martes, 12 de mayo de 2026

EL SÓTANO DEL DIABLO.

 

EL SÓTANO DEL DIABLO:

 EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.

CUENTO DE CARTAVIO.


Hubo un tiempo en que Cartavio no era más que una hacienda próspera, rodeada de cañaverales interminables y envuelta en el dulce olor del azúcar hirviendo. De día, la fábrica rugía como una bestia satisfecha; de noche, a humo, hierro caliente… y algo más difícil de nombrar.
La prosperidad parecía bendecir al ingenio azucarero. Las chimeneas no descansaban y el oro dulce viajaba a todo el interior del país. Pero toda bonanza, dicen, tiene un precio. Y alguien vino a cobrarlo.
No tenía sello. No tenía remitente visible. Solo un sobre húmedo, oscuro… como si hubiera sido empapado en sangre fresca. Al abrirlo el hacendado y dueño, un hedor metálico invadió la oficina.
El mensaje escrito con sangre no pedía. Ordenaba.
Construir un sótano bajo una de las chimeneas principales. Y luego, llevar allí como fidelidad a un operario: inconsciente, desnudo… vivo. Si no obedecía, la fábrica caería en desgracia.
La firma era peor que el contenido. Decía: PEDRO BOTERO.
Todos conocían ese nombre, porque los clérigos decían que era el encargado de alimentar con fuego a las calderas del infierno.
El hacendado sintió un frío subirle por todo el cuerpo. Pero el orgullo pudo más que el miedo. Mandó construir el sótano; por si acaso, e ignoró la segunda orden. Se convenció de que era una broma grotesca.
Fue entonces cuando comenzaron las fallas.
Primero, pequeñas. Una válvula rota. Un engranaje detenido. Luego, incendios repentinos, calderas que reventaban sin causa, máquinas que se negaban a funcionar como si tuvieran voluntad propia.
Los obreros empezaron a murmurar. Algunos juraban ver sombras moviéndose dentro del vapor. Otros decían escuchar golpes… desde debajo del suelo.
La producción cayó. La ruina se acercaba.
Y entonces llegó la segunda carta.
Esta vez, el hacendado no dudó.
Esa misma noche organizó una cuadrilla de hombres de confianza. No hicieron preguntas. No era necesario. En aquellas tierras, la vida de un operario valía menos que una herramienta. Salieron en silencio, como cazadores y eligieron al más cercano.
El golpe fue seco. El sonido del fierro contra el cráneo resonó como un martillazo en una tumba. El operario cayó sin siquiera entender su destino.
Lo arrastraron.
El sótano aún olía a tierra seca y carbón. Lo desnudaron, dejaron sobre el piso caliente y esperaron.
Y el infierno respondió.
Primero vino el olor. Azufre. Intenso. Asfixiante.
Luego, la neblina. Y finalmente… la luz.
Una luz roja, opaca, como si naciera del interior de la tierra misma.
Nadie vio claramente lo que apareció. Nadie se atrevió a mirar directamente. Pero, todos sintieron lo mismo: una presencia antigua… hambrienta.
El cuerpo del operario se elevó apenas del suelo… y desapareció.
No hubo grito, no hubo rastro, solo silencio.
Al día siguiente, dijeron que había sido un accidente. Nadie preguntó demasiado. Nadie quería saber.
