martes, 12 de mayo de 2026

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

 

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS: EL ATERRADOR ERROR DE LA ABUELA CHISMOSA

(CUENTO DE SANTIAGO DE CAO)



Vivía en nuestro ínclito distrito de Santiago de Cao una buena mujer; que de buena solo tenía el bautismo, pues padecía de esa enfermedad del espíritu que en romance paladino llamamos chismografía. Doña Engracia de 60 años, que así la nombraremos por no herir susceptibilidades de descendientes, tenía el vicio de madrugar más que el sol, no por devoción al rosario, sino por el afán de escudriñar las vidas ajenas tras las cortinas de su ventana, tanto que no había puerta que se cerrara ni susurro que escapara a su oído alerta.
Así pues, una noche; negra como boca de lobo y silenciosa como cementerio, levantóse la mujer, como de costumbre, y se acercó a su ventana para curiosear lo que la calle tuviera a bien mostrarle.
Mas ¡cuál no sería su sorpresa al advertir que por la calle avanzaba una procesión!
No era de esas procesiones alegres que acompañan a los santos en sus fiestas, con banda de músicos y olor a incienso.
No, señor. Aquella era lenta, grave y silenciosa; apenas si el aire parecía moverse con el paso de los acompañantes. Las luces de las velas titilaban como luciérnagas tristes en medio de la noche.
—Algún difunto llevan; murmuró la mujer, frotándose las manos con ese entusiasmo que sólo despiertan las noticias frescas.
Y, fiel a su naturaleza, decidió quedarse mirando para averiguar quién había pasado a mejor vida, con la secreta satisfacción de contarlo al día siguiente a medio vecindario.
Cuando la procesión llegó frente a su casa, uno de los acompañantes; de rostro pálido como cera derretida, alzó la vista hacia la ventana.
¡Hermana! le dijo con voz hueca, acompáñanos al cementerio a enterrar a este señor que acaba de morir.
La mujer, más curiosa que prudente, no supo qué responder. El extraño entonces le alcanzó una vela encendida.
¡Guarda esta luz! añadió. Mañana vendremos por ella. Has de estar lista para acompañarnos al entierro. Volveremos a la misma hora.
Y sin esperar respuesta, la procesión continuó su marcha, perdiéndose lentamente entre las sombras de la calle.
La mujer cerró la ventana, guardó la vela y se fue a dormir, aunque no con sueño tranquilo, pues el corazón le latía como tambor de fiesta.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya calentaba el techo, recordó el extraño suceso. Fue entonces a buscar la vela que le habían entregado la noche anterior.
Pero apenas la tuvo entre sus manos, un escalofrío le recorrió la espalda.
Aquello no era una vela.
Era, ni más ni menos, la canilla de un muerto.
A la infeliz se le heló la sangre y, con las piernas trémulas, corrió a la iglesia para confesarse con el cura del pueblo, un viejo zorro de sacristía que conocía más de almas que de latines. El clérigo, tras escuchar el relato entre hipos y llantos, sentenció con severidad:
—Hija mía, has puesto el ojo donde solo Dios debe mirar. Esa procesión no busca vivos, sino pecadores para su bando.
Si quieres salvar el pellejo, busca a un infante, a un ángel de pecho que ignore la maldad, y hazlo llorar cuando los espectros reclamen su prenda.
Llegada la medianoche, el aire se puso denso como el incienso de difuntos. Los muertos regresaron, reclamando a la "hermana" y su vela. Pero doña Engracia, siguiendo el consejo del párroco, pellizcó con fuerza el brazo de un niño que tenía en brazos. El pequeño soltó un alarido tan puro y desgarrador que las sombras vacilaron.
Y cuentan que apenas lo oyeron, los miembros de la procesión se detuvieron un instante… y luego desaparecieron como humo llevado por el viento.
Cuando Engracia fue a confesarse nuevamente con el sacerdote le explicaría que la inocencia de un niño tiene fuerza suficiente para ahuyentar a los espíritus errantes, y que, de no haber sido por aquel llanto providencial, los misteriosos acompañantes se habrían llevado a la mujer para siempre.
Desde aquella noche, la mujer aprendió la lección. Curóse de su curiosidad malsana y de su lengua desatada, y dicen los vecinos que nunca más volvió a asomarse a la ventana para husmear desgracias ajenas.
Porque hay secretos que la noche guarda… y que sólo los muertos tienen derecho a contar.

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