EL
HECHIZO DEL DUENDE.
(Cuento
Tradicional: Sumanique-Cartavio)
Aquel bosque de sauces y espinos donde encontraron
al hijo de isidro Aguilar ya no existe.
Dicen que fue quemado cuando los
pobladores trataron de desaparecer a los duendes. Lo cierto es que por aquella
época el caserío de Sumanique fue invadido por esas raras criaturas que, según
cuentan, les gustaba enamorar y secuestrar a los niños.
Por aquellos días llego de la ciudad de
Trujillo la esposa de Isidro Aguilar y su hijo de escasos meses de nacido. Doña
Elena, le decían, y había llegado para pasar una temporada con los familiares
de su esposo que residían en la campiña.
Era una de esas señoras que no creían
en parecidos ni en fantasmas, y mucho menos en duendes.
Hasta que un día ocurrió lo que muchos
esperaban o presentían. Todo empezó cerca de las siete de la noche. A esa hora
ya las sombras habían cubierto por completo las pocas casas del caserío.
En medio de la penumbra solo se veía
las luces fosforescentes de las luciérnagas desplazándose por el espacio. En
aquel momento doña Elena y su hijo estaban solos en casa, pues todos habían
salido y su esposo se encontraba de viaje. Vivían en una casa de adobe rodeado
de altos y frondosos sauces y espinos.
Aprovechando que su hijo se había quedado dormido y
no pensando para nada en las advertencias ni en los duendes de los que había
escuchado hablar, decidió ir a la tienda de doña Francisca a comprar kerosene para
las linternas.
Pero al regresar de aquella tienda, escucho por el
camino el llanto de un niño. Preocupada por que podría ser el de su hijo,
aligero el paso. Conforme se acercaba pudo darse cuenta que el llanto salía de
su vivienda y que este era cada vez más intenso y sonoro.
¡Mi hijo!, solo atinó a decir y, pensando que algo
malo le estaba ocurriendo, se echó a correr a toda prisa.
Al ingresar a la casa y ver lo que vio, se quedó fría,
estática y sin reacción alguna; sobre la cama y junto a su pequeño hijo, que
aun lloraba, estaba una rara criatura, semejante a una doncella de piel blanca y de larga cabellera.
Al percatarse de su presencia, aquella fantasmal
criatura cogió al niño y, cargándolo sobre su regazo, escapo velozmente por la
ventana y trepo a los árboles de sauce. Doña Elena, repuesta del susto y la sorpresa,
corrió desesperadamente tras la sombra de aquella misteriosa criatura.
Pero fue demasiado tarde, pues esta y el niño
habían ya desaparecido. Guiándose aún por el llanto y sin desmayar en su empeño,
continúo su búsqueda.
Sin embargo, la oscuridad y el follaje de las
plantas no le permitían desplazarse con rapidez, menos trepar por las ramas
para darles alcance.
Conforme pasaban los minutos, el llanto del nene se
fue perdiendo en la distancia. Y por más que doña Elena los siguió y busco
durante toda esa noche, no pudo encontrarlos.
Cuentan que, al despuntar la mañana del siguiente
día, un grupo de pobladores del caserío, que había salido en su busca, lo
encontraron abandonado en medio de aquel bosque de sauces y espinos.
El pequeño fue hallado con vida, pero estaba
callado y parecía estar hipnotizado por el hechizo del duende.
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