Y la fábrica… volvió a prosperar. Pero el precio ya estaba fijado.
Cada cierto tiempo, llegaba una nueva carta. Y cada vez, la cuadrilla del terror cumplía sin vacilar. Golpes en la noche a un operario. Cuerpos arrastrados. Mentiras repetidas a la familia:
“Hubo un accidente”, “fue enterrado”, “Cubrieron los gastos”.
Con los años, los hombres de la cuadrilla se convirtieron en devotos del diablo.
En el sótano comenzaron a realizar cánticos. Lenguas que no entendían. Rituales que no recordaban haber aprendido. Sus ojos brillaban con una fe enferma.
Y cada vez que el diablo venía… algo de ellos se quedaba con él.
Hasta que una noche, algo salió mal. El elegido por el diablo era un peón fuerte, casi salvaje. Resistió el golpe más de lo esperado. Su respiración seguía viva… luchando.
Lo llevaron igual al sótano.
El ritual comenzó y lo ofrecieron.
El aire volvió a pudrirse. La neblina llegó. La luz roja palpitó como un corazón infernal.
Los hombres ya no eran hombres. Sus ojos estaban desorbitados. Sus voces eran otras.
Entonces apareció.
Más claro que nunca.
Una figura imposible. Deforme. Con ojos como brasas encendidas y extremidades que no parecían pertenecer a ningún cuerpo humano.
Tomó al operario por los pies.
Y comenzó a arrastrarlo.
Pero esta vez…
la víctima despertó.
Sintió el arrastre. El calor. El olor.
Y vio… lo que nadie debía ver.
Gritó.
Se aferró al suelo. Sus uñas se rompieron contra la piedra. Sus músculos temblaban.
Entonces, a ciegas, su mano tocó una palana.
La levantó.
Y golpeó.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Un chillido desgarró el aire, un sonido que no era de este mundo.
Las garras que lo sujetaban se aflojaron.
La figura retrocedió… y se desvaneció en la neblina.
El peón se levantó, temblando, con la palana aún en las manos. La luz roja seguía ahí. El olor también.
Y entonces los vio.
Uno por uno, los miembros de la cuadrilla comenzaron a convulsionar. Sus cuerpos se arqueaban de forma imposible. Sus bocas se abrían demasiado… como si algo dentro quisiera salir.
O entrar.
Sombras se desprendían de ellos.
Almas arrancadas como carne.
Arrastradas hacia la oscuridad. Sus cuerpos cayeron al suelo, vacíos.
Muertos.
En segundos, todo terminó.
Silencio.
El operario escapó como pudo.
Cuando regresó con ayuda, el sótano aún estaba caliente… pero en silencio.
Entonces, los cuerpos de la cuadrilla asesina fueron arrojados a los hornos de las chimeneas para resguardar sus vidas de próximos ataques. Los odiaban y nadie quiso enterrarlos.
El sótano fue bendecido con agua bendita, ruda y oraciones temblorosas. Cubrieron las paredes con imágenes de la Virgen. Sellaron la entrada con piedra, sal y cemento.
Dicen que desde entonces no volvió a haber cartas.
No volvió a haber pedidos.
Pero algunos obreros juran que, en las noches más calientes…
cuando el viento no sopla…
y las chimeneas parecen susurrar…
se puede oír algo debajo.
Algo que raspa.
Algo que espera.
Pacientemente.
A que alguien… vuelva a abrir.
El sótano.
 

