Cierta noche, un trabajador debía conducir desde el distrito
azucarero de Casa Grande hasta Mocollope, pueblo ancestral Mochica con restos
arqueológicos, aún poblado. El trayecto era de veinte minutos.
Mientras recorría la ruta, divisó a una joven solitaria que le hacía señas para que la recogiera.
La muchacha era singular, porque tenía el cabello rubio, ojos claros y piel muy blanca; vestía de forma sencilla, elegante y llevaba una casaca doblada sobre el brazo. Ninguna otra chica de la zona se le parecía.
Pensó inmediatamente, que podría ser algún familiar o visita de los alemanes dueños de la fábrica Casa Grande.
El conductor detuvo el camión y la invitó a subir. Durante el trayecto conversaron amenamente: él le preguntó su nombre, su edad y a qué se dedicaba. El diálogo era fluido y ameno mientras la luna llena, iluminaba todo el entorno con inmensos cañaverales.
El trabajador, quedó cautivado por la belleza de la joven y su forma de ser, ello lo impulso internamente a pretenderla con piropos y palabras elegantes. Tenía la esperanza de conocerla mejor y ser alguien más en su vida.
Sin embargo, en medio de la charla, la joven rubia le pidió que la dejara exactamente en el lugar donde se ubicaban. El conductor se sorprendió, pues era un paraje desolado, carente de viviendas.
—¿Estás segura de que quiere bajar aquí?
— ¿Deseas que te acompañe por seguridad? —preguntó él con extrañeza.
Ella insistió en que no se preocupara.
Entonces, el trabajador frenó contrariado; luego, la joven agradeció, se despidió y descendió en el lugar indicado. No obstante, apenas reanudó la marcha, notó que ella había olvidado su casaca en el asiento. Se detuvo nuevamente y bajó del vehículo para entregársela; pero para su sorpresa, la joven rubia ya no estaba por ningún lado. No entendió nada.
Caminó unos pasos en la dirección que ella supuestamente había tomado, llamándola por su nombre, hasta que tropezó con una tumba. Al observar la lápida, descubrió con horror que allí figuraba el nombre de la joven.
En ese instante, el hombre arrojó la prenda a la lápida, corrió hacia el camión y huyó de regreso a Casa Grande. Allí, con incredulidad y sobresalto, relató lo vivido a sus amigos que sentenciaron: «Has visto a la gringa de Mocollope».
Unos dicen que es la hija de un alemán con una bella dama de Mocollope, que murió en un accidente ferroviario por algún lugar de la ruta en que aparece, durante la época de los Gildemeister, dueños de la fábrica de Casa Grande.
Se dice también que, si alguien la recoge, ella siempre olvida un objeto adrede; si el conductor lo conserva, está condenado a morir.
Finalmente, otros afirman que suele seducir a quien la ayuda, para luego transformarse en un cadáver putrefacto o en un esqueleto. El horror, hace que el conductor pierda el control y se estrellen en la alameda de ficus que abundan en la zona, lo que explicaría los numerosos accidentes repentinos, ocurridos en ese paraje de tránsito y muerte.
Mientras recorría la ruta, divisó a una joven solitaria que le hacía señas para que la recogiera.
La muchacha era singular, porque tenía el cabello rubio, ojos claros y piel muy blanca; vestía de forma sencilla, elegante y llevaba una casaca doblada sobre el brazo. Ninguna otra chica de la zona se le parecía.
Pensó inmediatamente, que podría ser algún familiar o visita de los alemanes dueños de la fábrica Casa Grande.
El conductor detuvo el camión y la invitó a subir. Durante el trayecto conversaron amenamente: él le preguntó su nombre, su edad y a qué se dedicaba. El diálogo era fluido y ameno mientras la luna llena, iluminaba todo el entorno con inmensos cañaverales.
El trabajador, quedó cautivado por la belleza de la joven y su forma de ser, ello lo impulso internamente a pretenderla con piropos y palabras elegantes. Tenía la esperanza de conocerla mejor y ser alguien más en su vida.
Sin embargo, en medio de la charla, la joven rubia le pidió que la dejara exactamente en el lugar donde se ubicaban. El conductor se sorprendió, pues era un paraje desolado, carente de viviendas.
—¿Estás segura de que quiere bajar aquí?
— ¿Deseas que te acompañe por seguridad? —preguntó él con extrañeza.
Ella insistió en que no se preocupara.
Entonces, el trabajador frenó contrariado; luego, la joven agradeció, se despidió y descendió en el lugar indicado. No obstante, apenas reanudó la marcha, notó que ella había olvidado su casaca en el asiento. Se detuvo nuevamente y bajó del vehículo para entregársela; pero para su sorpresa, la joven rubia ya no estaba por ningún lado. No entendió nada.
Caminó unos pasos en la dirección que ella supuestamente había tomado, llamándola por su nombre, hasta que tropezó con una tumba. Al observar la lápida, descubrió con horror que allí figuraba el nombre de la joven.
En ese instante, el hombre arrojó la prenda a la lápida, corrió hacia el camión y huyó de regreso a Casa Grande. Allí, con incredulidad y sobresalto, relató lo vivido a sus amigos que sentenciaron: «Has visto a la gringa de Mocollope».
Unos dicen que es la hija de un alemán con una bella dama de Mocollope, que murió en un accidente ferroviario por algún lugar de la ruta en que aparece, durante la época de los Gildemeister, dueños de la fábrica de Casa Grande.
Se dice también que, si alguien la recoge, ella siempre olvida un objeto adrede; si el conductor lo conserva, está condenado a morir.
Finalmente, otros afirman que suele seducir a quien la ayuda, para luego transformarse en un cadáver putrefacto o en un esqueleto. El horror, hace que el conductor pierda el control y se estrellen en la alameda de ficus que abundan en la zona, lo que explicaría los numerosos accidentes repentinos, ocurridos en ese paraje de tránsito y muerte.
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