lunes, 12 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DE LA YACUMAMA"


LA LEYENDA DE LA YAKUMAMA.

Esa noche estábamos acampando cerca de una cocha, en plena selva de Loreto. Habíamos pasado el día pescando, y ya teníamos la idea fija: descansar unas horas y, antes del amanecer, movernos a otro punto para buscar mejor pesca.

Éramos dos: mi padre y yo.

La madrugada en la selva no es como en la ciudad. No hay ruido de carros, no hay luces, no hay gente. Solo está el agua, los insectos y ese silencio raro que a veces se rompe con un sonido fuerte… y te obliga a abrir los ojos, aunque estés muerto de sueño.

A eso de las tres de la mañana, lo escuchamos.

Un canto de mono, fuerte, gutural, insistente… sonaba desde la otra orilla de la cocha. Mi padre se sentó de golpe y me dijo, seguro:

—Ahí está un mono. Prepara tus flechas, que mañana nos damos un rico banquete en el desayuno.

Yo, todavía con el sueño encima, agarré mis flechas y me las colgué al hombro. Revisé el arco, lo dejé bien tensado, y traté de moverme sin hacer ruido.

—Debe estar al frente —me indicó mi padre—. Lo cazamos rápido antes de que salga el sol. Ten listo tu arco.

Nos fuimos bordeando la cocha, caminando con cuidado. A ratos mirábamos el agua y veíamos a los peces saltar. Ya estábamos cansados de tanto pescado; la idea del mono sonaba a “premio”.

Pero mientras avanzábamos, algo no cuadraba.

 El canto se repetía, sí… pero el monte alrededor se sentía demasiado quieto. Y mi padre, que no era de asustarse fácil, bajó la voz y me dijo casi al oído:

—Espera… no es un mono.

Se quedó mirando fijo hacia la oscuridad.

—En tiempos antiguos me dijeron que cuando uno pesca o caza cerca de una cocha, tiene que tener cuidado. Porque hay cochas que no son “solo agua”. Hay cochas que tienen madre.

 Yo no entendía, hasta que soltó el nombre:

—Puede ser la Yakumama.

 Ahí me helé.

 Mi padre me explicó rápido, como quien ya está recordando una advertencia vieja:

—Dicen que la Yakumama puede imitar el canto de un mono para atraerte. Te hace acercarte confiado. Y cuando ya estás cerca, puede lanzar bocanadas de agua para aturdirte… o enroscarte si te encuentra muy cerca. No la molestes donde descansa. Ella protege su cocha.

En ese momento pasó un ave volando bajo: un Paucar. Cantó una vez. Y cantó otra vez, bien cerca.

 Mi padre se frenó en seco y dijo:

—No debemos apresurarnos. Algo malo nos va a pasar.

 No lo dijo como chiste. Lo dijo serio.

 Avanzamos despacio. Nos pegamos detrás de un árbol y miramos hacia el lugar de donde venía el canto.

Y ahí la vimos.

No era un mono. Era algo grande, moviéndose en el agua con una fuerza lenta y pesada. Por momentos, su piel se alcanzaba a ver entre ramas y reflejos. Se retorcía como si estuviera molesta, como si nos hubiera sentido.

 Mi padre levantó el arco.

 Apuntó.

 Zaaas. La primera flecha pasó por poco.

 La cosa reaccionó de golpe: el agua se agitó fuerte. Ahí mi padre me habló sin voltearse:

—No tengas miedo. Dame otra flecha.

 Se la pasé.

 Apuntó otra vez.

Zaaas. Esta vez la rozó. Se vio la herida y la sangre oscura mezclándose con el agua. La Yakumama se movió rápido hacia la cocha y desapareció con un remolino pesado, como si el río se la tragara.

 Nos quedamos quietos un segundo, sin respirar.

Y mi padre, ya con la voz más fría que antes, me dijo:

—Vámonos de aquí, hijo. Esta vez tuvimos suerte. Vámonos y no volvamos… porque esta cocha tiene madre. Y hoy, por poco nos caza y nos come.

Nos fuimos sin mirar atrás.

Y desde ese día entendí una cosa que en la Amazonía se aprende sí o sí: la selva no es solo paisaje… es territorio vivo. Y hay lugares donde uno no llega a “mandar”, sino a respetar.


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