EL SAUCE LLORÓN Y LA LLORONA.

 EL SAUCE LLORÓN Y LA LLORONA.
(CUENTO DE CHIQUITOY)


En la entrada del poblado de Chiquitoy, rodeado de caña de azúcar desde principios de la conquista española; había un pozo en la década de los 50, del que se extraía agua con una bomba, que discurría por un canal que iba en medio de las calles Arequipa, Lima y al pie la Calle Libertad. A 50 metros de distancia estaba la acequia La Barranca abastecida por puquiales de agua desde siempre. En ambos lados, tenía hileras de sauces que con el viento producían ruidos lastimeros.
En esa acequia se erguía un sauce ancestral, que no era un árbol cualquiera. Sus ramas caían con una pesadez melancólica, rozando la superficie en la acequia profunda que alimentaba los campos de caña de azúcar y maíz. Los lugareños, sentían mucho respeto por aquellos sauces y nadie se atrevía a pasar cerca de ellos una vez que el sol se ocultaba por el mar.
Se decía que ese sauce, no solo bebía agua de la tierra, sino también las almas de las personas perversas que vagaban por la noche para fortalecer su madera robusta.
Y lo decían, porque el esbelto sauce era el que más se lamentaba con el paso del aire entre sus ramas, otros juraban que no era el aire sino el alma del sauce llorón el que sollozaba.
Después de un tiempo, se enterarían que causaba semejante lamento.
A medida que las sombras se alargan y el reloj marca las diez de la noche, el sauce parece absorber la poca luz que queda, como un agujero negro en medio del campo. Sus hojas, largas y afiladas como navajas de esmeralda, dejan de mecerse con el viento y comienzan a vibrar con un pulso propio, rítmico y viscoso. El aire alrededor del árbol se vuelve denso, cargado de un olor a fermento, a flores marchitas y a carne de peces.
Cuando el reloj marca finalmente las 11:00 pm, ocurre la transmutación. No hay un estallido, ni un trueno. Es un proceso fluido, casi orgánico, natural. La corteza grisácea del tronco empieza a reblandecerse, deshaciéndose en tiras de piel muerta que se transforman en una tela nívea y raída que ondea sin necesidad de brisa. Las ramas que antes buscaban el suelo se elevan con un crujido de huesos fracturados y se entrelazan, formando el contorno de una figura humana. Las raíces se desprenden del fango con un sonido similar al de un suspiro ahogado por la sangre, y de la densa copa del árbol emerge un rostro hermoso con belleza lunar, ojos llorosos y violenta tristeza. En el lugar donde estaba el sauce llorón, ahora se yergue La Llorona, bella joven encantada por los espejismos del puquio que enamorado de ella la ahogaría mientras se lavaba el rostro para siempre tenerla.
Con un paso que no toca el suelo, sino que flota sobre una bruma de escarcha, ella comienza su errancia maldita. Su destino son los canales, las acequias y los puquios.
En las acequias: Se desliza como una mancha blanca. Si un campesino la mira, no verá una mujer, sino un vacío que devora la cordura. El agua a su paso se vuelve negra, cargada de la hiel de sus recuerdos.
En el puquio: Aquí su dolor se vuelve carnicero. Se arrodilla y sumerge sus dedos, buscando en el fondo los huesos que el puquio retiene desde su muerte y llora con desesperanza. Las burbujas que suben del manantial parecen gritos ahogados de quienes cayeron en sus aguas.
Cerca de la 13:00 am, llega a las calles Libertad, Arequipa y Lima en ronda con llantos dolorosos buscando a niños que no pudo tener para llevárselos. Su vestido, hecho de la esencia de las hojas blancas, arrastra una pesadez que hace crujir las vigas.
A esa hora, ya todas las personas dormían bien encerrados en sus casas cuidando a sus hijos, otros adultos escuchaban sus llantos tristes desde sus cuartos.
Se cuenta que un día, un arriero la vio de espaldas y, al intentar ayudarla, ella reveló su verdadero ser: una cara blanca con ojos llorosos y cuyas lágrimas caían al agua del canal. El hombre quedó mudo, con el alma seca, pues ella no solo asusta, ella consume la energía de los vivos para alimentar al árbol que será al amanecer.
A las 3:45 AM, la urgencia de la tumba invade al espectro. Ella no pertenece al sol. Abandona las calles y regresa al recodo de la acequia, arrastrando sus pies cubiertos de barro y restos humanos. A las 4:00 AM, el proceso se invierte con una violencia silenciosa. Sus pies se hunden en la tierra como estacas; su vestido se endurece en una corteza rugosa que atrapa los lamentos en su interior; sus brazos caen pesadamente, bifurcándose en ramitas que vuelven a buscar el agua de la acequia para limpiar la sangre de la noche.
El pueblo estaba horrorizado por las noches de llantos en las noches de luna llena. Entonces acudieron a Julián, un anciano de 70 años que conocía el lenguaje de las almas y las sombras, quien decidió ayudar para que el horror y la pena cese. Entonces, en una noche de luna llena se dirigió a la acequia donde estaba el sauce llorón. A las 11:00 pm, mientras la transmutación desollaba el aire, Julián no huyó. Sabía que debía verla primero para que la Llorona no huya, sino lo hacía, convulsionaría de terror votando espuma por la boca como un epiléptico. Entonces, fue el primero en verla emerger, más alta y bella que nunca.
 No lloró por primera vez, Julián rezaba encomendando el alma de la Llorona a Dios, después le entregó semillas de huayruro que representan el equilibrio entre el bien y el mal; también le entregó un espejo en el puquio sagrado.
—Mírate —le ordenó— Fuiste hecha para sanar, no para castigarte.
Al verse en el espejo, el espectro recordó su origen. El vestido blanco se tiñó de un verde fúnebre pero vivo. Cuando el árbol se reformó a las 4:00 am al pie del puquio, Julián enterró el espejo entre las raíces y las semillas de huayruro que le quedaban. El sauce vibró, un rugido que sacudió los cimientos del pueblo. El horror no desapareció, pero cambió de forma. Ahora, el sauce ya no caza; vigila. La Llorona ya no grita de odio, sino que entona una canción de cuna que mantiene a los niños alejados de las acequias profundas, protegiéndolos de la misma oscuridad del puquio que a ella la devoró.

