LA LEYENDA DE LA YAKUMAMA.
Esa noche
estábamos acampando cerca de una cocha, en plena selva de Loreto. Habíamos pasado el día
pescando, y ya teníamos la idea fija: descansar unas horas y, antes del
amanecer, movernos a otro punto para buscar mejor pesca.
Éramos dos: mi
padre y yo.
La madrugada en
la selva no es como en la ciudad. No hay ruido de carros, no hay luces, no hay
gente. Solo está el agua, los insectos y ese silencio raro que a veces se rompe
con un sonido fuerte… y te obliga a abrir los ojos, aunque estés muerto de
sueño.
A eso de las
tres de la mañana, lo escuchamos.
Un canto de
mono, fuerte, gutural, insistente… sonaba desde la otra orilla de la cocha. Mi
padre se sentó de golpe y me dijo, seguro:
—Ahí está un
mono. Prepara tus flechas, que mañana nos damos un rico banquete en el
desayuno.
Yo, todavía con
el sueño encima, agarré mis flechas y me las colgué al hombro. Revisé el
arco, lo dejé bien tensado, y traté de moverme sin hacer ruido.
—Debe estar al
frente —me indicó mi padre—. Lo cazamos rápido antes de que salga el sol. Ten
listo tu arco.
Nos fuimos
bordeando la cocha, caminando con cuidado. A ratos mirábamos el agua y veíamos
a los peces saltar. Ya estábamos cansados de tanto pescado; la idea del mono
sonaba a “premio”.
Pero mientras
avanzábamos, algo no cuadraba.
El canto se repetía, sí… pero el monte
alrededor se sentía demasiado quieto. Y mi padre, que no era de asustarse
fácil, bajó la voz y me dijo casi al oído:
—Espera… no es
un mono.
Se quedó
mirando fijo hacia la oscuridad.
—En tiempos
antiguos me dijeron que cuando uno pesca o caza cerca de una cocha, tiene que
tener cuidado. Porque hay cochas que no son “solo agua”. Hay cochas que tienen
madre.
Yo no entendía, hasta que soltó el nombre:
—Puede ser
la Yakumama.
Ahí me helé.
Mi padre me explicó rápido, como quien ya está
recordando una advertencia vieja:
—Dicen que la Yakumama puede imitar el canto de un mono para atraerte. Te hace acercarte confiado. Y cuando ya estás cerca, puede lanzar bocanadas de agua para aturdirte… o enroscarte si te encuentra muy cerca. No la molestes donde descansa. Ella protege su cocha.
En ese momento pasó un ave volando bajo: un Paucar. Cantó una vez. Y cantó otra vez, bien cerca.
Mi padre se frenó en seco y dijo:
—No debemos
apresurarnos. Algo malo nos va a pasar.
No lo dijo como chiste. Lo dijo serio.
Avanzamos despacio. Nos pegamos detrás de un
árbol y miramos hacia el lugar de donde venía el canto.
Y ahí la vimos.
No era un mono.
Era algo grande, moviéndose en el agua con una fuerza lenta y pesada. Por
momentos, su piel se alcanzaba a ver entre ramas y reflejos. Se retorcía como
si estuviera molesta, como si nos hubiera sentido.
Mi padre levantó el arco.
Apuntó.
Zaaas. La primera flecha pasó por poco.
La cosa reaccionó de golpe: el agua se agitó
fuerte. Ahí mi padre me habló sin voltearse:
—No tengas
miedo. Dame otra flecha.
Se la pasé.
Apuntó otra vez.
Zaaas. Esta vez
la rozó. Se vio la herida y la sangre oscura mezclándose con el agua. La
Yakumama se movió rápido hacia la cocha y desapareció con un remolino pesado,
como si el río se la tragara.
Nos quedamos quietos un segundo, sin respirar.
Y mi padre, ya
con la voz más fría que antes, me dijo:
—Vámonos de
aquí, hijo. Esta vez tuvimos suerte. Vámonos y no volvamos… porque esta cocha
tiene madre. Y hoy, por poco nos caza y nos come.
Nos fuimos sin
mirar atrás.
Y desde ese día
entendí una cosa que en la Amazonía se aprende sí o sí: la selva no es solo
paisaje… es territorio vivo. Y hay lugares donde uno no llega a “mandar”, sino
a respetar.
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