domingo, 27 de septiembre de 2026

"EL HECHIZO DEL DUENDE"


EL HECHIZO DEL DUENDE.

(Cuento Tradicional: Sumanique-Cartavio)

Aquel bosque de sauces y espinos donde encontraron al hijo de isidro Aguilar ya no existe.

Dicen que fue quemado cuando los pobladores trataron de desaparecer a los duendes. Lo cierto es que por aquella época el caserío de Sumanique fue invadido por esas raras criaturas que, según cuentan, les gustaba enamorar y secuestrar a los niños.

Por aquellos días llego de la ciudad de Trujillo la esposa de Isidro Aguilar y su hijo de escasos meses de nacido. Doña Elena, le decían, y había llegado para pasar una temporada con los familiares de su esposo que residían en la campiña.

Era una de esas señoras que no creían en parecidos ni en fantasmas, y mucho menos en duendes.

Hasta que un día ocurrió lo que muchos esperaban o presentían. Todo empezó cerca de las siete de la noche. A esa hora ya las sombras habían cubierto por completo las pocas casas del caserío.

En medio de la penumbra solo se veía las luces fosforescentes de las luciérnagas desplazándose por el espacio. En aquel momento doña Elena y su hijo estaban solos en casa, pues todos habían salido y su esposo se encontraba de viaje. Vivían en una casa de adobe rodeado de altos y frondosos sauces y espinos.

Aprovechando que su hijo se había quedado dormido y no pensando para nada en las advertencias ni en los duendes de los que había escuchado hablar, decidió ir a la tienda de doña Francisca a comprar kerosene para las linternas.

Pero al regresar de aquella tienda, escucho por el camino el llanto de un niño. Preocupada por que podría ser el de su hijo, aligero el paso. Conforme se acercaba pudo darse cuenta que el llanto salía de su vivienda y que este era cada vez más intenso y sonoro.

¡Mi hijo!, solo atinó a decir y, pensando que algo malo le estaba ocurriendo, se echó a correr a toda prisa.

Al ingresar a la casa y ver lo que vio, se quedó fría, estática y sin reacción alguna; sobre la cama y junto a su pequeño hijo, que aun lloraba, estaba una rara criatura, semejante a una doncella de piel blanca y de larga cabellera.

Al percatarse de su presencia, aquella fantasmal criatura cogió al niño y, cargándolo sobre su regazo, escapo velozmente por la ventana y trepo a los árboles de sauce. Doña Elena, repuesta del susto y la sorpresa, corrió desesperadamente tras la sombra de aquella misteriosa criatura.

Pero fue demasiado tarde, pues esta y el niño habían ya desaparecido. Guiándose aún por el llanto y sin desmayar en su empeño, continúo su búsqueda.

Sin embargo, la oscuridad y el follaje de las plantas no le permitían desplazarse con rapidez, menos trepar por las ramas para darles alcance.

Conforme pasaban los minutos, el llanto del nene se fue perdiendo en la distancia. Y por más que doña Elena los siguió y busco durante toda esa noche, no pudo encontrarlos.

Cuentan que, al despuntar la mañana del siguiente día, un grupo de pobladores del caserío, que había salido en su busca, lo encontraron abandonado en medio de aquel bosque de sauces y espinos.

El pequeño fue hallado con vida, pero estaba callado y parecía estar hipnotizado por el hechizo del duende.


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