ESCRITO: Ing. Víctor Cipirán Barros.

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

 

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

(CUENTO DE SANTIAGO DE CAO)



Vivía en nuestro ínclito distrito de Santiago de Cao una buena mujer; que de buena solo tenía el bautismo, pues padecía de esa enfermedad del espíritu que en romance paladino llamamos chismografía. Doña Engracia de 60 años, que así la nombraremos por no herir susceptibilidades de descendientes, tenía el vicio de madrugar más que el sol, no por devoción al rosario, sino por el afán de escudriñar las vidas ajenas tras las cortinas de su ventana, tanto que no había puerta que se cerrara ni susurro que escapara a su oído alerta.
Así pues, una noche; negra como boca de lobo y silenciosa como cementerio, levantóse la mujer, como de costumbre, y se acercó a su ventana para curiosear lo que la calle tuviera a bien mostrarle.
Mas ¡cuál no sería su sorpresa al advertir que por la calle avanzaba una procesión!
No era de esas procesiones alegres que acompañan a los santos en sus fiestas, con banda de músicos y olor a incienso.
No, señor. Aquella era lenta, grave y silenciosa; apenas si el aire parecía moverse con el paso de los acompañantes. Las luces de las velas titilaban como luciérnagas tristes en medio de la noche.
—Algún difunto llevan; murmuró la mujer, frotándose las manos con ese entusiasmo que sólo despiertan las noticias frescas.
Y, fiel a su naturaleza, decidió quedarse mirando para averiguar quién había pasado a mejor vida, con la secreta satisfacción de contarlo al día siguiente a medio vecindario.
Cuando la procesión llegó frente a su casa, uno de los acompañantes; de rostro pálido como cera derretida, alzó la vista hacia la ventana.
¡Hermana! le dijo con voz hueca, acompáñanos al cementerio a enterrar a este señor que acaba de morir.
La mujer, más curiosa que prudente, no supo qué responder. El extraño entonces le alcanzó una vela encendida.
¡Guarda esta luz! añadió. Mañana vendremos por ella. Has de estar lista para acompañarnos al entierro. Volveremos a la misma hora.
Y sin esperar respuesta, la procesión continuó su marcha, perdiéndose lentamente entre las sombras de la calle.
La mujer cerró la ventana, guardó la vela y se fue a dormir, aunque no con sueño tranquilo, pues el corazón le latía como tambor de fiesta.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya calentaba el techo, recordó el extraño suceso. Fue entonces a buscar la vela que le habían entregado la noche anterior.
Pero apenas la tuvo entre sus manos, un escalofrío le recorrió la espalda.
Aquello no era una vela.
Era, ni más ni menos, la canilla de un muerto.
A la infeliz se le heló la sangre y, con las piernas trémulas, corrió a la iglesia para confesarse con el cura del pueblo, un viejo zorro de sacristía que conocía más de almas que de latines. El clérigo, tras escuchar el relato entre hipos y llantos, sentenció con severidad:
—Hija mía, has puesto el ojo donde solo Dios debe mirar. Esa procesión no busca vivos, sino pecadores para su bando.
Si quieres salvar el pellejo, busca a un infante, a un ángel de pecho que ignore la maldad, y hazlo llorar cuando los espectros reclamen su prenda.
Llegada la medianoche, el aire se puso denso como el incienso de difuntos. Los muertos regresaron, reclamando a la "hermana" y su vela. Pero doña Engracia, siguiendo el consejo del párroco, pellizcó con fuerza el brazo de un niño que tenía en brazos. El pequeño soltó un alarido tan puro y desgarrador que las sombras vacilaron.
Y cuentan que apenas lo oyeron, los miembros de la procesión se detuvieron un instante… y luego desaparecieron como humo llevado por el viento.
Cuando Engracia fue a confesarse nuevamente con el sacerdote le explicaría que la inocencia de un niño tiene fuerza suficiente para ahuyentar a los espíritus errantes, y que, de no haber sido por aquel llanto providencial, los misteriosos acompañantes se habrían llevado a la mujer para siempre.
Desde aquella noche, la mujer aprendió la lección. Curóse de su curiosidad malsana y de su lengua desatada, y dicen los vecinos que nunca más volvió a asomarse a la ventana para husmear desgracias ajenas.
Porque hay secretos que la noche guarda… y que sólo los muertos tienen derecho a contar.