domingo, 27 de septiembre de 2026

"EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE" (RICARDO PALMA)


EL PEJE CHICO Y EL PEJE GRANDE.

(CUENTO POPULAR DE LA REGIÓN LIBERTAD-ESCRITO POR RICARDO PALMA)

A mediados del siglo XVI, en la ciudad amurallada de Trujillo, vivía Don Antonio Chayhuac, un cacique indígena descendiente directo del último gran gobernante del Chimú. A pesar de su ilustre linaje y de la antigua grandeza de sus antepasados, Don Antonio adoptó con devoción la fe cristiana y optó por una vida sumamente austera, dedicada con humildad al trabajo de la tierra y alejada de cualquier lujo o vanidad. Por aquellos mismos años, frecuentaba la zona

Garci-Gutiérrez de Toledo, un joven comerciante español que recorría los caminos vendiendo pacotilla y baratijas entre Lima y Trujillo.

Cada vez que llegaba a la ciudad, Garci-Gutiérrez se hospedaba en la humilde choza del cacique, brindándole pequeños obsequios de su mercancía. Con el tiempo, este trato constante dio paso a un profundo afecto y una estrecha confianza, a tal punto que el español terminó convirtiéndose en padrino de dos de los hijos de Don Antonio.

Sin embargo, detrás de aquella aparente familiaridad, el español albergaba una ambición desmedida. Frustrado por la escasez de sus ganancias y cansado de la pobreza, maldecía continuamente su suerte. Una noche, mientras conversaban a la luz de la luna en la puerta de la choza, la desesperación del buhonero estalló. Don Antonio, compadecido de su compadre, pero advirtiéndole sobre los peligros de la codicia, tomó una decisión trascendental. Prometió hacerlo el hombre más rico del Perú, pero le impuso condiciones estrictas: no enorgullecerse jamás por la riqueza, practicar la caridad con los necesitados y destinar la cuarta parte de lo hallado al culto divino. Además, le dejó un sabio consejo: mientras la araña se mantiene quieta en su tela nadie la molesta, pero cuando se aventura a caminar por las alfombras, todos buscan pisarla.

Garci-Gutiérrez, cegado por la ambición, juró solemnemente sobre Cristo cumplir cada una de las promesas. Esa misma noche, el cacique lo guio a través del laberinto de ruinas del Gran Chimú hasta una huaca escondida. Tras mover enormes piedras y encender una antorcha, penetraron en una cámara secreta repleta de ídolos y objetos de oro masivo. En el centro, sobre un andamio de plata, resplandecía la figura de un pez de oro macizo con deslumbrantes ojos de esmeralda. Abrumado por la emoción, el español reía, lloraba y abrazaba al indio. Don Antonio le entregó este recinto, conocido como la huaca del Peje Chico, prometiéndole que, si guardaba la humildad y cumplía su juramento, algún día lo llevaría a un tesoro inmensamente mayor: la huaca del Peje Grande.

En un instante, la suerte de Garci-Gutiérrez cambió drásticamente. Tras extraer cantidades fabulosas de oro y pagar los correspondientes quintos reales a la corona española, el antiguo vendedor de baratijas rompió de inmediato todas sus promesas. Cegado por la soberbia, renegó de sus orígenes humildes y comenzó a darse una vida de príncipes, ofreciendo banquetes deslumbrantes y entregando costosos regalos a la nobleza para ganar prestigio social. Buscando escalar en la jerarquía colonial, visitó en Lima al virrey Francisco de Toledo, regalándole veinte mil pesos en joyas de oro para convencerlo de que compartían un linaje linajudo. El virrey, complacido por tan generoso obsequio, lo reconoció públicamente como su pariente.

Mientras el exbuhonero gastaba su fortuna a manos llenas para sostener las apariencias, olvidó por completo sus juramentos de caridad y devoción. Los años transcurrieron rápidamente y, tal como lo advierte el refrán sobre quienes despilfarran sin medida, el dinero comenzó a agotarse a un ritmo acelerado hasta dejarlo en la absoluta miseria.

Al verse completamente arruinado, Garci-Gutiérrez volvió presuroso a Trujillo a buscar al cacique de Mansiche. Desesperado, le suplicó a su compadre que le revelara la ubicación de la huaca del Peje Grande. Pero Don Antonio, viendo que el español había sucumbido a la soberbia, violado su juramento sagrado y demostrado su verdadera naturaleza, se mantuvo firme e inamovible. Le respondió con serenidad que no estaba loco y que el secreto del gran tesoro se iría con él a la tumba.

Durante tres meses el español rogó, lloró e intentó ablandar al indio por todos los medios posibles, pero sus esfuerzos se estrellaron impotentes contra la determinación estoica de Don Antonio. Vencido, regresó a Lima con la esperanza de conseguir el auxilio de su supuesto primo, el virrey Toledo. Sin embargo, al llegar descubrió que la suerte le había dado la espalda por completo: el virrey acababa de embarcarse rumbo a España.

En su desgracia, el ambicioso buhonero descubrió la fría realidad del mundo. Aquellos amigos de la nobleza que antes celebraban en sus banquetes le dieron la espalda y le huyeron vergonzosamente al verlo en la pobreza. Por haber renegado en sus días de gloria de su humilde extracción, la gente común también lo despreció. Viejo, enfermo del alma y del cuerpo, y totalmente incapaz de trabajar, Garci-Gutiérrez terminó sus días acogido por mera caridad en una celda del convento de los padres franciscanos, subsistiendo de un pedazo de pan.

El gran tesoro del Peje Grande, ocultado celosamente tras la trágica muerte de Atahualpa cuando los emisarios incas decidieron enterrar las riquezas que transportaban, jamás fue encontrado. A pesar de las incontables excavaciones y esfuerzos emprendidos a lo largo de los siglos entre las ruinas del Chimú para arrebatarle el secreto al cacique de Mansiche, la codicia humana siempre ha quedado burlada, dejando el enigma oculto para siempre en las arenas de la historia.

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