DON DIMAS DE LA
TIJERETA (TRADICIONES PERUANAS)
(Cuento
de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)
I
Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de
los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano
de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador
y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha
que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni
el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma.
Además, que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su
oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que
los defienda.
II
Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se
enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras,
una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de
los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso
conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos, pero
la niña nada de nada con él.
Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula,
a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había
adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes
sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo
escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.
III
Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, cansado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas
o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de
aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus
cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:
—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a
cambio del amor de esa muchacha!
Satanás, que
desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla
y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su
secretario.
—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un
contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama
almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de
la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le
entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:
“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al
rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de
tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las
partes.
Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada
menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había
encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla, pasaron los tres años y
Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para
cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a
desvestirse, pero Lilit le dijo
—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo
puedo llevar.
—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don
Dimas.
—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un
minuto para que se cumplan los tres años.
El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al
demonio y le dijo:
—Deuda pagada y venga mi documento.
—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego
de haberse reído mucho.
—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que
estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.
—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando
esté delante de mí amo.
Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al
escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas
eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no
perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente.
Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió
concederle un juicio al escribano.
En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el
Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se
regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se
cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero,
destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado
para encerrarse a un convento.
Satanás, para
no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los
escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una
pulmonía de padre y señor mío.
V
No sé bien si
don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno
le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas
Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.
Refieren las
crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y
otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo
en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma
de Judas.
Y con esto y con que cada cuatro
años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento.
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