lunes, 12 de octubre de 2026

"EL MUQUI Y LA COCA"


EL MUQUI Y LA COCA.

El muqui es un duende de la mina y una leyenda en los andes peruanos. Su nombre proviene del quechua murik, que significa «el que asfixia». Algunos dicen que su apariencia es como de cualquier persona, solo que los rasgos de su cara son más marcados. Por ejemplo, sus orejas son grandes, peludas y toscas; su nariz termina en punta y tiene bastante pelo en las fosas nasales; sus ojos son hundidos, pero tienen un brillo que parece que te escarban cuando te miran. El muqui, es un hombrecillo que de tamaño no llega ni a un muslo de persona, pero que es dueño de minas y tiene muchas riquezas y poderes sobrenaturales. Recibe otros nombres como: chinchilico (Arequipa), anchancho (Puno, jushi (Cajamarca) y en las demás regiones simplemente muqui o enano de las minas.
Yo soy un minero de los antiguos, de esos que llevan la vida entera sepultada bajo la tierra. Mírame la cara: estas manchas tiznadas no se borran con nada, son la marca del socavón. Mis manos no tienen piel, son pura lija, y a mi edad los pulmones se me han llenado de agua y de un polvo más negro que el alma. Ya no puedo entrar en las galerías, pero en mis tiempos de juventud, cuando el hambre apretaba, tuve que recorrer el país entregándome a este oficio tan duro.
Uno de mis últimos trabajos fue en la mina El Frontón, en Morococha, cerquita de Ticlio, donde el frío se te mete hasta los huesos. Nos fuimos para allá porque una empresa de gringos suecos andaba buscando a los mineros más bravos y ofrecía una paga que aplastaba al sencillo que a mí me daban en La Oroya, donde dejé a mi esposa y a mis dos hijos. En El Frontón el trabajo era brutal; había que perforar cerro adentro a fuerza de pulmón para abrir túneles profundos y sacar el cobre.
Para hacernos sacar la mugre, los gringos nos ofrecían un bono al que llamaban el «colectivo». Prometían un dinero extra a la cuadrilla que más metros avanzara y más vetas descubriera. Eso volvía locos a los hombres: los estoperoles perforaban sin parar, los frontoneros abrían galerías velozmente y los motoristas jalaban más de cien carros llenos de piedra. En mi cuadrilla trabajaba con el cholo Vilcas, un tipo fuerte de Ancobamba, y con José Ibárcena, un hombre engreído de Matucana que se creía limeño y miraba a todos por encima del hombro. Nos matábamos trabajando, pero llegado el día de pago, los gringos salían con cualquier excusa para no darnos ni un centavo del bendito colectivo. Pura viveza para explotarnos.
La historia cambió un día después del almuerzo. Regresé a mi puesto y descubrí que alguien me había abierto la mochila y robado mi capacho de coca. En la mina, la coca, el cigarro y el aguardiente son sagrados; son lo único que nos da fuerzas para aguantar el frío. Furioso, encaré a Ibárcena, pero me respondió con soberbia diciendo que le daba asco «esa porquería de serranos». Le pregunté al cholo Vilcas, pero él tenía su propia coca que le traían de su pueblo. Al día siguiente me robaron también la garrafa de aguardiente. Harto, me quedé escondido en la oscuridad durante el descanso para atrapar al ladrón cara a cara.
De pronto, una luz rompió las sombras. Vi a un hombrecillo muy pequeño, equipado con casco y linterna, rebuscando en mi mochila. Junté coraje y le grité «¡Ratero!», pero las paredes de la mina absorbieron y apagaron mis gritos. El enano se giró y me clavó una mirada que me paralizó las piernas. Se me acercó lentamente y con una voz gruesa que retumbaba me dijo: «Tranquilízate, Temoche. Si te portas bien, no te haré daño». Era el Muqui.
El Muqui me hizo una propuesta directa: me ofreció ablandar la roca para que mi cuadrilla fuera la más productiva, abriera más galerías y se llevara todos los colectivos de la empresa para hacerme rico. A cambio, solo me pidió que cada semana, durante un año entero, le dejara un capacho lleno de mi buena coca. Aunque sentí un escalofrío en el alma, llevado por la ambición acepté el trato y le estreché la mano.
A partir de ese instante, la tierra parecía rendirse ante nosotros. Abríamos túneles con facilidad, sacábamos toneladas de mineral y la empresa no tuvo más remedio que pagarnos los bonos sin excusas. El cholo Vilcas mandó su dinero a su pueblo y compró una hacienda con miles de cabezas de ganado. A Ibárcena la plata le mejoró el humor. Yo, pensando en mis hijos, compré varios terrenos en La Oroya y un local comercial en Huancayo.
Todo marchaba bien hasta que llegó a visitarme una prima de Huanta que leía las cartas y veía el futuro en la coca. Le conté el secreto y me advirtió alarmada que estaba en un «falso ascenso»; me exigió romper el pacto esa misma semana porque mi vida y la de mi familia corrían peligro. Asustado, fui a buscar al Muqui e inventé que me salía un trabajo cerca de mi familia. El duende sonrió con malicia y me dijo: «No me mientas, Temoche. Pero romperemos el trato porque has sido un hombre cumplido que no malgastó el dinero en vicios. Eso sí, vete de inmediato y no regreses nunca más».
Renuncié ese mismo día. A los pocos días, los periódicos publicaron una noticia espantosa: un catastrófico derrumbe en El Frontón había aplastado a veinte mineros. Los rescatistas solo lograron recuperar diecinueve cuerpos. El único que nunca apareció fue el de Ibárcena; la tierra se lo había tragado por completo. Hoy, cuando a veces me pregunto si todo aquello fue un sueño de juventud, me basta con mirar las escrituras de mis propiedades en La Oroya y Huancayo para saber que el Muqui existió y que todo fue verdad.


