viernes, 26 de junio de 2026

LOS DUENDES DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY.

EL DUENDE DE LA CASONA COLONIAL DE CHIQUITOY

(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)

La Plazuela 24 de junio, ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80 cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho llamaron su atención.

Frente a la glorieta y en ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados, ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban completamente desnudos.

El vigilante, contemplaba estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada, ingresó por el acceso del campanario.

Al bajar, José se dirigió al lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes; el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.

José recordó entonces la historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.

De sus antepasados, Elsa había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto primero, eso había salvado su vida y la de su hija.

Su casa quedaba muy cerca de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por los árboles de leche como las higueras.

Decidido a salvarse, José fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo por completo.

José, los vio correr por un largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la materia no existiera.

Del otro lado y poco después, el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril. Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos del sol, se desvanecieron por completo.

Al iniciar el nuevo día, los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y almohadas tiradas por el suelo.

 Los duendes patachuga, habían jugado por el lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.


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