sábado, 24 de octubre de 2026

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA"

"LA LEYENDA DEL AYAYMAMA".

En las profundidades de la Amazonía peruana habita el Ayaymama, un ave nocturna cuyo plumaje se mimetiza con la corteza seca de los árboles. Su canto, un lamento desgarrador que quiebra el silencio de la noche, evoca el llanto de un hijo desamparado llamando a su madre: “Ay, ay, mama...”

Detrás de este gemido boscoso se esconde una de las historias más conmovedoras del folclore amazónico.

Hubo un tiempo en que la muerte no caminaba a pasos lentos, sino como una ráfaga invisible sobre la Amazonía. Una plaga voraz descendió sobre una antigua comunidad nativa, marchitando las gargantas y apagando los fuegos de las malocas.

Entre los enfermos estaba una madre de mirada dulce, cuyos labios comenzaron a teñirse con el pálido tinte de la sentencia. Al contemplar a sus dos pequeños hijos —libres aún de la peste— comprendió que su último acto de amor no sería estrecharlos entre sus brazos, sino apartarlos de su aliento infecto. En medio del colapso, con las fuerzas que le restaban y tomados de la mano se adentró en la espesura del monte con sus dos pequeños hijos, dispuesta a ganar una batalla contra el destino.

Tras horas de marcha donde el río se angosta entre la hojarasca húmeda, hallaron un rincón prodigioso: una quebrada de aguas cristalinas, donde los peces destellaban como monedas sumergidas y los árboles doblaban sus ramas bajo el peso de frutos maduros.

Aquel lugar era a la vez un paraíso y un altar de sacrificio. La madre abrazó a sus hijos por última vez, impregnándose del olor de sus cabellos, sabiendo con dolorosa certeza que no habría retorno. Sin miradas atrás, para no desmoronar su propia fuerza, regresó a morir entre los suyos, dejándolos al amparo del bosque.

Durante el día, los niños jugaron en la orilla, saborearon la dulzura de las frutas y se refrescaron en la corriente. Pero cuando el sol se hundió tras el dosel vegetal, el bosque verde se tornó un monstruo de sombras y murmullos.

El frío y la ausencia materna rasgaron el coraje de los pequeños. Echaron a andar con los pies descalzos, buscando las pisadas de su madre en la penumbra. Caminaron durante horas, pero la selva, compasiva y cruel a la vez, los hizo dar vueltas en un círculo infinito.

Estaban atrapados en el corazón del monte…

Agotados y tiritando de miedo bajo la corteza de un árbol majestuoso, los hermanos miraron al cielo.

—¿Por qué no seremos aves para volar hasta donde está mamá? —suspiró el más pequeño, uniendo sus manos con desesperación.

El lamento no fue arrastrado por el viento; llegó directo a las alturas. La Luna, reina plateada de las noches amazónicas, contempló la inocencia de las criaturas y, movida por una inmensa compasión, descendió entre destellos hasta posarse sobre la copa de los árboles.

—Ustedes me han llamado con el corazón —murmuró la Luna con una voz de seda y plata—. ¿Cómo puedo aliviar su pena?

—Llévanos con nuestra mamita —suplicó el menor—. Sabemos que ella te ha enviado por nosotros le dijo con inocencia.

La Luna inclinó su rostro y derramó dos lágrimas puras. Al tocar la piel de los niños, sus cuerpos se volvieron livianos, las extremidades se cubrieron de plumas pardas y grises —idénticas a la madera seca— y sus brazos se desplegaron en hermosas alas nocturnas. Convertidos en dos aves mágicas AYAYMAMA, capaces de mimetizarse con el árbol que los cobijó, emprendieron el vuelo sobre el mar de hojas.

Volaron raudos hacia su aldea, guiados por el recuerdo de la leña encendida. Sin embargo, al descender sobre las chozas, solo hallaron un silencio sepulcral. La epidemia no había dejado un solo aliento de vida. La peste se lo había llevado a todos y habían partido al reino de los ancestros.

Desde aquella noche remota, llegó por primera vez el doliente alarido del Ayaymama que no ha dejado de surcar en los cielos de la Amazonía...

Cuando el cansancio vence sus alas, se posa en lo más alto de los troncos secos y eleva al firmamento un canto lastimero, un lamento humano que estremece la selva:

¡Ayaymama... Ayaymama!

(«¡Madre, madre, ¿por qué nos has abandonado?»)

«Ay, ay, mama».

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