FUENTE: ”Leyendas tenebrosas del Perú.

"LA LEYENDA DE LA YACUMAMA"


LA LEYENDA DE LA YAKUMAMA.

Esa noche estábamos acampando cerca de una cocha, en plena selva de Loreto. Habíamos pasado el día pescando, y ya teníamos la idea fija: descansar unas horas y, antes del amanecer, movernos a otro punto para buscar mejor pesca.

Éramos dos: mi padre y yo.

La madrugada en la selva no es como en la ciudad. No hay ruido de carros, no hay luces, no hay gente. Solo está el agua, los insectos y ese silencio raro que a veces se rompe con un sonido fuerte… y te obliga a abrir los ojos, aunque estés muerto de sueño.

A eso de las tres de la mañana, lo escuchamos.

Un canto de mono, fuerte, gutural, insistente… sonaba desde la otra orilla de la cocha. Mi padre se sentó de golpe y me dijo, seguro:

—Ahí está un mono. Prepara tus flechas, que mañana nos damos un rico banquete en el desayuno.

Yo, todavía con el sueño encima, agarré mis flechas y me las colgué al hombro. Revisé el arco, lo dejé bien tensado, y traté de moverme sin hacer ruido.

—Debe estar al frente —me indicó mi padre—. Lo cazamos rápido antes de que salga el sol. Ten listo tu arco.

Nos fuimos bordeando la cocha, caminando con cuidado. A ratos mirábamos el agua y veíamos a los peces saltar. Ya estábamos cansados de tanto pescado; la idea del mono sonaba a “premio”.

Pero mientras avanzábamos, algo no cuadraba.

 El canto se repetía, sí… pero el monte alrededor se sentía demasiado quieto. Y mi padre, que no era de asustarse fácil, bajó la voz y me dijo casi al oído:

—Espera… no es un mono.

Se quedó mirando fijo hacia la oscuridad.

—En tiempos antiguos me dijeron que cuando uno pesca o caza cerca de una cocha, tiene que tener cuidado. Porque hay cochas que no son “solo agua”. Hay cochas que tienen madre.

 Yo no entendía, hasta que soltó el nombre:

—Puede ser la Yakumama.

 Ahí me helé.

 Mi padre me explicó rápido, como quien ya está recordando una advertencia vieja:

—Dicen que la Yakumama puede imitar el canto de un mono para atraerte. Te hace acercarte confiado. Y cuando ya estás cerca, puede lanzar bocanadas de agua para aturdirte… o enroscarte si te encuentra muy cerca. No la molestes donde descansa. Ella protege su cocha.

En ese momento pasó un ave volando bajo: un Paucar. Cantó una vez. Y cantó otra vez, bien cerca.

 Mi padre se frenó en seco y dijo:

—No debemos apresurarnos. Algo malo nos va a pasar.

 No lo dijo como chiste. Lo dijo serio.

 Avanzamos despacio. Nos pegamos detrás de un árbol y miramos hacia el lugar de donde venía el canto.

Y ahí la vimos.

No era un mono. Era algo grande, moviéndose en el agua con una fuerza lenta y pesada. Por momentos, su piel se alcanzaba a ver entre ramas y reflejos. Se retorcía como si estuviera molesta, como si nos hubiera sentido.

 Mi padre levantó el arco.

 Apuntó.

 Zaaas. La primera flecha pasó por poco.

 La cosa reaccionó de golpe: el agua se agitó fuerte. Ahí mi padre me habló sin voltearse:

—No tengas miedo. Dame otra flecha.

 Se la pasé.

 Apuntó otra vez.

Zaaas. Esta vez la rozó. Se vio la herida y la sangre oscura mezclándose con el agua. La Yakumama se movió rápido hacia la cocha y desapareció con un remolino pesado, como si el río se la tragara.

 Nos quedamos quietos un segundo, sin respirar.

Y mi padre, ya con la voz más fría que antes, me dijo:

—Vámonos de aquí, hijo. Esta vez tuvimos suerte. Vámonos y no volvamos… porque esta cocha tiene madre. Y hoy, por poco nos caza y nos come.

Nos fuimos sin mirar atrás.

Y desde ese día entendí una cosa que en la Amazonía se aprende sí o sí: la selva no es solo paisaje… es territorio vivo. Y hay lugares donde uno no llega a “mandar”, sino a respetar.