roja de California de 6 por 8 pulgadas por seis pies, espaciados en dos pies 61 cm.
MANTENIMIENTO: todas las vías tenían suficiente mantenimiento por mecánicos en los tramos Roma Chiclín, Chiclín, Chiquitoy, Chiquitoy Tres Palos Huanchaco. Todos vivían en las localidades cercanas de esos tramos. Puentes, Puente Victoria, Roma, túneles, ninguno. Esta joya forma parte de la historia de los ferrocarriles del Perú y del corazón de todos los Chiquitoyanos que la preservan.

Recopilación: Ing. Víctor Cipirán Barros.