EL MUQUI Y LA COCA.
El
muqui es un duende de la mina y una leyenda en los andes peruanos. Su nombre proviene del quechua murik, que significa «el que
asfixia». Algunos dicen que su apariencia es como de cualquier persona, solo
que los rasgos de su cara son más marcados. Por ejemplo, sus orejas son
grandes, peludas y toscas; su nariz termina en punta y tiene bastante pelo en
las fosas nasales; sus ojos son hundidos, pero tienen un brillo que parece que
te escarban cuando te miran. El muqui, es un hombrecillo que de tamaño no llega
ni a un muslo de persona, pero que es dueño de minas y tiene muchas riquezas y
poderes sobrenaturales. Recibe otros nombres como: chinchilico (Arequipa),
anchancho (Puno, jushi (Cajamarca) y en las demás regiones simplemente muqui o
enano de las minas.
Uno de mis últimos trabajos fue en
la mina El Frontón, en Morococha, cerquita de Ticlio, donde el frío se te mete
hasta los huesos. Nos fuimos para allá porque una empresa de gringos suecos
andaba buscando a los mineros más bravos y ofrecía una paga que aplastaba al
sencillo que a mí me daban en La Oroya, donde dejé a mi esposa y a mis dos
hijos. En El Frontón el trabajo era brutal; había que perforar cerro adentro a
fuerza de pulmón para abrir túneles profundos y sacar el cobre.
Para hacernos sacar la mugre, los
gringos nos ofrecían un bono al que llamaban el «colectivo». Prometían un
dinero extra a la cuadrilla que más metros avanzara y más vetas descubriera.
Eso volvía locos a los hombres: los estoperoles perforaban sin parar, los
frontoneros abrían galerías velozmente y los motoristas jalaban más de cien
carros llenos de piedra. En mi cuadrilla trabajaba con el cholo Vilcas, un tipo
fuerte de Ancobamba, y con José Ibárcena, un hombre engreído de Matucana que se
creía limeño y miraba a todos por encima del hombro. Nos matábamos trabajando,
pero llegado el día de pago, los gringos salían con cualquier excusa para no
darnos ni un centavo del bendito colectivo. Pura viveza para explotarnos.
La historia cambió un día después
del almuerzo. Regresé a mi puesto y descubrí que alguien me había abierto la
mochila y robado mi capacho de coca. En la mina, la coca, el cigarro y el
aguardiente son sagrados; son lo único que nos da fuerzas para aguantar el
frío. Furioso, encaré a Ibárcena, pero me respondió con soberbia diciendo que
le daba asco «esa porquería de serranos». Le pregunté al cholo Vilcas, pero él
tenía su propia coca que le traían de su pueblo. Al día siguiente me robaron
también la garrafa de aguardiente. Harto, me quedé escondido en la oscuridad
durante el descanso para atrapar al ladrón cara a cara.
De pronto, una luz rompió las
sombras. Vi a un hombrecillo muy pequeño, equipado con casco y linterna,
rebuscando en mi mochila. Junté coraje y le grité «¡Ratero!», pero las paredes
de la mina absorbieron y apagaron mis gritos. El enano se giró y me clavó una
mirada que me paralizó las piernas. Se me acercó lentamente y con una voz
gruesa que retumbaba me dijo: «Tranquilízate, Temoche. Si te portas bien, no te
haré daño». Era el Muqui.
El Muqui me hizo una propuesta
directa: me ofreció ablandar la roca para que mi cuadrilla fuera la más
productiva, abriera más galerías y se llevara todos los colectivos de la
empresa para hacerme rico. A cambio, solo me pidió que cada semana, durante un
año entero, le dejara un capacho lleno de mi buena coca. Aunque sentí un
escalofrío en el alma, llevado por la ambición acepté el trato y le estreché la
mano.
A partir de ese instante, la
tierra parecía rendirse ante nosotros. Abríamos túneles con facilidad,
sacábamos toneladas de mineral y la empresa no tuvo más remedio que pagarnos
los bonos sin excusas. El cholo Vilcas mandó su dinero a su pueblo y compró una
hacienda con miles de cabezas de ganado. A Ibárcena la plata le mejoró el
humor. Yo, pensando en mis hijos, compré varios terrenos en La Oroya y un local
comercial en Huancayo.
Todo marchaba bien hasta que llegó
a visitarme una prima de Huanta que leía las cartas y veía el futuro en la
coca. Le conté el secreto y me advirtió alarmada que estaba en un «falso
ascenso»; me exigió romper el pacto esa misma semana porque mi vida y la de mi
familia corrían peligro. Asustado, fui a buscar al Muqui e inventé que me salía
un trabajo cerca de mi familia. El duende sonrió con malicia y me dijo: «No me
mientas, Temoche. Pero romperemos el trato porque has sido un hombre cumplido
que no malgastó el dinero en vicios. Eso sí, vete de inmediato y no regreses
nunca más».
FUENTE: ”Leyendas tenebrosas del Perú.