EL
SÓTANO DEL DIABLO:
EL OSCURO SECRETO DE LA FÁBRICA CARTAVIO.
CUENTO DE CARTAVIO.
Hubo un tiempo en que Cartavio no era más que una hacienda próspera, rodeada de cañaverales interminables y envuelta en el dulce olor del azúcar hirviendo. De día, la fábrica rugía como una bestia satisfecha; de noche, a humo, hierro caliente… y algo más difícil de nombrar.
La prosperidad parecía bendecir al ingenio azucarero. Las chimeneas no descansaban y el oro dulce viajaba a todo el interior del país. Pero toda bonanza, dicen, tiene un precio. Y alguien vino a cobrarlo.
No tenía sello. No tenía remitente visible. Solo un sobre húmedo, oscuro… como si hubiera sido empapado en sangre fresca. Al abrirlo el hacendado y dueño, un hedor metálico invadió la oficina.
El mensaje escrito con sangre no pedía. Ordenaba.
Construir un sótano bajo una de las chimeneas principales. Y luego, llevar allí como fidelidad a un operario: inconsciente, desnudo… vivo. Si no obedecía, la fábrica caería en desgracia.
La firma era peor que el contenido. Decía: PEDRO BOTERO.
Todos conocían ese nombre, porque los clérigos decían que era el encargado de alimentar con fuego a las calderas del infierno.
El hacendado sintió un frío subirle por todo el cuerpo. Pero el orgullo pudo más que el miedo. Mandó construir el sótano; por si acaso, e ignoró la segunda orden. Se convenció de que era una broma grotesca.
Fue entonces cuando comenzaron las fallas.
Primero, pequeñas. Una válvula rota. Un engranaje detenido. Luego, incendios repentinos, calderas que reventaban sin causa, máquinas que se negaban a funcionar como si tuvieran voluntad propia.
Los obreros empezaron a murmurar. Algunos juraban ver sombras moviéndose dentro del vapor. Otros decían escuchar golpes… desde debajo del suelo.
La producción cayó. La ruina se acercaba.
Y entonces llegó la segunda carta.
Esta vez, el hacendado no dudó.
Esa misma noche organizó una cuadrilla de hombres de confianza. No hicieron preguntas. No era necesario. En aquellas tierras, la vida de un operario valía menos que una herramienta. Salieron en silencio, como cazadores y eligieron al más cercano.
El golpe fue seco. El sonido del fierro contra el cráneo resonó como un martillazo en una tumba. El operario cayó sin siquiera entender su destino.
Lo arrastraron.
El sótano aún olía a tierra seca y carbón. Lo desnudaron, dejaron sobre el piso caliente y esperaron.
Y el infierno respondió.
Primero vino el olor. Azufre. Intenso. Asfixiante.
Luego, la neblina. Y finalmente… la luz.
Una luz roja, opaca, como si naciera del interior de la tierra misma.
Nadie vio claramente lo que apareció. Nadie se atrevió a mirar directamente. Pero, todos sintieron lo mismo: una presencia antigua… hambrienta.
El cuerpo del operario se elevó apenas del suelo… y desapareció.
No hubo grito, no hubo rastro, solo silencio.
Al día siguiente, dijeron que había sido un accidente. Nadie preguntó demasiado. Nadie quería saber.
Y la fábrica… volvió a prosperar. Pero el precio ya estaba fijado.
Cada cierto tiempo, llegaba una nueva carta. Y cada vez, la cuadrilla del terror cumplía sin vacilar. Golpes en la noche a un operario. Cuerpos arrastrados. Mentiras repetidas a la familia:
“Hubo un accidente”, “fue enterrado”, “Cubrieron los gastos”.
Con los años, los hombres de la cuadrilla se convirtieron en devotos del diablo.
En el sótano comenzaron a realizar cánticos. Lenguas que no entendían. Rituales que no recordaban haber aprendido. Sus ojos brillaban con una fe enferma.
Y cada vez que el diablo venía… algo de ellos se quedaba con él.
Hasta que una noche, algo salió mal. El elegido por el diablo era un peón fuerte, casi salvaje. Resistió el golpe más de lo esperado. Su respiración seguía viva… luchando.
Lo llevaron igual al sótano.
El ritual comenzó y lo ofrecieron.
El aire volvió a pudrirse. La neblina llegó. La luz roja palpitó como un corazón infernal.
Los hombres ya no eran hombres. Sus ojos estaban desorbitados. Sus voces eran otras.
Entonces apareció.
Más claro que nunca.
Una figura imposible. Deforme. Con ojos como brasas encendidas y extremidades que no parecían pertenecer a ningún cuerpo humano.
Tomó al operario por los pies.
Y comenzó a arrastrarlo.
Pero esta vez…
la víctima despertó.
Sintió el arrastre. El calor. El olor.
Y vio… lo que nadie debía ver.
Gritó.
Se aferró al suelo. Sus uñas se rompieron contra la piedra. Sus músculos temblaban.
Entonces, a ciegas, su mano tocó una palana.
La levantó.
Y golpeó.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Un chillido desgarró el aire, un sonido que no era de este mundo.
Las garras que lo sujetaban se aflojaron.
La figura retrocedió… y se desvaneció en la neblina.
El peón se levantó, temblando, con la palana aún en las manos. La luz roja seguía ahí. El olor también.
Y entonces los vio.
Uno por uno, los miembros de la cuadrilla comenzaron a convulsionar. Sus cuerpos se arqueaban de forma imposible. Sus bocas se abrían demasiado… como si algo dentro quisiera salir.
O entrar.
Sombras se desprendían de ellos.
Almas arrancadas como carne.
Arrastradas hacia la oscuridad. Sus cuerpos cayeron al suelo, vacíos.
Muertos.
En segundos, todo terminó.
Silencio.
El operario escapó como pudo.
Cuando regresó con ayuda, el sótano aún estaba caliente… pero en silencio.
Entonces, los cuerpos de la cuadrilla asesina fueron arrojados a los hornos de las chimeneas para resguardar sus vidas de próximos ataques. Los odiaban y nadie quiso enterrarlos.
El sótano fue bendecido con agua bendita, ruda y oraciones temblorosas. Cubrieron las paredes con imágenes de la Virgen. Sellaron la entrada con piedra, sal y cemento.
Dicen que desde entonces no volvió a haber cartas.
No volvió a haber pedidos.
Pero algunos obreros juran que, en las noches más calientes…
cuando el viento no sopla…
y las chimeneas parecen susurrar…
se puede oír algo debajo.
Algo que raspa.
Algo que espera.
Pacientemente.
A que alguien… vuelva a abrir.
El sótano.
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