viernes, 26 de junio de 2026

CUENTO: DON DIMAS DE LA TIJERETA ( TRADICIONES PERUANAS: RICARDO PALMA)

DON DIMAS DE LA TIJERETA (TRADICIONES PERUANAS)

(Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)

I

Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma. Además, que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que los defienda.

II

Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras, una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos, pero la niña nada de nada con él.

Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula, a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.

III

Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, cansado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:

—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a cambio del amor de esa muchacha!

Satanás, que desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su secretario.

—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.

Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:

“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las partes.

Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.

IV

Como no hay plazo que no se cumpla, pasaron los tres años y Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a desvestirse, pero Lilit le dijo

—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo puedo llevar.

—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don Dimas.

—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un minuto para que se cumplan los tres años.

El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al demonio y le dijo:

—Deuda pagada y venga mi documento.

—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego de haberse reído mucho.

—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.

—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando esté delante de mí amo.

Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente. Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió concederle un juicio al escribano.

En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero, destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado para encerrarse a un convento.

Satanás, para no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una pulmonía de padre y señor mío.

V

No sé bien si don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.

Refieren las crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.

Y con esto y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento.


LOS DUENDES DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY.

EL DUENDE DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY

(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

La Plazuela 24 de junio, ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80 cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho llamaron su atención.

Frente a la glorieta y en ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados, ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban completamente desnudos.

El vigilante, contemplaba estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada, ingresó por el acceso del campanario.

Al bajar, José se dirigió al lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes; el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.

José recordó entonces la historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.

De sus antepasados, Elsa había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto primero, eso había salvado su vida y la de su hija.

Su casa quedaba muy cerca de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por los árboles de leche como las higueras.

Decidido a salvarse, José fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo por completo.

José, los vio correr por un largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la materia no existiera.

Del otro lado y poco después, el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril. Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos del sol, se desvanecieron por completo.

Al iniciar el nuevo día, los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y almohadas tiradas por el suelo.

 Los duendes patachuga, habían jugado por el lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.


LA MUERTE DEL SASTRE.

 

LA MUERTE DEL SASTRE.

(CUENTO DE NEPÉN-DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

“Por la década del cuarenta falleció en Nepén, Santiago de Cao, un sastre que se distinguía de los demás pobladores, por la solvencia económica que disfrutaba y por el carisma o la simpatía del que gozaba. Como sastre era excelente.

Aparentemente poseía buena salud. Pero, cierto día, dejó de existir, como consecuencia de un paro cardiaco.

Su deceso causó un gran dolor entre los familiares que decidieron enterrarlo con una mortaja fina y con la sortija de oro que él mucho apreciaba por la gema incrustada en la joya, que lo había hecho el joyero de la localidad, a quien le unía una estrecha amistad.

Durante el velorio, al que asistió el joyero, la sortija despertó en él, una tremenda avaricia; tanto, que cuando lo enterraron, regresó al cementerio y comenzó a profanar su tumba. Destapó el nicho con una barreta, sacó el cajón y lo abrió. Ni bien lo hizo, mutiló el dedo en donde estaba la sortija.

Segundos después, el sastre recobró la vida y se sorprendió verse metido en un féretro y ver a su amigo, el joyero, con su dedo en la mano.

 ¿Por qué estoy aquí hermano?, le preguntó.

Un silencio de derrota amarga como el rostro de un desilusionado hubo unos instantes. Luego le volvió a inquirir:

¿Por qué me has cortado mi dedo?

En ese instante muy inteligente le respondió: porque ha sido el causante de la situación en que te encuentras.

Con la aclaración pertinente, ambos amigos abandonaron el cementerio y regresaron a la población. En casa, los familiares que se hallaban en velación final, se sorprendieron al ver entrar al difunto.

Algunos se desmayaron de la impresión, los que se mantuvieron en pie le pidieron una aclaración sobre el particular, al joyero.

Este les contó con lujos de detalles lo ocurrido. Algo quedaba flotando.

 ¿Qué tenía que ver la sortija con la muerte del joyero?

Con esa incógnita oscura, decidieron ir, al día siguiente, al médico especialista.

El galeno, un reconocido cardiólogo de Trujillo les dijo que el fallecimiento eventual del sastre se debió a la sortija, que, por quedarle ajustado, no le permitía circular la sangre.

Aclarada la confusión y el motivo del deceso del sastre, a su retorno a Nepén, fue a la casa del joyero y le obsequió el anillo, con estas frases: toma hermano. Es tuyo. Yo ya no lo necesito. Fue una decisión razonable del sastre. Además, ya no tenía dedo para ponerlo, así hubiera querido adquirir otro para exhibirlo en los dedos. Así con el dedo mutilado, el sastre vivió muchos años más”.