EL DUENDE DE LA CASONA
COLONIAL DE CHIQUITOY
(CUENTO DE CHIQUITOY - DISTRITO DE SANTIAGO DE CAO)
La Plazuela 24 de junio,
ubicada frente a la Casa Hacienda o Colonial de Chiquitoy, resalta por sus
majestuosos árboles de caucho, palmeras y poncianas. Allá por la década del 80
cuando el poblado carecía de luz, cierta noche bajo el opaco resplandor de la luna
y en medio de un silencio absoluto, el vigilante José realizaba sus rondas
habituales por el frontis de la Casona Colonial. De pronto, unos extraños
murmullos y movimientos rápidos alrededor de un robusto árbol de caucho
llamaron su atención.
Frente a la glorieta y en
ella, José se percató que dos pequeños seres jugaban. Al principio pensó que
eran perros, pero al mirar con detenimiento, descubrió que eran criaturas de
baja estatura, similares a niños de tres años, con abundantes cabellos dorados,
ojos grandes y claros, orejas puntiagudas como las de un cerdo, piel blanca con
vientres abultados y la espalda cubierta por un vello tupido. Iban
completamente desnudos.
El vigilante, contemplaba
estupefacto a dos duendes que subían a los árboles con destreza circense y
jugueteaban con las hojas. El pavor lo paralizó, temía ser atacado y no sabía
cómo actuar. Buscando protección divina, se dirigió por un momento a la Iglesia
del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la puerta principal estaba cerrada,
ingresó por el acceso del campanario.
Al bajar, José se dirigió al
lado izquierdo de la Casona que era la estancia de los antiguos hacendados, y
donde fallecieran ilustres personajes como doña Josefa del Risco y don Antonio
Larco Bruno. En la oscuridad, el vigilante se sintió desamparado. Su mente
empezó a repasar las leyendas de los duendes peruanos: el Muki de los socavones
mineros; el Ichik Ollco, que rapta niños; el Chusalongo, que seduce a jóvenes;
el Ushushurco, hábil con los animales; el Shapishico, con los pies al revés; y
el Patachuga del norte costeño, un ser hiperactivo que juega con niños sin
bautizar y que habita cerca de plantas con látex y savias.
José recordó entonces la
historia de doña Elsa, una vecina de la calle Arequipa. Ella dormía alumbrada
por las velas tras una ardua jornada doméstica dejando a su pequeña hija; aún
sin bautizar, durmiendo en una hamaca. A media noche, su instinto materno la
despertó y vio la silueta de un duende juguetón. Al sentirse descubierto por la
mirada de la madre, el ser huyó. Elsa corrió a la hamaca y descubrió con horror
que su bebé había desaparecido; tras una desesperada búsqueda, la encontró
escondida entre unos enseres de junco, sana y salva.
De sus antepasados, Elsa
había aprendido una regla fundamental de supervivencia: Si una persona mira al
duende y este no lo ve, no pasa nada. Si la persona lo mira primero, el duende
escapa. Pero si el duende mira primero a la persona, esta muere. Elsa lo había visto
primero, eso había salvado su vida y la de su hija.
Su casa quedaba muy cerca
de la ex huerta de la Hacienda y todos los trabajadores de ese lugar dijeron
que eran duendes de ese lugar porque también los habían visto de día, atraídos por
los árboles de leche como las higueras.
Decidido a salvarse, José
fijó la mirada en las criaturas antes de que ellos lo vieran. Con la llegada
del alba y el distante canto de los gallos, los pequeños seres emprendieron la
retirada hacia la Casona Colonial. Pasaron a pocos metros del vigilante, ignorándolo
por completo.
José, los vio correr por un
largo pasadizo que conducía a los antiguos dormitorios de los ingenieros de la
empresa y; asombrosamente los duendes traspasaron la gruesa pared como si la
materia no existiera.
Del otro lado y poco después,
el guardián del ex Club Cooperativo los vio salir del antiguo bar El Barril.
Corrían hacia una higuera situada frente a la puerta del local, treparon
alegremente y, mientras sus cabellos dorados brillaban con los primeros rayos
del sol, se desvanecieron por completo.
Al iniciar el nuevo día,
los encargados de la Casona Colonial encontraron libros, utensilios, zapatos y
almohadas tiradas por el suelo.
Los duendes patachuga, habían jugado por el
lugar antes de refugiarse, satisfechos, en la lactífera planta de higo.
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